El peligro de la ignorancia

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Por el mar revuelto, profundo e inmenso de la vida, navegaba un barco a la deriva. Depreciando los conocimientos y sordo a los razonamientos de quien actúa de buena fe y con diligencia, su timonel, un hombre de poco más de treinta años, alto y delgado, de tez blanca y cabello rubio, de barba descuidada y ropa algo sucia, era el gobernante de aquella nave que iba rumbo al desastre.

La niebla de la indolencia, causante de su ignorancia, campaba por la cubierta de su osadía, nublando la visión a quien negaba razón a la evidencia. Hundirse en las aguas profundas y revueltas de la confusión era inminente; la destrucción de la nave ya era inevitable con él al timón y toda su tripulación: inocentes criaturas que, confiando en su guía, iban derechas a la muerte.

Las olas de la inconsciencia, las que no perdonan la obcecada torpeza, golpeaban severamente el casco; el timonel, descuidado y negligente, quien, confiando por demás en su falso saber y dejándose llevar por la soberbia presuntuosa y arrogante, no alcanzaba a ver el peligro cercano, cuando de repente, la nave choca con los arrecifes de la obstinación, provocando el hundimiento en el enfurecido mar de los errores injustificables y las decisiones fatales e imperdonables.

Los tripulantes gritaban pidiendo ayuda ante aquel inminente desastre, pero era demasiado tarde. Los errores cobran factura. Pocos fueron los que lograron salir de la hecatombe auxiliados por las lanchas del conocimiento y los salvavidas de la conciencia. Pocos los que salvaron sus vidas y llevados hasta las orillas de la lucidez, el entendimiento y la sensatez, guiados por la clarividencia de quienes, desde la humildad, saben llegar al buen puerto de la inteligencia.

Ya estaban a salvo los supervivientes; ahora, de ellos dependerá encauzar de nuevo sus vidas buscando la luz de la verdad, o volver a perecer permaneciendo en las tinieblas de la ignorancia. Reconocer y alejarse de los timoneles arrogantes, ciegos y sordos a la cordura, o aprender a pilotar para navegar en su día a día por el mar de sus vidas desde la sensatez y la prudencia. No volver a perecer en el abismo de la ignorancia y ser el faro siempre encendido de la sabiduría.

Colofón:

La ignorancia, por indolencia; la arrogancia, por presuntuosa; y la indiferencia, por su falta de interés y apatía, nos pueden llevar a esa fría y oscura profundidad donde nada se engendra, nace y crece. Lo opuesto, la inteligencia, junto a la inquietud de ampliar nuestros conocimientos y la perseverancia de llevarlos a buen puerto, sin olvidar la humildad como la capacidad de ir en contra de la vanidad, será, por el contrario, quien nos socorra ante esas oscuras profundidades de la intolerancia.

Hay preguntas que son absurdas cuando las respuestas son obvias; aun así, no me resisto.

¿Qué vamos a querer ser para navegar por el imprevisible e inmenso mar de la vida? 

¿El timonel osado que no es capaz de rectificar ante los evidentes fracasos y va derecho a la deriva, o el piloto que mantiene firme el timón de la realidad y maniobra con la pericia del conocimiento y nos salva de zozobrar en el mar de la ignorancia y la torpeza?

Inés (Sami)