Juegos, Conceptos y Subjetividades I
Una temática filosófica sumamente interesante, y a la vez pasada por alto –como la mayoría de las que no son del gusto del occidente moderno– son los juegos en cuanto expresión humana con las más distintas formas y finalidades. Aquí, como he venido haciendo desde hace algunas semanas, me gustaría esbozar algunas ideas sobre el tema y su riqueza desde Wittgenstein, –no sólo por lo prolífico de su obra al respecto, sino también porque creo que fue el primero, tal vez no en referirse al asunto, pero sí en presentarlo como una verdadera mina de intuiciones filosóficas muy valiosas–.
Lo interesante de los juegos como objeto, empecemos por esto, es su persistente resistencia a dejarse conceptualizar genéricamente y que, sin embargo, haya algo común a todos ellos dentro de su heterogeneidad. Cuando nos acercamos a ellos, lo que intuimos, no son cualidades genéricas que les sean comunes a todos, ni tampoco la manifestación exacta de las estructuras con la que los captamos; no. Lo que vemos, serán semejanzas, parentescos, series. La misma actualización del juego, cada vez que se juega, es lo que nos interesa, porque en este mismo fenómeno, algo se mantiene resistiéndose a ser homogeneizado.
Esa es la riqueza de la noción de juego. Empezar a pensar con base a juegos y con base a contextos agudiza nuestra mirada ante relaciones formales, como dice Wittgenstein en sus Observaciones a La Rama Dorada de Frazer. Lo interesante es empezar a concebir nuestras investigaciones filosóficas sobre las cosas apreciándolas como complejas superposiciones e interrelaciones de objetos entre sí, viendo, cómo los parecidos en general y en particular, no se limitan al pensamiento binario.
Lo que pasa con esa afinidad dentro de su heterogeneidad, de su multiplicidad es exactamente lo que Wittgenstein llama parecidos de familia. Estos son, maneras en la que se mantienen agrupados objetos que rompen entre ellos nuestros conceptos, y que, sin embargo, conviven de manera coherente en su diversidad. Superpuestos, entrecruzados, como dice Wittgenstein. Ellos mismos, son actualizaciones de una misma regularidad. En ellas –las regularidades– podemos apreciar la riqueza particular de los juegos si sabemos mirarlos en lugar de pensarlos antes de acercarnos a ellos. Eso es lo interesante. Pensar, suele ser lo mismo que homogeneizar. Esto es, perder la riqueza de las multiplicidades ante las que nos encontramos; que es la actitud que aprender a mirar los distintos juegos en su propio devenir, nos invita a dejar de lado. Como pasa con las distintas técnicas humanas, la riqueza de preguntarnos por ella radica en ver cómo los distintos grupos humanos hacen algo con esa semejanza común enriqueciéndola con su subjetividad en cada momento. La consistencia del hilo reside en que una fibra cualquiera recorra toda su longitud, sino en que se superponen muchas fibras (…) Hay algo que recorre el hilo entero –a saber, la superposición continua de estas fibras, son las palabras literales de Wittgenstein sobre esto.
Con lo anterior, aun someramente, lo que quiere la propuesta wittgensteiniana es impulsarnos a reconocer que lo que nos mueve a cerrar rígidamente los conceptos, casi siempre, es una cuestión de capricho, de hábito, de conveniencia, de rutina, o de hábito, valga la reiteración. Tenemos interiorizado hasta un nivel ordinario y casi reactivo el hecho de que algunas palabras tienen límites rígidos y otras no, por el simple hecho, de que, por la naturaleza de algunas, conviene que esto se haga así y en otras no. Cuando justamente, el escepticismo que caracteriza a nuestra mirada objetivista y desvinculada del mundo, dada su rigidez metodológica, denosta hacer esto con cualquier concepto. Ella siempre dice: o se hace con todos o no se hace. Puedo delimitar, y de hecho es necesario por un mínimo de comunicatividad en los contextos de habla que, los límites de un concepto, sí; pero no todos nuestros conceptos tienen por qué ser encuadrados en este marco: los de juego y número, por ejemplo, no tienen necesariamente un límite exacto. Algunos lo están más, y otros lo están menos y así es como empleamos la palabra juego o la palabra número.
Por esto mismo, los juegos siguen no sólo distintas reglas, sino que la manera en que las siguen son enteramente diferentes en cada uno de ellos, pues tampoco existe una manera perfectamente delimitada y a priori de seguir una regla. Las reglas y su uso se actualizan con el paso mismo del juego y eso lo sabemos gracias a Taylor, a Gadamer, y al sentido phronético que nos proponen sobre este problema. Esto es, que dado el estado al que ha llegado un juego en su actualización, la encarnación que tenemos de esa misma regla en nuestro propio cuerpo, y el contexto en el que esta se hace presente, es como se seguirá ¡en esa misma situación! Abarcar todas las maneras en que se puede seguir una regla es una simple ingenuidad. Que cualquier situación humana o juego presente reglas, no significa que haya rigidez total en ellas o que podamos saber a priori cómo las seguirá cualquier sujeto.
Pero este último asunto, el del seguimiento de las reglas, ya roza el terreno de lo que Wittgenstein llama los conceptos difusos, que será mejor tratar en espacio aparte (el próximo).

