Interludio entre el cerebro y la mente y, la vida y la muerte.

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Con el afán de dar continuidad al ámbito de la exploración de los elementos que caracterizan la naturaleza del ser humano, considero pertinente realizar un nuevo interludio, que buscaré agregar como parte de los componentes para descifrar lo humano derivado de una situación a la que enfrenté esta semana conjuntamente con mi familia y que me recordó mis demonios, desde una perspectiva de lo que nos hace humanos.

En el umbral más difuso de la existencia, donde la ciencia apenas comienza a nombrar lo innombrable y la filosofía se enfrenta a sus propios límites, se revela un estado intrigante: aquel que yace entre la vida y la muerte. No es simplemente un tránsito, una línea que divide lo orgánico de lo inerte, sino un espacio liminal donde ciertos procesos vitales persisten sin conciencia, donde los órganos, tejidos y células continúan funcionando pese a que el cuerpo al que pertenecían ha cesado de vivir según nuestras definiciones tradicionales. Este estado no es una metáfora ni una licencia poética, sino una realidad biológica palpable, documentada y, en muchos casos, aprovechada por los avances científicos contemporáneos.

El corazón, ese símbolo ancestral de la vida, del amor, del alma incluso, se ha revelado en años recientes como un órgano con capacidades que trascienden lo que creíamos posible. Su red de terminaciones nerviosas, aunque no comparable al sistema cerebral, posee una autonomía inesperada. Desconectado del cuerpo, puede seguir latiendo, no por un mero impulso mecánico, sino porque sus propias células contienen la información suficiente para mantener un ritmo, una pulsación, una persistencia. Esta posibilidad ha sido la base de los trasplantes de corazón, procedimiento que depende de que el órgano siga “vivo” incluso cuando el cuerpo ya ha sido declarado clínicamente muerto y que también va separando la creencia de que el cerebro controla todas las funciones del cuerpo. Aquí, en este acto quirúrgico y éticamente complejo, se manifiesta ese estado intermedio: la vida sin consciencia, la persistencia orgánica sin identidad.

Más allá del corazón, otros órganos, tejidos y especialmente las células, muestran un comportamiento similar. Después de la muerte, ciertos tipos de células —particularmente las madre— pueden seguir vivas durante horas, incluso días. Esta persistencia permite que sean extraídas, preservadas y, en algunos casos, reprogramadas. Es en este terreno que nace un nuevo paradigma biológico y tecnológico: la utilización de estas células post-mortem como materia prima para la creación de formas de vida artificiales. Así surgen los xenobots, diminutos robots biológicos construidos a partir de células vivas —en particular, células de rana— ensambladas de manera tal que ejecutan tareas específicas: desplazarse, recolectar partículas, colaborar, e incluso autorrepararse o reproducirse en formas limitadas.

Los xenobots representan una frontera borrosa entre lo vivo y lo construido. No tienen conciencia, pero están vivos. No tienen un propósito propio, pero pueden ejecutar acciones complejas. Son ensamblajes celulares que, sin cerebro ni sistema nervioso, logran funciones coordinadas, como si una voluntad externa los habitara. Esta voluntad, claro está, es el diseño humano que los orienta, pero una vez programados, los xenobots actúan de manera autónoma en su pequeño universo. Su tiempo de vida es breve, unas semanas, y se descomponen naturalmente. Sin embargo, durante ese periodo realizan tareas que podrían ser transformadoras en la medicina: limpieza de tejidos internos, transporte de medicamentos, eliminación de células tumorales, o reparación de estructuras dañadas.

A la par, emergen los llamados antrobots, desarrollos más recientes construidos a partir de células pulmonares que, al ser manipuladas genéticamente, adquieren capacidades de comunicación y coordinación celulares con un objetivo principal: la reparación. A diferencia de los xenobots, los antrobots tienen como finalidad regenerar tejidos específicos, incluidas neuronas, lo que los vuelve potencialmente revolucionarios para tratamientos de enfermedades neurodegenerativas. Se introducen en el cuerpo, detectan zonas dañadas y colaboran con las células vivas del paciente para reconstruirlas o estimular su función.

Este tipo de vida no consciente plantea un desafío para nuestras categorías ontológicas. ¿Qué significa estar vivo si no hay pensamiento, voluntad, ni percepción? ¿Qué distingue a estos ensamblajes de células vivas de una piedra, de un algoritmo, de una inteligencia artificial sin cuerpo? La filosofía se ve obligada a reconsiderar la noción de ser. Porque si un corazón puede seguir latiendo sin cuerpo, si un conjunto de células puede desplazarse y cumplir tareas sin tener un cerebro, si la conciencia ya no es requisito para la actividad vital, entonces nuestras definiciones de vida necesitan una reconfiguración urgente.

A esto se suma la sospecha, todavía en el terreno de la mecánica cuántica, de que incluso las partículas más elementales del universo poseen una forma rudimentaria de conciencia, o al menos, responden al acto de ser observadas. El conocido “efecto del observador” establece que la simple observación de una partícula puede alterar su comportamiento, como si el hecho de ser vista la transformara. Algunas corrientes interpretan este fenómeno como una prueba de que todo en el universo, en mayor o menor grado, responde al acto de conocerlo. ¿No sería eso una forma de conciencia dispersa, diseminada a lo largo de toda la materia? Tal vez rudimentaria, tal vez irreconocible, pero presente. Si esto fuera así, la línea que separa lo consciente de lo inconsciente no sería una frontera clara, sino un gradiente, una escala de intensidad en la que algunas cosas “saben” más que otras, pero donde nada es completamente ignorante de sí mismo.

Este estado intermedio, entonces, no es simplemente una extensión de la vida ni un retardo de la muerte. Es una tercera vía, un nuevo modo de ser, donde el cuerpo deja de ser un todo y se convierte en una colección de partes que pueden seguir existiendo, funcionando, y sirviendo a propósitos ajenos al suyo original. Los órganos trasplantados, los tejidos cultivados en laboratorios, las células reprogramadas para convertirse en otras, los xenobots, los antrobots, y todas las formas futuras de vida sintética a partir de lo orgánico, conforman un espectro de existencia sin precedentes.

Estos desarrollos también plantean interrogantes éticos. Si una célula sigue viva después de la muerte de su portador, ¿pertenece todavía a ese cuerpo? ¿Tiene algún derecho? ¿Podemos hablar de la dignidad de un conjunto de células? En el caso de los robots biológicos, ¿hay un punto en el que puedan reclamar un estatus más allá de lo instrumental? ¿Podrían estas entidades, en algún futuro, adquirir algún tipo de autoconciencia mínima? La historia de la evolución ha demostrado que la vida encuentra caminos insospechados para complejizarse. Si estas formas de vida artificiales empiezan a desarrollar mecanismos de percepción, memoria, o incluso elección, entonces podríamos estar presenciando no solo una revolución médica, sino una expansión radical de lo que entendemos por sujeto.

Y sin embargo, por ahora, estamos ante organismos sin alma, por así decirlo. Seres que ejecutan funciones, pero no las piensan. No sienten, no desean, no recuerdan. Son útiles, incluso indispensables, pero no tienen destino. Sin embargo, sus acciones pueden cambiar destinos humanos. Una célula programada para reparar una neurona dañada puede devolverle la capacidad de hablar a una persona. Un xenobot puede remover coágulos, limpiar arterias, erradicar células cancerígenas. Su utilidad no está en duda, pero su estatus ontológico permanece en penumbra.

Este estado biológico, este interregno entre la vida y la muerte, entre la conciencia y la materia, entre la naturaleza y la invención, se convierte en una de las zonas más fértiles para la ciencia y el pensamiento contemporáneo. La posibilidad de cultivar vida sin necesidad de un cuerpo completo, de diseñar organismos sin linaje, sin historia evolutiva, abre puertas insospechadas para curar, construir y también para especular. Porque lo que comienza como una herramienta médica puede terminar siendo una nueva forma de existencia. Y eso, sin duda, cambiará no solo nuestra biología, sino nuestra cultura, nuestra ética y nuestra idea del mundo.

En un futuro no tan distante, podríamos vivir rodeados de estos entes semi-vivos, cumpliendo funciones esenciales en nuestros cuerpos, en nuestros ecosistemas, en nuestras ciudades. Pueden convertirse en asistentes invisibles, reparadores silenciosos, barrenderos microscópicos de nuestra biología interna. ¿Podríamos llegar a convivir con ellos sin que surja una necesidad emocional o moral de considerarlos parte de nuestra comunidad viva? ¿O desarrollaremos rituales, lenguajes, afectos, hacia estas criaturas artificiales pero vivas, como alguna vez lo hicimos con los animales domesticados, con los dioses, con las máquinas?

Lo cierto es que hemos entrado en una nueva era. Una era donde la muerte ya no es total ni definitiva, donde la vida ya no implica necesariamente conciencia, donde la conciencia quizá no sea más que un punto en un continuo más amplio de sensibilidad material. Estamos asistiendo, sin saberlo completamente, al nacimiento de una nueva taxonomía del ser. Y en ese nacimiento, nosotros mismos estamos mutando. Porque comprender este tercer estado nos obliga a redefinir quiénes somos, qué somos, y qué lugar ocupamos en este universo de partículas tal vez conscientes, de células resucitadas, de corazones sin cuerpo que siguen latiendo, y de pequeños seres sintéticos que, sin saberlo, podrían estar dando el primer paso hacia una nueva forma de vida.

Sin embargo, ello, como señalé en función de los acontecimientos de esta semana abrió una herida que mantengo expuesta a partir de la muerte de mi madre, en la cual, más allá de las diversas crisis que me tocó presenciar con motivo de la degeneración de la enfermedad que sufrió lo cual me permitió identificar ciertas reacciones fisiológicas, emocionales y químicas en función de las reacciones conductuales a partir de determinados medicamentos o estado físico derivado del desgaste de su salud, recuerdo su periodo de agonía que precedió a la muerte, en el que, como a muchas personas que les ha tocado enfrentar este encuentro, logran identificar que la esencia que les es natural a ellas, se apaga o no puede salir puesto que el organismo, al tratar de sobrevivir efectúa las funciones básicas del sistema nervioso reptiliano a partir del cuál, se procura la vida y los procesos cognitivos se ven ampliamente afectados.

Esta semana sucedió algo parecido, aunque con un pronóstico que ha mejorado y a partir de ello, se inserta con más fuerza la reflexión en torno a qué es lo que verdaderamente nos hace humanos y que, con motivo de afecciones de salud se rompe la perfección de un equilibrio multidimensional, que eventualmente la mayoría dejamos de lado o damos por hecho al gozar de una salud regular y que, no solamente por la crisis que revivió esos recuerdos desde una perspectiva diversa se marcó un gran impacto, sino por ver, de manera patente que el compromiso del sector salud encuentra a grandes hombres y mujeres que se vuelven héroes sin capa a partir de la labor que realizan día a día y ello, brinda también la perspectiva de que, ese equilibrio que nos da la salud, también es una condición a evaluar dentro de los valores humanos que asumiremos en la tercer entrega, de descifrando lo  humano. Hasta la próxima. P.D. Gracias por su apoyo y cercanía, agradecemos sus oraciones y confiamos que seguiremos generando más anécdotas, desde la vida.