De la muerte y algo más

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“El culto a la vida, si de verdad es profundo y total, es también culto a la muerte”.

Octavio Paz

 

Esta pandemia con su sacrílego olor a muerte, con su nefasto paso por la humanidad, ensañándose de un espacio que no le corresponde, siendo el tema recurrente de los que nos aferramos a la vida; pandemia que con su escepticismo nos mata, pero que con su pesada loza de realidad nos alerta a pensarle, a esquivarle, a hacerle frente con nuestro distanciamiento. Curiosa utopía, cuidar a los nuestros alejándonos de ellos.

 

Nuestra vida se ha visto turbada por esa gran marea que tras su paso acarrea el famoso virus SAR-CoV-2, la forma de entender la vida ha cambiado, a lo lejos se escuchan los ecos de la convivencia social, la pasividad de la prevención ha posado su existencia en el auge de una primera necesidad; los saludos cotidianos se han manifestado de formas disímbolas, el estrechar la mano como símbolo de cordialidad es ahora una falta de respeto y saludar solo con la palabra ahora es alagado, cuando nuestros cánones de conducta nos orillaban a evitarlo para dar paso a la proximidad, cercanía y calidez de un abrazo, abrazo y/o apretón de manos.

Lo cotidiano ha mutado en formas diversas, ya no somos o no hacemos en estos momentos lo que antes nos resultaba tan grato, este paso trepidante de evolución nos ha hecho pensar que tanto estamos avanzado, somos la sombra de la vida, la delgada línea que distingue al humano de los demás animales se está desdibujando, valoramos y hablamos de la vida, pero parece que en ocasiones no la respetamos. Lo que nos lleva a pensar inevitablemente en que, solo se valora lo que se tiene cuando se piensa que se puede perder o que la automatización nos nubla sensaciones, somos y tenemos sin si quiera saberlo, respiramos sin deleitaros con la magia de la vida.

Estas fechas, con la clara muestra de su misticismo nos seducen. Como muchas épocas atípicas en este año (2020) quedaran en el baúl de los recuerdos, cómo se vivía cada temporada del año y nos quedaremos intempestivamente reflexivos ante lo que vivimos; si salimos y hacemos nuestra vida cotidiana (aún tomado las medidas sanitarias correspondientes) estamos fallando moralmente a la sociedad, si nos quedamos resguardados y en aislamiento, como lo marcan los lineamientos sanitarios; estamos fallando a nuestra propia idiosincrasia de “no dejar pasar desapercibidas” fechas significativas en nuestras vidas y en la colectividad.

Y es que al margen de la catástrofe epidemiológica que ha causado el COVID-19 no podemos dejar de lado sus repercusiones económicas, sociales, culturales, educativas, sanitarias, gubernamentales y la percepción que de nosotros tendrán las nuevas generaciones, muchas son las aristas de esta nueva normalidad que debemos atender, y sin duda la principal es nuestra vida.

En México celebramos por casi todo, celebramos por la vida, pero también celebramos por la muerte o con la muerte, al margen de creencias religiosas y de la mano de nuestra historia y cultura; celebramos con jolgorio la llegada de los muertos, el paisaje se tiñe de neblina y se alboroza de fríos vientos que nos recuerdan que los muertos están “bien fríos” pero que su espíritu dentro de nosotros está ardiendo, pletórico de existencia, luminoso de armonía, lleno de suspiros que su imagen evoca en nuestras mentes.

Este año no habrá recorridos con leyendas (narraciones orales) dentro de los panteones, no habrá visita personal, ni velada juntos a las tumbas de nuestros seres queridos, muchas de las tumbas no tendrán el usual colorido de otros años, parece que este año la bella costumbre ha cambiado, las ceras y las flores se van a sustituir por suspiros y recuerdos, la muerte triste y sola será la comparsa de una fiesta de muertos diferente.

En las calles las catrinas que tanto han luchado por hacer su acto de aparición nocturna y que sean honradas (como se merecen) por encima de costumbres anglosajonas -con disfraces de horror- serán solo ilusiones, pues cumplir con las respectivas medidas sanitarias será todo un acto de terror para quien vea en la calle deambular disfraces protegiendo a las personas. Aquí entra justamente el reto por defender la vida, por entenderla como premio de subsistencia en una crisis sanitaria que no es propia de un espacio geográfico, sino como manto de un espíritu que cubre a su paso a toda la humanidad.

El tradicional dulce de alfeñique y su tradicional feria toluqueña, hoy se constituyen de una manera diferente; la feria ha sido restringida, reestructurada en su forma para que se tomen las medidas de prevención, el tradicional recorrido de “Los Portales” de Toluca es ahora una constante alerta de aglomeración de gente, y aunque uno no lo quiera imaginar parece que la huesuda inhala el temor de unos, la indiferencia de otros y los anhelos gubernamentales para que la sociedad se resguarde y se cuide, con una sonrisa en la mazorca la huesuda azuza para contar entre sus víctimas a aquellos que no se protejan.

Flores de cempasúchil con su olor característico hoy se encuentran turbadas pues la venta a gran escala que tradicionalmente realizaban los floricultores se ha visto mermada. Las tradicionales ofrendas en las que se comparte el convite con nuestros muertos pueden ser uno de los pocos elementos que se puedan disfrutar, pues no en todos los hogares mexicanos existirá la posibilidad económica; ojalá el colorido de esta tradición, su tinte bohemio y su nostálgico deleite sea el embrujo que caracterice el espíritu mexicano que canta y ríe con la muerte, que le baila y le escribe, le inspira y lo redime. El mexicano no le tiene miedo a la muerte y menos bajo los escenarios catastróficos de esta pandemia, le tiene miedo a la vida, a cómo vivirla, a saber que tanto la valoran quienes le rodean.

Esta festividad mexicana característica de las distintas regiones de nuestra planicie, hoy se verá transformada, pero no su ímpetu, no el espíritu de recuerdo de los que se nos han adelantado en el camino, nuestros xoloitzcuintles custodios del inframundo prehispánico esperan conducirnos al camino del Mictlán y cruzar a los muertos al mundo de los vivos, para celebrar con verbena el reencuentro, la vida, la cálida armonía, pues a pesar de la dificultad moderna, la sangre nos hierve al recordar a nuestros seres queridos, al sentirlos cerca; la catrina altanera del brazo de su catrín, gustosa nos dirá: no bajes la guardia si no quieres que te vean como me ven a mí.