Resiste

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Si alguna vez me preguntaran cuál considero que es mi mayor virtud, probablemente no respondería paciencia.

Tampoco disciplina.

Mucho menos saber guardar silencio.

Diría: resistencia.

Y no hablo de esa capacidad casi olímpica que hemos desarrollado para sobrevivir a reuniones que pudieron ser un correo. Hablo de otra cosa. De esa fuerza silenciosa que aparece cuando la vida te golpea en un lugar que no sabías que podía doler.

Hace unos días me quedé pensando en eso.

Quizá porque crecí con las historias de Cris Morena. Porque las canciones de Casi Ángeles musicalizaron algunos momentos de mi vida y porque aquellas voces en off, que aparecían entre capítulos diciendo cosas que entonces parecían profundas —y que probablemente no terminábamos de entender—, se quedaron viviendo en algún rincón de nosotros.

Y entonces volvió una palabra.

Resiste.

Han pasado muchos años desde que la escuché por primera vez, pero ahora significa algo distinto.

Antes pensaba que resistir era ser fuerte.

Hoy creo que, a veces, es simplemente levantarse de la cama cuando no encuentras demasiadas razones para hacerlo.

Responder un mensaje.

Ir a trabajar.

Llamar a alguien.

Respirar profundo y pensar: un día más.

La vida, después de todo, parece una sucesión de encuentros y despedidas. De cosas que llegan para quedarse un rato y de otras que se van incluso cuando todavía no estamos preparados para soltarlas.

Perdemos personas.

Perdemos lugares que creíamos seguros.

También perdemos versiones de nosotros mismos.

Y hay dolores que no solo duelen: cambian la forma en la que miramos el mundo.

Sin embargo, al día siguiente suena la alarma.

Qué extraño, ¿no?

Podemos sentir que algo dentro de nosotros se rompió y, aun así, preparar café, responder correos y preguntarle a alguien cómo estuvo su fin de semana.

La vida no siempre se detiene cuando nosotros necesitamos hacerlo.

Quizá por eso, hace poco, me hice una pregunta que debería hacernos pensar más seguido:

¿Cuál es tu acto de fe?

No me refiero a la respuesta automática.

El trabajo. Las cuentas. Las responsabilidades.

Eso explica muchas cosas, pero no todas.

¿Qué te sostiene cuando nadie está mirando?

¿Quién o qué hace que, incluso en tus días más difíciles, decidas quedarte?

Puede ser una persona.

Un sueño que todavía no estás listo para abandonar.

Una promesa que te hiciste hace años.

La versión de ti que todavía esperas conocer.

O quizá sea algo mucho más pequeño: una canción, una conversación, un lugar al que quieres volver.

Todos cargamos algo que no mostramos.

Una pérdida.

Una despedida.

Una decepción.

Un miedo.

Y, al mismo tiempo, todos tenemos algo que nos impide caer del todo.

Pero hay una parte de la resistencia de la que hablamos poco.

No todo lo que duele merece ser soportado.

Y entenderlo también es crecer.

Durante mucho tiempo nos enseñaron que ser fuerte era aguantar. Permanecer. No rendirse.

Pero hay batallas que terminan mucho antes de que nosotros decidamos aceptarlo.

Hay personas que debemos dejar ir.

Lugares de los que debemos salir.

Versiones de nosotros mismos que ya cumplieron su propósito.

A veces, la mayor muestra de fortaleza no está en quedarse.

Está en saber cuándo irse.

Quizá resistir no significa soportar todos los golpes.

Quizá significa no permitir que aquello que nos rompió tenga también el poder de definir quiénes seremos después.

Por eso, cuando pienso en aquella palabra que tantas veces escuché convertida en canción, ya no la entiendo como una orden.

Resiste.

Hoy me suena más a una pregunta.

¿Para qué estás resistiendo?

Y, sobre todo:

¿Eso a lo que te aferras todavía te sostiene o hace tiempo que eres tú quien lo está sosteniendo a ello?