Falsos compromisos

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El ser humano, en su inagotable inconsistencia, siempre encuentra la manera de sorprender, y no necesariamente para bien.

En este entramado de la humanidad, hay una subespecie que merece estudio clínico: los que proclaman amor, compromiso y lealtad con la solemnidad de un sacerdote, pero que en la práctica no moverían ni un dedo por aquello que dicen venerar. Son los héroes del afecto imaginario, los mártires del compromiso hipotético, los campeones del me comprometo que jamás llega acompañado de un acto concreto. Si el empeñar la palabra fuera una moneda, ellos solo cargan billetes falsos.

Expertos en promulgar falsos compromisos, en los que evidentemente no hay congruencia entre lo que se piensa, dice y hace; actúan en sentido contrario de lo que enuncian y ostentan una máscara de compunjimiento digna de un actor nominado al Oscar.

Dicen amar a sus seres queridos, pero cuando se requiere un gesto mínimo, un apoyo, una presencia, una renuncia microscópica, se evaporan como si tuvieran un pacto secreto con la física cuántica. Hablan de compromiso laboral, pero solo mientras no implique incomodarse, ceder espacio o dejar de adorar sus propias ambiciones. Son incapaces de dar ese extra que distingue al que se involucra genuinamente del que solo es habladuría. Y lo peor: creen que nadie nota la diferencia.

Su estrategia es brillante en su miseria: inflar el discurso para ocultar la ausencia de hechos. Yo siempre estoy, dicen, mientras ofrecen horarios acotados; estoy muy agradecido con esta empresa, aseguran, mientras se niegan a ofrecer un apoyo adicional porque no conviene a sus intereses. Este trabajo es mi pasión, declaran, mientras lo tratan como un espacio complementario que además debe adaptarse a sus caprichos. Son expertos en la gimnasia verbal: flexionan palabras, estiran excusas, levantan promesas que jamás cargarán.

Lo más hilarante, si uno alude al humor negro, es su capacidad para victimizarse. Cuando se les confronta, se declaran agotados, saturados, incomprendidos. Pobrecitos: el mundo no entiende lo difícil que es sostener una vida basada en la simulación. Porque claro, actuar compromiso sin practicarlo debe ser extenuante. Mantener la máscara requiere energía, y ellos ya la gastaron toda en justificar su falta de acción.

La verdad, aunque les duela, es simple: no respetan a nadie más que a sí mismos y eso, a veces. Ese supuesto compromiso es un accesorio emocional, un adorno que les permite sentirse buenas personas sin tener que demostrarlo.

Sus ambiciones son templos donde solo ellos pueden entrar, y cualquier expectativa ajena es tratada como una profanación intolerable; no ceden porque ceder implicaría reconocer que el compromiso exige algo más que palabras bonitas y presencia selectiva.

Y aun así, se indignan cuando el mundo deja de creerles. Se sorprenden cuando sus relaciones se desgastan, cuando sus trabajos se fracturan, cuando la gente se aleja. Pero si yo siempre he estado, dicen. Sí, claro: siempre han estado… en su cabeza y llenos de simulación.

El compromiso sin acción es un fraude; el compromiso sin hechos es una estafa emocional. Y quienes viven así no solo traicionan a los demás: se convierten en caricaturas de sí mismos, personajes trágicos que confunden decir con hacer, querer con convenir, actuar con aparentar.

Como decía Sartre, el compromiso es un acto, no una palabra, quien no actúa, no ama; quien no cede, no respeta; quien no prioriza, miente.

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