Falsas promesas

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De nueva cuenta nos encontramos en medio de un proceso electoral, en el cual cada uno de los candidatos, a los distintos cargos de representación popular, hará lo que considere necesario para ganarse la confianza de los votantes.

En ese proceso, quienes tenemos el poder de tomar decisiones, tendríamos que ser más analíticos en las propuestas que cada suspirante tiene, desglosando cada una de las palabras que dice y contrastándola con el pasado inmediato; uno de los más grandes problemas en la política mexicana –que es un tema educativo en el fondo–  es la incapacidad de un alto porcentaje de los candidatos para honrar su palabra una vez que ostentan ese hueso que tanto nos suplicaban tener.

De algún modo hemos caído en el hábito de normalizar que las palabras no siempre estén sustentadas con actos, probablemente para evitar conflictos inmediatos, pero eso acaba por devaluar nuestra integridad como personas.

Muchas personas han sucumbido ante la presión de decir si ante algo que no tienen la intención de hacer, pero que en aras de convencer al otro, le endulza los oídos para asegurarle que así será. Esto ha llevado a muchas personas a tomar retos que saben que no podrán cumplir o hablar con autoridad ante temas que desconocen por completo.

Quien no cumple con su palabra o hace falsas promesas, llegará el punto en que a pesar de las excusas, acabará por socavar su propia imagen, transformándose en alguien irresponsable, insensible y poco íntegro.

¿Por qué seguimos cayendo en las mentiras de supuestos paladines de la justicia?, ¿De verdad somos incapaces de identificar a quienes sólo pretenden utilizarnos para sus fines personales?

Es increíble que, a pesar de la evidencia histórica, sigamos creyendo que un político estará comprometido con sus dichos, peor aún, conociendo muchos de sus hechos, esperamos que, por arte de magia, una persona pueda renunciar a su esencia.

Hemos visto como personajes que guardan dinero mal habido con ligas, que mostraron incompetencia en responsabilidades previas, que dejaron proyectos inconclusos e incluso con acusaciones penales a cuestas, vuelven a tener el voto mayoritario, insisto, ¿en dónde quedó la memoria?

Adicionalmente, me parece que no podemos construir nuestro éxito con base en el ataque del otro; hemos dejado de tener campañas argumentativas –si es que alguna  vez las hubo– para verdaderos circos en los que la descalificación, el echar culpas y la víscera toman un papel protagónico.

 Las personas poco confiables son tóxicas y deberíamos tenerlas lejos, pues una y otra vez generan desilusión, enojo y frustración; hemos de educarnos en comprender el valor de la palabra, con el tiempo, saber que podemos hacer cualquier cosa que pongamos en palabra, se convierte en una fortaleza que, genuinamente, nos distingue de quienes tienen que pretender para convencer.

Políticos, autoridades, jefes y padres de familia, por citar sólo algunos ejemplos, deberían pensar dos, tres o tantas veces como sea necesario todo lo que saldrá de su boca; si no pueden cumplir, mejor en silencio.

Lo importante no es lo que se promete, sino lo que se cumple.  Ojalá lo tengamos claro tanto ellos como nosotros.

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