LA COLA

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Al llegar al banco vio las dos enormes colas donde pagaban los cheques de gobierno. –Ni modo, no me queda otra. Así fue a colocarse religiosamente al último de una larga hilera.

Parecer uno limosnera. Pensó mientras la cola avanzaba un lugar. –Siempre ir al día. Nunca tener un respiro económico. ¿Económico nomás? ¿Y de tiempo qué? Porque ahora que regrese a la oficina, lo que más me enoja es que el jefe me regaña y lo hace delante de todos. ¿Y qué le digo? –Perdóneme, jefe, es que tenía que cobrar… Si usted supiera el montón de deudas que tengo…

-¡Y a mí qué. Godínez! Estamos aquí para trab… Ya me lo imagino. ¿Y al fin, el qué? ¿El qué? El gana bien. Y además está bien parado con el mero mero. Solo porque tengo necesidad del trabajo, si no bien que me lo ponía en su lugar. La cola avanzó.

De veras que soy un pendejo bien hecho. Siempre volando, siempre pensando imposibles. Pero, ¿qué me queda? Soy un “poquito”, como el otro día me dijo mi Toño con cólera. Y sí, eso soy, un “poquito”. ¿Qué he hecho en mi vida? Nada.
Absolutamente nada. Sólo he sido bueno para obedecer… ¡Ah! Y para hacer hijos. Tuve hijos y excusas. El condenado temor por su futuro. Siempre vivir asustado y nunca arriesgar. Siempre pensando en que si me corren ¿Qué haría? Qué “
poquito” he sido. En veinticinco años de servicio, un ascenso, o sea, nada. Simplemente el escuincle greñudo que ayer entró, el dizque “Licenciado” Martínez, que porque estudió quien sabe dónde, está dos puestos arriba de mí. ¡Y esta cola que no se mueve!


El nerviosismo lo empezaba a invadir. Siempre pensaba lo mismo en estos felices y terribles días de quincena. El gusto de recibir el cheque y la angustia de hacer cola para cobrarlo. Como no queriendo, miró a os que lo antecedían: la mayoría eran como él, de los de al día. Necesitados de dinero, pero de ya. Continuó en sus cavilaciones:

Y pensar que este cheque ya no tengo como quien dice, “hipotecado”: comida, ropa, la renta… con pensar que orita mi viejo no tiene ni para la comida. A ver si rescato algo para echarme dos tequilas el sábado.

La cola avanzó. Vio a su alrededor. Un anuncio invitaba al ahorro ¿Ahorrar? ¿Y cómo diablos? Aguantó una risa colérica. Enfrente, un elegante hombre de portafolios negro recogía un fajo de billetes. ¿Político? ¿Explotador? Se preguntó. ¿Por qué a la mayoría nos tocó bailar con la más fea? Y yo de sapo, que traje a cinco pobres más al mundo. La cola avanzó. Ahora miró hacia atrás… Todos absortos.

No le quedo más que ver el techo. Se sintió ridículo Las manos le sudabas, su corazón le latía más aprisa. El tecleo de las computadoras –casi sin oírse– le  taladraban los oídos. Ya estaba totalmente ofuscado. Enojado con la vida, con la cola, con la crisis, con Del Mazo, con él, con todo.

Había llegado a lo que él llamaba el colmo, momento ese en el que ni él se aguantaba. Si pudiera avanzar la cola. Si pudiera comprimir como acordeón a ese gusano humano. –Y el cheque a cobrar junto con la credencial de elector –Le  vino una preocupación más. Se buscó en la bolsa derecha del pantalón, y nada.
La izquierda, igual resultado. Rápidamente se espulgó por todas partes. Parecía ciudadano con mal de San Vito: su angustia llegaba al clímax, cuando se acordó, ¿en la bolsa del corazón?, ¡Ah!, ahí estaban. Empapado el cheque de sudor, y su retrato angustiado bien apretado lo tuvo en la mano. La cola se movió un poco. ¿Por qué avanza tan lento? Y en su ansiedad de querer comprimir la cola, testereó a la señora gorda que tenía adelante.

–¡Fíjese, bruto!. Le gritó la marmota congelándolo con la mirada. Le dieron ganas de ahorcarla, de hacerla pedacitos, de masticarla y también de salirse de una vez por todas de la cola. Pero, ¿sin dinero? En eso la cola avanzó.

Ya falta poco. Ni modo de salirme. Ya estaba completamente mojado. Ya nomás falta que cuando llegue, me digan que por lo mojado no me lo pagan. Soy capaz de darme un balazo. “Si, ¿y con qué pistola?” habló en voz alta.

Los de la cola ya lo miraban como animal raro. Burócrata Godínez quería estallar ahí mismo, hacerse mil pedacitos, volverse confeti que tocara a todos.

En eso, al avanzar la cola, vio que estaba cerca, cerquísima. Solo dos lugares lo separaban de la gloria. Se le humedecieron los ojos.

El del periódico mostró su credencial, intercambió frases con la cajera. Godínez sintió un escalofrió de gusto. La gorda sacó también el recibo de teléfonos. Godínez ya siente en las manos los billetes de cien pesos, cinco mil cuatrocientos cincuenta y dos pesos, cinco mil cuatrocientos cincuenta y dos pesotes que le servirán para comprar tortillas, pantalones, cuadernos, hilo para remendar, y bolillos… montañas de bolillos, costales de teleras y bolillos.

La gorda cobró, y él se apersonó con la cajera. Presentó su cheque y su identificación. Los dejó en el frío mármol: la pagadora iba a tomados cuando escuchó un sujeto armado con una pistola y tapado el rostro con pasamontañas gritó junto a él: ¡Esto es un asalto! ¡Todos al piso! ¡Órale cabrones, todos pa’bajo!
Maquinalmente se dejó caer. ¡No por favor, no! ¡Ahorita no! ¿por qué cuando me tocaba?

Maldijo a su suerte, mientras su mente dibujaba a su cheque temblando en el mostrador de mármol.

Fue más bien su inconsciente. Su deseo de apostar a todo y nada. De trascender. De un trueque con la vida. Godínez se levantó hecho una fiera. Al tratar de recuperar su cheque se halló con un obstáculo. Forcejeó, pateó, mordió. Como toro rabioso se lanzó contra lo que se movía. El nada más quería su cheque y se halló con una pistola en las manos y a un asaltante noqueado a sus pies todo descuacharrangado.

Medio vio a su alrededor. El azoro, la sorpresa, se sentían en el ambiente: todo lo sopesó en su justa medida. En cinco segundos pasó por su mente su inútil burócrata vida y como al final el ser un poquito una mierdita temblorosa y entonces con una sonora, metálica voz que hasta el desconoció, con una voz que rebotó en el banco, gritó: ¡Que nadie se mueva! Esto… ¡Esto es un asalto!