Espiral de la elocuencia

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“La oratoria no es un lujo de la cultura humana; no responde a un alarde superfluo del pensamiento. La oratoria responde a una impostergable necesidad social”

José Muñoz Cota

El colosal espíritu del pueblo mexicano, se fue labrando en los discursos combativos de sus hijos, las palabras sonoras de libertad e igualdad fueron edificando la tribuna popular. En el campo, en los valles floridos, en los caminos que como veneros conectan a la patria toda y que discurren en su corazón; se levantaba la voz de tempestades que con palabras ungidas de fervor, fueron mitificando a la héroes de la patria.

Somos la herencia de un pueblo que conoce su propia historia a través de la tradición oral; una espiral de hombres y mujeres que fueron edificando el alma de la Nación: desde los sabios consejos plasmados en los huehuetlatolli, donde la recta conducta y la moral son la base de una sociedad; pasando por el grito libertado de independencia que anunciara triunfante Don Miguel Hidalgo y Costilla, y que a la postre se convirtiera en antorcha libertaria; hasta la voz taumaturga del Dantón de Tixtla -Ignacio Manuel Altamirano- quien defendió al pueblo pues a través de él, el pueblo tuvo voz.

La voz de la Nación mexicana se fue edificando, mutando en formas redentoras, en cada tiempo y espacio la oratoria da luz a la necesidad social, la palabra se convierte en un fusil de ideas que amenaza con apaciguar a los tartamudos de conciencia; podríamos decir que la historia de nuestra Nación, la encontramos en su propia palabra: pues la palabra define y reconstruye al hombre, le genera identidad y en ciclos de bonanza los hijos de la patria abrevamos de nuestros antepasados para encontrarle sentido a nuestra propia existencia.

En el anhelo de alcanzar los ideales de verdad y de justicia, la palabra de combate fue utilizada para dirimir la controversia entre el gobierno y sus gobernados, muestra de ello fue la existencia del grupo conocido como el “Cuadrilátero” constituido por Francisco M. de Olaguíbel, José María Lozano, Nemesio García Naranjo y Querido Moheno, quienes haciendo gala de la retórica criticaron férreamente las acciones legislativas de Francisco I. Madero.

La revolución armada se transformó en evolución social, el corazón del pueblo bombeaba pensamientos de cambio, de esperanza; y la palabra, fiel compañera del hombre, se tornó combativa, punzante, diáfana y poderosa.

Y así surgieron las voces excelsas de México; que a la manera de José Muñoz Cota necesitaba de jóvenes rebeldes para defender las causas justas de México. Voz de fuego y de encanto con ademan certero, le llevó a ganar el honroso título de “Príncipe de la palabra”. Jesús Urueta, nos incita con su verbo centellante a construir una mejor patria, a edificar el espíritu a través de la literatura clásica; en palabras de Alfonso Reyes: “Urueta cantaba como una sirena [y era] uno de los más perfectos espectáculos del hombre parlante”.

La patria se solidificó con el concebido derecho constitucional social, la voz de los constituyentes de 1917 retumba aún el “Teatro Iturbide” hoy “Teatro de la República” en la ciudad de Querétaro, donde una constelación de intelectuales, pero ante todo de defensores sociales; le dieron brío a los anhelos mexicanos y plasmaron sobre el papel el sentimiento de una nación.

Paralelamente un hombre verbo-motor, maestro de maestros oradores, transita el mundo de la palabra para regalarnos las sinfonías redentoras de su verbo; la palabra cobra sentido de metáfora, transforma conciencias y enseñorea el espíritu. El maestro Horacio Salvador Zúñiga Anaya, inspira el verbo de la juventud mexicana, incita a materializar un México más próspero, su verbo peregrina por las latitudes de la patria, con su  “Verbo Peregrinante, el libro de los oradores” sigue educando la palabra de los oradores aún en nuestros tiempos.

Maestro de generaciones, dejó en la letra de sus notas el camino ascendente de la palabra; orgulloso de conocerle, se sentiría tiempo después su preciado alumno: José Muñoz Cota, de abrevar de él el bello arte de la palabra. Fue Múñoz Cota el impulsor de la oratoria en México, estirpe de generaciones oradoras; fundó la “Escuela Muñozcotista” que se caracteriza por su elegancia y el sentido social de la palabra, que entraña en la palabra un compromiso y al mismo tiempo una responsabilidad. El orador –dice Múñoz Cota- “vive la semejanza del espejo: presenta el rostro de una Nación; no sólo el rostro del hombre que habla”.

Espiral infinita de hombres y mujeres comprometidos con el verbo de su Nación, que recibieron el fuego de la palabra y lo compartieron con los que les rodeaban. Elocuentes por convicción, comprometidos con la palabra por decisión; esta espiral de la elocuencia le ha dado identidad a la nación, porque México tiene en sus hijos el impulso renovador de la palabra llena de bondades. Que no se apague nunca la palabra .