¿Estamos perdidos?
Teóricamente, tras la llegada de un nuevo paradigma de gobierno (y con la esperanza de todos esos votantes), las cosas debieron haber cambiado. El discurso ideológico apuntaba a la generación de conciencia y apostaba a la supuesta nobleza de un pueblo que, porque los demás eran corruptos, actuaba de la misma manera. Estamos a casi un año de ese cambio de mando y la realidad, como siempre lo he sostenido, nos ubica y dista mucho de una conformación social armónica y pacífica, por el contrario, cuando pensábamos que nada podría ser más grave, ¡sopas perico! Resulta que siempre puede ser peor.
Todos los días, en cualquier rincón del país, sabemos de casos de asaltos, heridos, muertos, secuestrados, rebeliones. La gente está comenzando a reaccionar de maneras sorprendentes. Viral el video del conductor que, tras sufrir un intento de asalto en la colonia Lindavista, decide atropellar a los malandros, quienes optan por correr como pueden. La paciencia está agotándose y ésa no es una buena señal, de seguir con esta tendencia, nuestro país se convertirá (todavía más) en tierra de nadie.
En medio de esta realidad, supimos del caso de la familia LeBarón, quienes en los límites de Sonora y Chihuahua, sufrieron el artero asesinato de al menos nueve de sus miembros, seis de ellos menores de edad.
¿Qué pasa por la cabeza de un ser humano para acribillar y calcinar con esa saña a bebes y niños?, ¿Cómo es que un ser racional no duda en encañonar y disparar en la boca a un niño?
Cuando vemos cosas así, pareciera que en realidad estamos perdidos como todo; como entes, como sociedad, como educadores, como profesionales, como padres, como seres humanos.
Algo se dejó de hacer con esos, hoy adultos, que han perdido la capacidad de sorpresa, que han renunciado a su esencia, que se han convertido en monstruos.
De verdad nadie notó cuando eran pequeños que esos conflictivos chamacos no aprendían con la experiencia o el castigo; que sistemáticamente rompían con las normas sociales habituales, que eran agresivos y tenían un deseo de herir y lastimar al otro por el simple placer de hacerlo.
Esas patologías psicológicas se pueden prevenir, pues un agresor sabe que a su víctima no le gusta lo que está haciendo, por lo tanto, no requiere que la sociedad evalúe su comportamiento como una violación de las normas sociales, basta que la víctima, al darle información de primera mano sobre las consecuencias negativas de sus actos, le refuercen y alienten a seguir con esas conductas.
Nunca se dieron cuenta de que tenían dificultad para tener sentimientos de vergüenza o culpa; no detectaban que había una evidente falta de tolerancia a la frustración; que tendían al egocentrismo y la punición.
Los padres eran tan omisos que no percibían su nula capacidad de empatía y colaboración, aunado a la poca capacidad de establecer relaciones interpersonales equitativas.
Todos estos, síntomas de una psicopatía que crece al grado de actuar de la forma en que estamos viendo que actúan.
Espanta, aterra, intimida, y nos debe obligar a cuestionarnos, de verdad, ¿estamos perdidos?
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