Cuando la imagen piensa: sobre estética, política y verdad

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Tuve que leer el Manifiesto de la Imagen de Fernando Buen Abad para una clase. Al principio pensé que sería otro texto más sobre los medios, sobre la estética, sobre el fetichismo visual. Pero algo en mí se detuvo mientras leía, me encontré con una denuncia lúcida y urgente increíblemente interesante, vivimos rodeados de imágenes, pero vaciados de sentido. 

Todo lo visible parece estar ya colonizado: las emociones, las pantallas, los cuerpos, los sueños. La imagen, dice Buen Abad, ha sido domesticada por el mercado y convertida en un fetiche, se multiplican, pero no nos dicen nada.

Para esto él propone una ciencia de la imagen y en primera instancia, fue justo ahí donde apareció la tensión que me atravesó.

¿Cómo proponer una ciencia de la imagen sin convertirla en otro aparato frío, elitista, institucional? ¿No es eso repetir la lógica que el propio manifiesto critica? ¿No es cientificar también una manera de capturar, encerrar, jerarquizar lo que se dice querer liberar?

Me lo pregunté con honestidad, pensé que esa contradicción debilitaba el texto, pero seguí leyendo y en  su cuerpo textual encontré un giro, no se trata de una ciencia tradicional, sino de una ciencia viva. No encerrada en laboratorios o bibliotecas, sino implicada en la vida, comprometida con la transformación del mundo y con las luchas del pueblo.

Una ciencia que no se satisface con conocer, sino que se siente obligada a intervenir. Y esto, ¿no es acaso una forma preciosa de revalorizar la ciencia? Propone que no cree en saberes puros ni en verdades ajenas al dolor, a la historia o a la necesidad, entiende que toda verdad es producción social, y que si no sirve para transformar las condiciones de vida de quienes la producen, entonces se vuelve estéril, incluso cómplice, pues una ciencia que no actúa, que no transforma la realidad a partir de lo que descubre, es una verdad estéril y meramente una forma de usurpación de saber.

La verdad no como propiedad de unos pocos, sino como búsqueda colectiva que se vuelve acción. Buen Abad no propone burocratizar el saber, sino organizarlo de forma ética, imaginativa, combativa y de pronto lo vi, lo que sentí no era una contradicción, sino una tensión fértil, una fisura, una grieta.

Y de forma lineal, finalmente propone está ciencia, pero no para burocratizar el saber, sino para organizar la investigación de forma ética, práctica y combativa, siempre contra el sectarismo, a favor de la imaginación y la libertad.

Entonces recordé a Deleuze, que encaja y también escribe de la estética de la imagen, lo que más me conmueve de su pensamiento es que para él, la imagen no está al servicio de una verdad fija, sino que es ella misma un movimiento del pensamiento. Las imágenes no solo representan, nos hacen pensar. Y él escribe esto con un ejemplo vivo: 

El cine

Pero el cine, cómo el reencuentro entre imagen-movimiento, es una forma de filosofar, no desde conceptos, sino desde lo que vemos y sentimos. Pienso que la imagen, en la manera en que Deleuze la concibe, no es solo una figura que se capta con los ojos, es pues más bien un umbral, un punto de paso entre lo visible y lo pensable. Algo que no se explica, sino que se siente, se deja entrar, se deja afectar. Y eso cambia radicalmente cómo entendemos el cine, pero también cómo entendemos el pensamiento.

La estética de la imagen, entonces, no es un adorno ni una disciplina artística más. Es una forma de estar en el mundo, es una forma de mirar de otro modo, mirar lo que fue invisibilizado, lo excluido, lo marginal. Y al ver de otro modo, también actuamos de otro modo. 

Por eso, sí, la imagen tiene una dimensión ética y política que no puede ignorarse.

La propuesta de Buen Abad y la sensibilidad de Deleuze se cruzan ahí, en la defensa de la imagen como campo de lucha, como espacio de pensamiento sensible, como práctica que no se rinde ni a la neutralidad científica ni al consumo superficial.

Quizá, como humanidad, estamos llamados a reimaginar el saber mismo. A pensar desde el cuerpo, desde las grietas, desde la necesidad, a construir una ciencia y una filosofía que no tengan miedo de sentir.

Porque lo que vemos nos construye y tal vez, quizá el mayor gesto filosófico no sea explicar una imagen, sino dejarse transformar por ella, el pensar no como quien domina, sino como quien escucha. Y en un mundo saturado de visualidad vacía, tal vez la resistencia más radical sea devolverle a la imagen su capacidad de conmover, de abrir pensamiento, de producir verdad encarnada.

La imagen no es un objeto para ser disecado por saberes distantes. Es un temblor, una grieta que nos mira y si tiene una potencia filosófica, es porque en su devenir (entre lo visible y lo invisible) nos obliga a preguntarnos no sólo qué vemos, sino desde dónde miramos, para qué, y con quiénes. 

Una reflexión poderosa que me dejó este texto de Fernando Buen Abad, y que (creo y espero) aún nos esté mirando