Líderes cobardes
En muchos espacios políticos, laborales o familiares, hay quienes creen que el liderazgo se mide por el número de correos que delegan, las juntas a las que no asisten y los problemas que esquivan con elegancia burocrática, o peor aún, aquello que juzgaban con firmeza hace años, hoy lo justifican porque son presa de sus propias palabras.
Ser director, funcionario o jefe de familia para algunos, consiste en lucir un título que suena bien, mientras desvanecen su presencia en los momentos donde más se necesita: cuando hay que dar la cara, tomar decisiones difíciles o asumir errores. Y luego, claro, acuden con frases de antología como no estaba enterado, nadie me avisó, eso lo manejaba fulano o la joya suprema: No me toca a mí.
Pero sí, le toca a usted, señor funcionario, que cobra por estar al frente, porque estar al mando no es un trámite de escritorio, sino una responsabilidad que exige presencia, criterio y carácter; delegar no es desaparecer, es distribuir funciones sin perder el timón. El buen líder no se borra en la tormenta, se vuelve faro.
Pero en nuestro contexto, desde la autoridad gubernamental hasta la miscelania de la esquina, la moda de justificarlo todo es una pandemia silenciosa. ¿Llegó tarde el proyecto? es que el equipo no respondió. ¿Falló la estrategia? Hubo falta de compromiso. ¿Se sembró caos en lugar de resultados? Yo confié en mi gente.
Magnífica habilidad: encontrar culpables entre los subordinados como si el liderazgo fuera un cómodo observatorio ajeno a la acción, no perdamos de vista que esos subordinados fueron palomeados por el líder, por tanto, es co-responsable de sus éxitos o fracasos.
Cuando algo sale mal, el rostro que debe aparecer es el de la cabeza, porque si usted ocupa un cargo de dirección, también ocupa la carga de responder, y no con excusas, sino con acciones concretas; no con frases vacías, sino con soluciones efectivas.
La verdadera dirección exige aparecer en los momentos incómodos, esos que no salen en los boletines ni ofrecen aplausos; exige enfrentar reclamos, corregir decisiones fallidas y, sí, aceptar que uno es responsable de lo que se hace y lo que se omite; se responde sin guiones, sin filtros y sin culpables a modo.
Pero claro, eso exige carácter y es más fácil fingir liderazgo que ejercerlo, dar la cara es incómodo y justificarlo todo es mucho más cómodo… al menos hasta que alguien decide pedir cuentas y la verdad sale a flote.
No podemos ser líderes cobardes desde la comodidad del yo no fui; esa filosofía del escape perpetuo convierte al líder en una caricatura. Se debe tener presencia en los momentos cruciales y, sobre todo, compromiso genuino.
No basta con inaugurar reuniones ni con citar valores institucionales en discursos vacíos; hay que estar cuando se incendia el papel, cuando se exige rectificación y cuando se reclama compromiso.
Vivir buscando pretextos transforma el liderazgo en un reality show mediocre. El cargo no debería venir con una capa de superhéroe invisible, sino con una brújula ética que obligue a estar presente, especialmente cuando las cosas se ponen feas.

