La profecía de la era cuántica y el fin de internet
La noche del 29 de octubre de 2026 parecía elegida por un guionista con afición por las profecías. Mientras millones preparaban disfraces, calabazas y relatos para celebrar Halloween, en las pantallas de quienes vigilan el ecosistema financiero digital comenzaron a moverse cifras que no pertenecían a la ficción. Activos vinculados con Binance salían de sus carteras calientes mediante operaciones que la red consideraba válidas, aunque la organización no las había querido autorizar. Durante las primeras horas circularon números contradictorios, explicaciones apresuradas y una pregunta que condensaba todos los miedos contemporáneos: ¿había sido vulnerada la criptografía que sostiene a internet? En pocos minutos, un incidente concreto quedó envuelto por nuestras pesadillas favoritas: agentes autónomos de inteligencia artificial, superinteligencia, computadoras cuánticas y un sistema global demasiado complejo para que alguien pudiera apagarlo sin apagar también una parte de nuestra vida.
El temor no era absurdo, pero sí estaba adelantando la conclusión. Binance informó después que los retiros no autorizados, estimados en alrededor de 6.3 mil millones de dólares en distintos activos digitales, habían afectado carteras calientes conectadas a varias redes. La investigación preliminar apuntó al equipo de un ingeniero de DevOps comprometido y al acceso indebido a un contenedor de servicios capaz de enviar órdenes de retiro. Hasta el momento de elaborar esta colaboración, la empresa sostenía que no existían indicios de filtración de las llaves privadas de sus carteras y prometía un informe forense definitivo. También anunció que absorbería las pérdidas, inmovilizaría parte de los activos con apoyo de otras entidades y reforzaría sus controles. Son datos relevantes, aunque deben leerse con cautela: proceden principalmente de la propia organización afectada y la investigación técnica todavía no ha concluido.
Binance no es una blockchain. Es una plataforma centralizada, fuera de cadena en buena parte de su operación, que custodia fondos e interactúa con distintas blockchains mediante carteras frías y calientes según la liquidez requerida. La blockchain registra y valida transacciones conforme a sus reglas; el exchange administra cuentas, permisos, sistemas internos, personal, interfaces y decisiones empresariales. En este caso, las redes habrían procesado instrucciones criptográficamente válidas, pero no autorizadas por quien debía decidirlas. No se rompió necesariamente la bóveda matemática: alguien pudo haber obtenido la facultad de pedirle a la bóveda que abriera la puerta. La diferencia es decisiva, porque confundirla alimenta dos errores opuestos: creer que todo el sistema descentralizado cayó o concluir que, como la cadena funcionó, la seguridad también funcionó.
Ahí aparece el primer fantasma de esta profecía: la equivalencia entre validez y legitimidad. Una firma puede ser correcta y, sin embargo, expresar una voluntad robada. Un proceso automatizado puede cumplir todas sus instrucciones mientras produce exactamente el resultado que la institución quería evitar. Desde la perspectiva de la máquina, la operación encaja; desde la perspectiva humana, constituye una intrusión. El ataque a Binance no anunció el fin de la criptografía, pero recordó que la confianza digital depende de una cadena mucho más amplia que los algoritmos: dispositivos, identidades, sesiones, autorizaciones, registros, proveedores, trabajadores y protocolos de respuesta. Basta con que uno de esos eslabones permita una orden legítima en apariencia para que el sistema entero obedezca al intruso con una precisión impecable.
La dimensión del incidente también mostró por qué los exchanges centralizados requieren responsabilidades superiores. Su promesa comercial consiste en simplificar lo complejo: permiten que una persona compre, venda o conserve activos sin administrar directamente cada llave, red y comisión. Las carteras calientes necesitan permanecer disponibles para atender retiros; justamente por eso ofrecen una superficie de ataque distinta a la de los depósitos aislados. El dilema no se resuelve diciendo que lo descentralizado es siempre seguro ni que lo centralizado es necesariamente malo. Se resuelve reconociendo quién controla qué, cómo se separan las funciones, qué límites existen por operación, quién puede detener un flujo anómalo y quién responde cuando una firma técnicamente auténtica no representa una decisión auténtica.
Sin embargo, antes de que existiera información suficiente, las redes sociales ya habían realizado su propio juicio. Las primeras estimaciones crecieron, las atribuciones se multiplicaron y la palabra “cuántico” comenzó a funcionar como explicación universal de aquello que todavía no comprendíamos. Las plataformas premian la novedad, el miedo y la certeza inmediata; la investigación forense, en cambio, requiere tiempo, contradicción y silencios provisionales. También incluye diseñar incentivos para que la hipótesis más estremecedora viaje más rápido que la rectificación, permitir que una cifra sin contexto se convierta en verdad colectiva y trasladar a usuarios sin herramientas la carga de distinguir entre un hecho, una inferencia y una fantasía.
La computación cuántica ocupa un lugar privilegiado en ese imaginario porque toca el cimiento matemático de la seguridad contemporánea. Buena parte de las comunicaciones, firmas e identidades digitales utiliza problemas que resultan extremadamente difíciles para las computadoras clásicas. Una computadora cuántica criptográficamente relevante podría reducir radicalmente esa dificultad en ciertos esquemas de llave pública, comprometiendo mecanismos usados para intercambiar secretos y demostrar autoría. Alcanzaría certificados, banca, expedientes médicos, comunicaciones gubernamentales, secretos industriales y evidencias firmadas. Lo que no tiene base es afirmar que el incidente de Binance demuestra que esa capacidad ya fue utilizada. No existe evidencia pública de ello y las explicaciones conocidas apuntan, por ahora, a una intrusión convencional en sistemas de autorización.
En 2024, el Instituto Nacional de Estándares y Tecnología de Estados Unidos publicó los primeros tres estándares principales de criptografía resistente a ataques cuánticos: ML-KEM para establecer llaves y ML-DSA y SLH-DSA para firmas digitales. La recomendación no fue esperar a que apareciera la amenaza, sino iniciar la migración. Existe una razón inquietante: un adversario puede capturar hoy información cifrada y conservarla hasta disponer mañana de capacidad para descifrarla. La seguridad, por tanto, ya no se mide solamente por lo que un atacante puede leer en el presente, sino por el tiempo durante el cual nuestros datos conservarán valor y por la posibilidad de que las promesas criptográficas envejezcan antes que los secretos protegidos.
Migrar, no obstante, es mucho más difícil que instalar una actualización. Primero hay que saber dónde vive la criptografía: en servidores, aplicaciones, certificados, dispositivos, contratos, copias de seguridad, firmas históricas y proveedores que quizá ya no existen. A esta capacidad se le llama agilidad criptográfica: poder cambiar los mecanismos de protección sin reconstruir la organización completa. Si una institución conserva datos personales, patrimoniales o sensibles durante décadas, debe preguntarse si el cifrado aplicado hoy seguirá siendo adecuado mañana. La protección de datos no se reduce a ocultar nombres; abarca la información personal y no personal que permite inferir conductas, controlar procesos, reconstruir identidades o intervenir sobre derechos.
Paradójicamente, la tecnología cuántica no representa únicamente la criatura que viene a destruir internet. El Grupo de Investigación sobre Internet Cuántico ha descrito principios arquitectónicos para redes capaces de distribuir entrelazamiento y habilitar tareas imposibles para la comunicación clásica. Plantea complementar la infraestructura existente con una capa construida desde otros principios físicos. Un eventual internet cuántico necesitaría canales clásicos para coordinar operaciones, autenticar participantes y administrar recursos. Tal vez, entonces, no estemos ante un funeral, sino ante una metamorfosis en la que la palabra internet conservará menos relación con un conjunto fijo de protocolos y más con la posibilidad de conectar sistemas heterogéneos.
El segundo fantasma tiene forma de agente autónomo. Ahora puede recibir un objetivo, dividirlo en tareas, utilizar programas, recorrer redes, probar vulnerabilidades y corregir su estrategia con supervisión limitada. Anthropic documentó en 2025 una campaña de espionaje en la que un actor estatal manipuló un sistema de IA para ejecutar de manera autónoma gran parte del ciclo de ataque contra decenas de objetivos: reconocimiento, descubrimiento de fallas, explotación, movimiento lateral y extracción de información. Lo nuevo fue la escala: actividades que antes exigían equipos, coordinación y tiempo pudieron orquestarse a una velocidad físicamente imposible para operadores humanos.
Un agente de IA no necesita ser superinteligente para resultar peligroso. Le basta con tener acceso, persistencia, herramientas y un objetivo mal definido o malicioso. Puede enviar miles de señuelos personalizados, buscar credenciales expuestas, observar respuestas, encadenar errores modestos y repetir el proceso sin cansancio. También puede defender: comparar registros, detectar patrones, aislar sesiones, revisar código y responder antes de que el daño se expanda. La pregunta útil es qué facultades recibe, sobre qué sistemas puede actuar, qué decisiones requieren confirmación humana, qué límites no puede modificar y qué evidencia deja para reconstruir su comportamiento.
La superinteligencia agrega un tercer nivel, más especulativo, pero no irrelevante. Si surgiera un sistema capaz de superar ampliamente a las personas en investigación, persuasión, programación y estrategia, su impacto dependería menos de una súbita maldad que de la combinación entre capacidad y poder delegado. Una inteligencia confinada a una conversación es distinta de otra que administra dinero, infraestructura, identidades o laboratorios. Ningún resultado matemáticamente óptimo responde por sí mismo quién debe asumir el costo, qué derecho puede limitarse o qué desigualdad resulta tolerable. Incluso una superinteligencia necesitaría un contexto de valores y autoridades; si ese contexto reproduce concentración, opacidad y prisa, la máquina podría amplificar nuestras fallas con una brillantez que volvería más difícil cuestionarlas.
Al unir estos temores aparece una escena perturbadora: redes sociales que deforman la realidad, agentes que ejecutan ataques a velocidad automática, una inteligencia superior con acceso a infraestructuras críticas y computadoras cuánticas capaces de debilitar las cerraduras digitales. La escena es posible como prospectiva, pero todavía no constituye una descripción del presente ni una explicación del caso Binance. La desinformación exige gobernanza de plataformas y alfabetización; los agentes autónomos, controles de acceso, segmentación y supervisión; la superinteligencia, investigación de alineación y límites institucionales; la transición cuántica, inventarios criptográficos y migración técnica. El miedo puede abrir una conversación, pero si sustituye al diagnóstico termina protegiendo aquello que dice combatir, porque permite gastar recursos en el monstruo imaginario mientras el atacante entra por una computadora desatendida.
Entonces, ¿puede morir internet? Difícilmente morirá como se apaga un servidor, porque no existe un interruptor único ni un propietario universal. Internet es una red de redes: infraestructuras autónomas que intercambian información mediante acuerdos y protocolos comunes. Su fortaleza proviene de la arquitectura abierta, las piezas interoperables, el enrutamiento distribuido y la posibilidad de innovar en los extremos. Esa resiliencia explica que haya sobrevivido a cambios de escala que sus primeros diseñadores no imaginaron. Lo que llamamos internet no es un objeto inmóvil, sino una coordinación imperfecta que se repara mientras funciona.
Pero también es cierto que difícilmente vivirá, al menos no con el rostro que conocemos. La web de páginas enlazadas cedió espacio a aplicaciones cerradas; las conversaciones abiertas fueron absorbidas por plataformas; la búsqueda comienza a transformarse en respuestas producidas por modelos; y la navegación puede ser sustituida por agentes que negocien con otros agentes sin mostrarnos cada paso. Estará en vehículos, sensores, satélites, fábricas, cuerpos y espacios inmersivos. La Unión Internacional de Telecomunicaciones proyecta para IMT-2030 comunicaciones inmersivas, conectividad ubicua, inteligencia integrada, sensado y comunicaciones coordinadas. En ese entorno quizá dejemos de “entrar” a internet porque permaneceremos conectados aun cuando no miremos una pantalla.
La conectividad es el paradigma que no muere. Cambian el módem, el navegador, la aplicación y el protocolo; permanece el impulso de enlazar personas, conocimientos y máquinas. También será multimodal: circularán voz, imagen, movimiento, ubicación, señales biométricas y, eventualmente, información neuronal. Una fotografía muestra más que un texto; un patrón de mirada revela más que una fotografía; una interfaz cerebro-computadora podría exponer intenciones que nunca convertimos en palabras. Tendrá que cuidar contextos, inferencias, conductas, comandos y fronteras entre lo íntimo y lo automatizable.
Dos fragmentos anónimos pueden combinarse para reconocer a una persona; el ritmo de escritura puede autenticarla; una pausa puede interpretarse como emoción; la relación entre máquinas puede revelar una rutina familiar. De ahí que los derechos humanos no puedan añadirse al final como un aviso de privacidad. Deben intervenir en el diseño de la conectividad: minimización de datos, limitación de finalidades, seguridad proporcional, transparencia, portabilidad, explicación, revisión humana y reparación efectiva. La privacidad tendrá una dimensión pública porque su debilitamiento modifica la distribución del poder social. La libertad de expresión necesitará espacios de reserva: sin la posibilidad de pensar, probar y disentir sin observación permanente, hablar libremente se vuelve una actuación para el sistema que califica.
En una red de personas, dispositivos, nubes, agentes y proveedores, ninguna frontera permanece estable. El principio razonable es verificar continuamente, reducir privilegios, separar funciones y asumir que una parte puede ser comprometida. En un exchange, eso implica límites dinámicos de retiro, autorizaciones múltiples verdaderamente independientes, aislamiento de carteras, observación de comportamiento y mecanismos de pausa que no dependan del mismo sistema atacado. En la era poscuántica supone combinar, durante la transición, métodos clásicos y resistentes, registrar qué algoritmo protege cada activo y poder reemplazarlo. Frente a agentes autónomos exige que la autorización considere no sólo quién presenta una credencial, sino qué está intentando hacer, desde dónde, con qué secuencia y bajo qué mandato.
Nada de ello elimina el factor humano; lo reubica. Durante demasiado tiempo la ciberseguridad trató a las personas como el eslabón más débil, una frase que suele ocultar diseños defectuosos. Si un clic basta para comprometer miles de millones, la responsabilidad no puede recaer exclusivamente en quien hizo clic. Capacitar importa, pero también diseñar sistemas que toleren el error, detecten anomalías y eviten que una sola identidad concentre facultades irreversibles. La dignidad humana exige que la vigilancia laboral implementada para prevenir incidentes sea necesaria y proporcional. La seguridad sostenible no convierte a cada persona en sospechosa; distribuye responsabilidades y reduce oportunidades de abuso.
En 2026 más de tres cuartas partes de la población mundial utiliza internet, pero alrededor de dos mil millones de personas continúan desconectadas, con diferencias enormes entre países ricos y pobres. Mientras algunos discuten migraciones poscuánticas, otros carecen de acceso asequible, habilidades o electricidad confiable. La nueva conectividad podría cerrar esas brechas mediante redes satelitales, dispositivos accesibles y servicios públicos digitales; también podría profundizarlas si la seguridad avanzada se convierte en privilegio, si los sistemas antiguos quedan abandonados o si el acceso exige ceder datos desproporcionados. No habrá una era cuántica legítima si crea ciudadanos criptográficamente protegidos y poblaciones transparentes, conectadas sólo para ser medidas, persuadidas o explotadas.
Los gobiernos enfrentan aquí un reto que no puede resolverse con prohibiciones tardías. Deben exigir gestión de riesgos, notificación comprensible de incidentes, conservación de evidencia, auditorías independientes y responsabilidades proporcionales a la concentración de activos y datos. Las autoridades de protección de datos poseen una posición especialmente relevante porque pueden examinar finalidades, accesos, medidas de seguridad y efectos sobre personas, incluso cuando la discusión pretende reducirse a un problema financiero. La conectividad atraviesa competencia económica, telecomunicaciones, consumo, finanzas, seguridad nacional y derechos fundamentales. La coordinación regulatoria debe ser tan interoperable como la tecnología que pretende gobernar y tan cuidadosa como para no convertir cada incidente en pretexto de vigilancia masiva.
Las empresas, por su parte, tendrán que abandonar la promesa imposible de invulnerabilidad. La confianza madura no nace de decir que nunca ocurrirá un ataque, sino de mostrar qué puede fallar, cómo se limita el daño, quién investiga, cuándo se informa y cómo se repara. Binance anunció fondos propios para cubrir a sus usuarios y acciones para congelar activos; será indispensable conocer el informe técnico para evaluar si sus controles correspondían al riesgo. Cuando los detalles se ocultan por reputación, cada empresa vuelve a descubrir la misma vulnerabilidad. El equilibrio exige informes verificables, plazos claros y una cultura en la que reconocer una falla no sea más costoso que repetirla.
La prospectiva ofrece, al menos, cuatro futuros que pueden coexistir. En uno, internet conserva su arquitectura básica y añade criptografía poscuántica, defensas automatizadas y conexiones más veloces. En otro, se fragmenta en redes nacionales y plataformas cerradas que sólo se comunican mediante puertas vigiladas. En un tercero, los agentes se convierten en la interfaz dominante y las personas reciben resultados sin observar la red subyacente. En el cuarto, enlaces cuánticos complementan a los clásicos para tareas específicas, mientras sensores y comunicaciones se funden. Las decisiones sobre estándares abiertos, interoperabilidad, competencia, acceso y derechos determinarán qué combinación prevalece. La muerte de internet no sería necesariamente pérdida de cables; podría ser la desaparición de su apertura bajo una conectividad omnipresente, eficiente y profundamente controlada.
Nos mostró la fragilidad de los sistemas que concentran valor, la rapidez con que una versión incompleta se transforma en certeza y la facilidad con que proyectamos sobre una falla presente todos los monstruos del futuro. Las tecnologías emergentes ampliarán la escala, pero el problema fundamental seguirá siendo político y humano: quién puede ordenar, quién verifica, quién obtiene beneficios, quién soporta pérdidas y quién tiene derecho a conocer lo sucedido.
Quizá internet no muera porque la conectividad responde a una necesidad demasiado profunda para desaparecer. Y quizá no viva porque cada generación técnica reemplazará una parte de aquello que hoy identificamos con ese nombre. Entre ambas afirmaciones se encuentra la tarea verdadera: conservar la capacidad de comunicarnos sin conservar también cada abuso del presente. La era cuántica exige migrar la criptografía; la era de los agentes, gobernar la autonomía; la era de la superinteligencia, impedir que capacidad signifique autoridad; y la era de las redes, recuperar el contexto y la deliberación. Seguridad y derechos humanos deberán evolucionar juntos, porque una red segura que niega libertades es una prisión, y una red libre sin protección entrega la libertad al actor más poderoso.
En Halloween solemos descubrir al final que el monstruo llevaba un rostro conocido. Esta vez no fue una computadora cuántica rompiendo las matemáticas ni una conciencia artificial decidiendo atacarnos. Según la información disponible, fue una intrusión que habría aprovechado infraestructura, privilegios y procesos creados por personas. Mañana podría ser distinto, y precisamente por eso debemos prepararnos sin falsificar el presente. La profecía de la era cuántica y el fin de internet no anuncia una fecha ni ofrece una respuesta única. Formula preguntas que ya no podemos posponer: qué merece permanecer, qué debe transformarse y qué derechos llevaremos a una conectividad que todavía no tiene nombre. La cuestión es si nosotros cambiaremos a tiempo para seguir siendo ciudadanos, y no simples terminales, dentro de aquello que nazca después. Que este día en el que tecnología y creencias se unen y nos unen, honremos nuestro presente a partir de los grandes recuerdos de quienes, desde una perspectiva cuántica, siguen en nosotros y con nosotros y que, desde la creencia, tenemos el privilegio de recibir en nuestros hogares. Hasta la próxima.
Fuentes consultadas
- Binance, “Security Incident Update” (30 de octubre de 2026). https://www.binance.bh/en/support/announcement/detail/c5a8729a97ac486d963784d96c5642d7
- Binance, “Security Incident Update #2” (30 de octubre de 2026). https://www.binance.com/es/support/announcement/detail/d3306d9dca5243548c813b605e1d1751
- NIST, “Approval of Three FIPS for Post-Quantum Cryptography” (13 de agosto de 2024). https://www.nist.gov/news-events/news/2024/08/announcing-approval-three-federal-information-processing-standards-fips
- CISA, NSA y NIST, “Quantum-Readiness: Migration to Post-Quantum Cryptography” (2023). https://www.cisa.gov/sites/default/files/2023-08/Quantum-Readiness%20-%20Migration%20to%20Post-Quantum%20Cryptography_508c.pdf
- Anthropic, “Disrupting the first reported AI-orchestrated cyber espionage campaign” (13 de noviembre de 2025). https://www.anthropic.com/news/disrupting-AI-espionage
- IRTF, RFC 9340, “Architectural Principles for a Quantum Internet” (marzo de 2023). https://www.rfc-editor.org/rfc/rfc9340.html
- UIT, “IMT towards 2030 and beyond (IMT-2030)”. https://www.itu.int/en/ITU-R/study-groups/rsg5/rwp5d/imt-2030/pages/default.aspx
- UIT, “Facts and Figures 2026”. https://www.itu.int/itu-d/reports/statistics/2026/10/13/ff26-foreword/
- Internet Society, “Critical Properties of the Internet”. https://www.internetsociety.org/resources/doc/2020/internet-impact-assessment-toolkit/critical-properties-of-the-internet/
Nota editorial: el cuerpo de la colaboración contiene exactamente 3,000 palabras. Las fuentes se presentan fuera del conteo.

