Masas y formas de vida

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Una de las ideas más ricas que he encontrado siempre en el texto La rebelión de las masas de Ortega y Gasset ha sido aquella, según la cual el grado de degradación intelectual que vive una sociedad en un tiempo concreto, se puede medir por cómo los más vulgares seudointelectuales capturan a gente de los más distintos estratos sociales. Digo de los más distintos estratos sociales, porque, desde el pensamiento del filósofo español, abrazar la vulgaridad en temas intelectuales no depende del estrato socioeconómico al que se pertenezca sino de ser masa o minoría selecta

Traigo a colación esta idea porque me parece pertinente para referirnos a un tópico que se ha hecho vital en el pensamiento de masas de los últimos años: el regreso a un tradicionalismo reaccionario y castizo desvinculado de las identidades latinoamericanas por parte de los más diversos sectores sociales.

El asunto se extiende también en el contexto de la España actual, evidentemente. Es más, viene de allí importado por sus divulgadores y militantes hacia nuestro presente y contexto más inmediato. Sin embargo, limitarnos a su manifestación en suelo latinoamericano se me hace más sensato por el inmenso problema de políticas culturales y de identidades con los que este colinda si se trata en forma amplia.

Esta defensa de valores morales y estéticos propios del castizo en suelo latinoamericano es sumamente extraña. Esto, que antes era un asunto de personas ubicadas en las más altas esferas socioeconómicas, hoy nos lo encontramos por todos lados. La intolerancia a la diversidad de sexo y de género hoy está arraigada en sectores donde antes era un asunto que pasaba desapercibido, y el culto al hispanismo, se lleva a cabo por parte de quienes pertenecen a las identidades a las que el colonialismo ha hecho más daño, minusvalorándolas hasta el punto de tratarlas como animales. 

De igual manera, si él entendía que la formación de una minoría selecta que se precie consistía en la agrupación de individuos cuyo único punto en común es no estar de acuerdo con lo establecido. Hoy en día, está pasando esto mismo, pero en una versión infiel a esta idea. Los individuos que convienen en no estar de acuerdo con ninguna de las conquistas culturales de la actualidad, referidas a la sexualidad, el género, la liberalización de la iglesia, la situación de la mujer o la crítica a las instituciones de la sociedad clásica como la familia o la educación tradicionales, lo están desde un discurso similar, uniforme, nada original e indignamente conservador. Se está en desacuerdo con todo desde un discurso sin un ápice de originalidad.

Curiosa la situación de creer ser minoría selecta manteniendo la actitud intelectual de la masa. Hablo de actitud intelectual de masa porque ninguna de estas actitudes reaccionarias se diferencia la una de la otra, y porque son abrazadas por grupos humanos con características similares que son invadidos por este tipo de discursos y que lo aceptan por la similitud de lo que este vende con sus formas de vida.  

Intentando una cierta disidencia, se adopta una posición ajena, vulgar, infiel con lo que supone reconsiderar el entorno del que uno viene, se esquiva todo esfuerzo por hacer caso a las coincidencias que tiene nuestro pensamiento más pasional y lleno de resentimiento, lo que el gurú de turno nos dice. Por eso que este fenómeno, más que un resurgir de una nueva derecha o de ser la caída de la izquierda progresista es un asunto de masas y formas de vida.