Erradicar violencia

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En la construcción de una sociedad más justa, la escuela ocupa un lugar esencial como espacio de formación humana y ética; resolver los conflictos por las vías adecuadas no solo es una señal de madurez, sino una necesidad imperante en los espacios destinados para la generación de conocimientos y actitudes positivas de vida. 

La violencia jamás será la solución; cruzar ese umbral, como el caso del alumno que agrede físicamente a un docente en Tulancingo, Hidalgo, es inadmisible. Por más que reconozcamos que existen maestros con actitudes nefastas, sin vocación o preparación suficiente, nada justifica una agresión. La crítica debe encaminarse hacia la mejora del sistema, no hacia el atropello  de la dignidad.

Cada actor en el proceso educativo tiene un rol irrenunciable; el estudiante debe aprender, respetar y desarrollarse; el docente, enseñar con compromiso y humanidad; el directivo, coordinar con responsabilidad y conguencia; y los padres de familia, formar en casa los valores que refuercen el comportamiento adecuado. 

Cuando uno de estos eslabones falla o decide mirar hacia otro lado, el sistema se resquebraja; en nuestro presente, es extremadamente preocupante la complicidad pasiva de algunas familias, que lejos de corregir, justifican conductas agresivas, adversas o negligentes. Callar ante lo indebido es validar el error.

Los espacios educativos no son simples lugares para adquirir conocimientos, sino también para practicar el respeto, la empatía y el orden, por eso, y sólo a manera de ejemplo, la vestimenta no es un detalle menor: comunica actitud, disposición y respeto por uno mismo y por los demás. No se trata de imponer uniformidad sin sentido, sino de promover un ambiente de sobriedad y dignidad. Vestirse para aprender también es una declaración de propósito; en el caso del jóven agresor ya referido, es evidente que desde su codificación encontramos un contrasentido.

Evidentemente hablamos de un adulto, que toma decisiones con base en sus paradigmas de vida, pero ¿no merece respeto un espacio público en el que conviviremos con otros seres humanos?, ¿no vale la pena una lavadita de cara o aseo del calzado?

Cuando hablamos de educar, no nada más nos referimos a la enseñana de fórmulas o fechas; implica formar ciudadanos capaces de convivir sin violencia, de asumir responsabilidades propias y de marcar límites con argumentos, no con golpes. Es momento de repensar lo que estamos enseñando y lo que estamos permitiendo.

La educación es corresponsabilidad, no puede recaer sólo en el maestro ni en la institución, es una tarea colectiva que exige coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos; no se debe tolerar la mediocridad ni la agresión disfrazada de mal momento, y mucho menos debe convertirse en el campo de batalla para las frustraciones personales.

Construyamos un entorno donde el diálogo reemplace al grito, donde el compromiso sustituya a la indiferencia, y donde la responsabilidad deje de ser una recomendación y se convierta en norma. 

La transformación comienza cuando cada uno hace lo que le corresponde, sin atajos, sin excusas y, sobre todo, buscando erradicar la violencia, tal como sugería Isaac Asimov: La violencia es el último recurso del incompetente.