CUADERNOS DEL CENTRO…

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Pergeñando, pergeñando, pergeñando… es como se hace el cronista en el mundo de la bibliografía, de la hemerografía, de los archivos municipales, parroquiales, estatales o nacionales. Pergeñando, pergeñando, pergeñando,.. es como encuentro textos de Javier Ariceaga Sánchez para poder comprender la riqueza que nos dejó como Cronista, con mayúscula, pues fue un admirable estudioso de la historia en el sentido del que hace crónica para hacer así historia al paso del tiempo. En ese buscar y buscar es que he encontrado Cuadernos del Centro Toluqueño de Escritores, publicado en el mes de abril de 1984, el número 12 de dicha publicación. En éste encuentro un escrito de Javier Ariceaga que lleva por título: Barrio de San Juan Bautista. Dicho texto me recuerda el libro mágico de don Alfonso Sánchez García San Juan Chiquito, un barrio de Toluca.

Palabras mágicas y sencillas: San Juan Bautista, el barrio que se encuentra al oriente de nuestra ciudad, también tiene lo suyo. El corazón de este lugarcillo que aún sigue sonriendo en el Jardín Reforma, cerca se encuentra el templo de San Diego y lo circundan varias residencias modestas, y en cada hogar moran los personajes de otros tiempos. Los barrios de Toluca, esos que se fueron formando con el crecimiento demográfico de la primera Toluca, viniendo de lejos algunos por su origen cuyo nombre les dejaba un olor a cultura indígena con la que le ha de imponer buenamente, no necesariamente se debe ver o sentir como malo, por ejemplo, que se llame el barrio San Juan Bautista, es decir nombre de cultura católica española.

De los personajes, Javier Ariceaga cuenta: Don Martín Dávila, originario de esta ciudad, es el personaje clásico que se las “sabe todas”, antiguo ferrocarrilero, forjado en la Casa de Máquinas, herrero de abolengo y con noventa y nueve años a cuestas, es sin lugar a dudas el ejemplo más notable de memoria privilegiada. Su vida aparentemente pacífica y sana, transcurrió entre su “chamba” y el beber, sin dejar jamás el cigarrillo y la broma callejera de los otros barrios cercanos a su hogar. Nacido en la “periferia”, allá por el año de 1881, recorría la “montaña” de Toluca a México, y el “columpio” de Toluca a Acámbaro, en las antiguas y ruidosas máquinas de vapor que fueron mudos testigos de la gesta social más olvidada del mundo. Se inició en el oficio del riel como arenero y llegó a ocupar puestos como garrotero de patio, y en alguna ocasión manejó la máquina “mocha” en varios tramos, después de Río Hondito hasta Lerma. Al cumplir los treinta años de edad, había conocido el conformismo de la gente, y había sentido en carne propia todos los sinsabores que trae consigo la lucha sindical. ‘Quién puede hacer la biografía de otro, si no es capaz ni de hacer la propia’ más o menos con estas palabras Jorge Luis Borges decía de la imposibilidad de escribir la vida de los otros y la propia ante la complejidad de las emociones humanas, las situaciones sociales y la psicología de los biografiados.

Pero el cronista de cepa sabe indagar, pergeñar y más pergeñar para ir encontrando el hilo conductor de la vida de un personaje, nombre que por cierto en el cronista verdadero no necesariamente debe ser un hombre o mujer encumbrado, o de renombre por ser político o de gran fortuna económica. Para el cronista todos los personajes de un barrio son como nos lo cuenta la revista de monitos de La familia Burrón, su marido el peluquero del barrio; o en música, como lo canta el querido Chava Flores, a través de su México, Distrito Federal. Esta característica del Cronista, que convierte en oro todo lo que relata es una lección para este género literario que es género de géneros y aún más, es el primer género que la humanidad inventó para contar todo lo que le acontecía en su diario salir a cazar animales o peces de río o mar para así alimentar a la familia. O llegar al hogar y escuchar las quejas de su mujer contándole las vicisitudes de la vida familiar como dramas, comedia o a veces tragedia. La Crónica es el primer género de la literatura y para nuestra fortuna pasó de la crónica oral a la escrita al paso de los siglos. Decir las cosas por escrito aceleró aún más la mejoría de cada lengua que ha inventado la humanidad para comunicarse con lo más cercano o más lejano. Para comunicarse con los otros y con el otro.

Cuenta Ariceaga: Me platicaba el viejo ferrocarrilero que muy pocas veces se familiarizó con personas del centro de Toluca, pero añade que conoció a mucha gente, y sobre todo a los comerciantes de la época. Menciona a don Antero González, quien vivía en las callecitas de Mina. Dice que era joven y delgadito que usaba sombrero como la gente decente, además, asegura que era muy trabajador y honesto. También dice haber conocido a don Agustín Gasca, y agrega que éste era muy madrugador a la par que conocía mucho de organización y comercio. Habla de la familia Albíter, de los Garduño, y de aquel gran bigotón y litigante de apellido Molina. El Cronista que todo lo que pone en papel lo convierte en democráticamente igual a todo lo demás, a todos los que le son vecinos. Personajes de barrio por diversos motivos sociales son iguales para el cronista. Y se regodea más cuando escribe de personajes que no tienen grandes fortunas, pero si le llama la atención los personajes que tienen una vida rica en experiencias.

Su escrito es de la década de los ochenta del siglo XX. Diferente a los escritos sobre el Barrio de San Juan Chiquito que escribe en la década de los cincuenta Alfonso Sánchez García. Por eso escribe, tres décadas después, Ariceaga: Menciona entre los mejores charros de la época al gran Polo Velasco, platica de Enedino R. Macedo y de otros tantos políticos de entonces y no olvida los lugares donde éstos se metían a saborear la copa. Añade en sus recuerdos a los poetas Zúñiga y Carniado, quienes siempre recorrían la calle larga de Benito Juárez, quienes se detenían entre los arbolitos para saludarlo, allá, cerca del viejo Instituto Científico y Literario. Dice también don Martincito, que conoció a doña Evita Sámano mucho antes que se casara con el licenciado Adolfo López Mateos, habla del doctor Laborde quien vivía en la calle de Galeana y también menciona sobre los tranvías que salían de la estación de Santa Clara y llegaban a Tenango del Valle y al viejo Guelatao.

De esto se hace la crónica, de un personaje se viene desparramando la vida de un barrio, una delegación, una zona residencial o la vida comunitaria que tiene en sus personajes de todo tipo de labores, de estrato social y de mundos ideológicos lo que es imposible aferrar: la vida como crónica de toda una ciudad por un solo personaje. La generación de aquellos periodistas y cronistas de mitad de siglo XX nos dan prueba de cómo transcurrir el camino de la crónica del presente, siendo a la vez escritores, reporteros, entrevistadores y fotógrafos si es necesario. Escribe: Don Martín hace una pausa, agarra otra vez fuerza y conteniendo un suspiro largo, agrega —recuerdo los refrescos de “El Sol” de don Inocente Peñaloza, gordo, lleno de vida y muy trabajador—. Después añade: —Hasta parece que estoy saboreando uno, con su canica en vez de corcholata y el envase verde—. El cronista es aquél que se dedica al ‘género de géneros’, pero a la vez él debe ser un hace todo, sabelotodo y no tener pena de hacerlo con tal de lograr hacer crónica de la vida humana y no humana, y comprobar en ello que el lenguaje oral y escrito es una expresión admirable de la cultura hecha por la humanidad para regodearse en el saber de los otros y de uno mismo con igual sentido de libertad y de visión democrática.