Llegó Diciembre

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“Diciembre es un mes de luces, nieves y festines. Un momento de arreglar las cosas y atar los cabos sueltos. Un momento para terminar lo que has empezado y para esperar que los sueños se vuelvan realidad”.

Es la época del fin de año, época de rememorar, recordar y analizar lo que el tiempo ha dejado a nuestro paso; es diciembre un mes de nostalgia, de sonrisas y de llanto, pero este -el del 2020-, es un mes de incógnita, de escepticismo, de luces y sombras; es la esperanza de un año que se va con su carga de anécdotas, pero es también el temor de un duro paso sobre el mundo cargado de batallas perdidas, de dolor emocional y de salud física aminorada; es diciembre de 2020 comienzo y fin, paz y sosiego, el mes donde nos detenemos a ver la luz y nos preguntamos ¿Cuánto más durará?

Y es que según la propia tradición de la humanidad y más en la comunidad católica, la época decembrina es una época de esperanza, de alegría, de retomar los bríos de las batallas que el calendario nos ha marcado como trascendentes, es una época para demostrar a la humanidad su propia humanidad, para brillar como los foquitos que encienden el dintel de las casas, la crin que adorna el árbol de navidad; es una época para hermanarnos, para fraternizar, para recordar a los que ya se han ido y los que están ausentes en la distancia, es la época propicia para pensar en lo que viene y hacia dónde vamos rodeados de nuestros seres más queridos, en las hojas del calendario, diciembre se pinta con sonrisas, pues existe una magia que nos hace vivir momentos irrepetibles.

Hay sonrisas en la calle, los niños anhelan ver lucecitas, dejando un poco de lado que ellos son luz; los adultos tratan de hacer alguna acción buena, de caridad, de trato, de fraternidad o compañerismo y es que en cualquiera de estas expresiones, el ambiente se siente diferente; se lucha por llevar alegría a quien lo necesita y por ser un remanso de paz en tiempos de desesperanza, la mercadotecnia nos pinta la televisión de rojo, blanco y verde (colores decembrinos), las series televisivas, el contenido de internet y la mayoría los programas televisivos nos hacen repensar que ya vienen las buenas vibras, que lo malo se va y nos quedamos con lo bueno.

Qué bonito nos resulta el pensar en el cierre de año en torno a lo que ya nos habíamos acostumbrado y a lo que habíamos anhelado, pues en las condiciones sanitarias que hoy enfrentamos solo nos quedan recuerdos: recuerdos bonitos de un vaivén de emociones que hoy se estancan, que se recrudecen para recordarnos la posibilidad de un contagio y la incertidumbre de cómo habríamos de reaccionar ante ello; diciembre 2020 es el mes de nostalgia para toda la gente que ha perdido a un familiar o a un ser querido en la batalla contra el Coronavirus, es la tristeza irremediable de pensar en todas las personas que han caído en las redes de este virus, es la desesperanza del sector salud al ver que sus manos son insuficientes para atender la contingencia sanitaria por la falta de cuidados de la población, es el temor al escuchar la ambulancia en la sala de urgencias médicas y saber que los insumos y los espacios son insuficientes; es el reclamo social de bailes populares celebrados al amparo del escepticismo y la sobrada confianza de la sociedad que acude al evento pensando para sí, que: “a mí no me va a pasar”.

Este diciembre 2020 ha cimbrado la fe del pueblo mexicano, y es que aunque las autoridades eclesiásticas han determinado medidas de prevención para evitar la propagación del virus SAR-COV2 es cierto es que la feligresía recia a sus costumbres y tradiciones; exige y desarrolla actividades de regocijo en esta  época, como reuniones en torno a rezos, visita de templos religiosos, festividades locales, peregrinaciones, pago de mandas, reuniones sociales para acompañar a la imagen venerada, salvas y cohetes van a su paso, la celebración se combina con rituales religiosos y bailes populares.

Esto es un síntoma de la idiosincrasia mexicana que hoy queda de lado, ahora se necesita el recato del culto en la intimidad, en la casa; es buscar a Dios en lo profundo de nuestro templo espiritual, alejarnos (paradójicamente) del templo material para buscar en nuestro interior la presencia divina. Nuestras formas de culto religioso deben cambiar para armonizar una realidad que es latente, debemos prevenir y no exponernos, es momento de hacer efectiva la máxima atribuible a nuestra divinidad “ayúdate que yo te ayudare”; hace mucha falta entender que la fe hace grandes obras; pero esta debe ser una fe firme, no condicionada, por ello; es necesario no “tentar a Dios”, entendamos también que prevenir el mal es cumplir con nuestras responsabilidades.

Para el pueblo mexicano será difícil transitar estas fechas decembrinas en el aislamiento, la tradicional celebración de la “Virgen de Guadalupe”, la “morenita del Tepeyac” debe ser diferente, hagamos votos porque siguiendo las recomendaciones debidas se celebre su culto en el hogar; intercedamos por quienes atraviesan por la cruda realidad de vivir o conocer de cerca el dolor que ha dejado el Covid (tanto física como moralmente), que nuestras plegarias tengan un tinte sanador, al margen de cuestiones religiosas; es necesario recobrar en estas fechas nuestro espíritu humanitario, pensar en los que trabajan por la salud y los que padecen problemas de salud, por los aislados, los vulnerables, los abandonados, porque también ellos necesitan palabras de aliento, una mano extendida que les brinde cobijo y sustento, y hacia allá debemos voltear la vista para entender que es más la oportunidad de redención haciendo actos que esperándolos; seamos corresponsables y como circula en redes sociales, al margen de referenciar nuestro deseo de buenas fiestas, hagamos momentos agradables para quienes nos rodean, sobre todo para aquellos que no la están pasando nada bien en esta pandemia.

Aquí empieza el camino de enseñanza de esta pandemia: hacernos más humanos, responsables y comprometidos con nuestro entorno, deseosos de recibir ayuda pero alentados a ayudar también; ya habrá oportunidad sin duda, para celebrar con los amigos, para reunirnos por cualquier pretexto a convivir, para estar junto a una fogata recordando los grandes momentos vividos y las personas que ya no están con nosotros; pero ahora el momento es propicio para sentir el calor de hogar, para combatir el frio decembrino con el calor de la fraternidad, para cantar de regocijo y también de nostalgia.

Hoy necesitamos manos y corazones unidos para hacer frente a esta contingencia, tenemos la oportunidad de regresarle a la humanidad sus luces de bondad, hagamos efectivos los canticos decembrinos; paz y amor deben inundar los hogares, el tiempo no debe ser de disputa sino de reconciliación.