PAISAJE EN EL VALLE DE TOLUCA
Cronista municipal que no sólo de ciudad. Por eso escribe sobre El paisaje en el Valle de Toluca; es decir, va más allá de la ciudad y de su zona rural, más allá de la urbe y el suburbio, del barrio y la vecindad o la zona alta de los que viven mejor afortunados en casa, propiedad y medios materiales para gozar de la vida. Cuenta Rodolfo: En el Valle de Toluca, una de las extensiones más altas del mundo, vivimos, como quien dice, en la azotea de la República. Por toda la rosa de los vientos, salvo las altas montañas, toda la tierra desciende, hacia los mares o hacia las fronteras. Por tanto, nuestro paisaje presenta singulares características que lo convierten casi en antípoda de las exuberantes y lujuriosas selvas americanas, adormecidas bajo los sucesivos y espesos palios de su vegetación de pesadilla. Pero tampoco es el paisaje inhóspito, desolado y deprimente, de los yermos del monte. A cambio es el de uno de los puntos intermedios entre esos dos disímbolos momentos: ni la jungla que maravilla con su intrincada grandeza, ni el desierto que aterra con la soledad.
Buena idea ha sido tomar a los cronistas de Toluca como tarea de estudio y difusión de su obra, de sus ideas, de sus trabajos que tanto nos enriquece a los modernos que vivimos en sus libros momentos de gozo y felicidad al leerles. A Alfonso Sánchez García contándonos sobre San Juan Chiquito / un barrio de Toluca, o la lectura sabrosa de Javier Ariceaga con su texto admirable El último farol, diverso es leer a Ángel María Garibay con sus investigaciones sobre los indígenas en esa tarea de cronista ejemplar pasando por los otomíes, los aztecas y los nahuas en su riqueza literaria y de lengua eterna. Leer a estos cronistas es asunto de vida. Lo es leer la crónica enamorada por Toluca y sus paisajes en las letras de José María Heredia y Heredia al visitar en 1836 las lagunas del Sol y la Luna en la punta del volcán Xinantécatl: joya de la Toluca que viene de miles de años atrás y no sólo del haber sido creada en el 640 después de nuestra era, por los olmecas. La lectura de Cosas de Toluca nos da la lección de que la ciudad y el municipio viven en una extensa red que se llama Valle de Toluca, y que más allá está un valle que le llamamos de México, y sólo sabemos de ello, cuando pasamos la muralla de la Marquesa, en el municipio de Ocoyoacac.
El cronista sin proponérselo ser, Rodolfo García G. va más allá de los límites territoriales, groseras fronteras que trazamos para definir lo que es nuestro y no puede ser del otro. Para Rodolfo no hay fronteras, así como tampoco las hubo para el invidente Jorge Luis Borges que decía con seriedad y enojo que le molestaban los nacionalismos por limitar la vocación universalista del hombre.
Bien dice el cronista nacido en Huixquilucan: De todos modos, si no podemos ufanarnos de que nuestro paisaje pueda volcar en los lienzos de los pintores, aterradoras marejadas de verdura, árboles gigantescos y exóticas floraciones; ni tampoco suelos erosionados, candentes arenas, rocas resquebrajadas y cactáceas de punzantes espinos, si debe llenarnos de honda satisfacción saber que nuestro cielo es el más claro, el más transparente y nítido del país. Amante de la tierra que pisa. Sabedor de que la patria está donde están los hijos, como decía o dice la madre del cantautor español Joan Manuel Serrat. Rodolfo es ya toluqueño por el corazón enamorado de sus tierras y sus portales. Apenado escribe: Ahora sí, después de este torpe introito, podemos intentar la descripción del paisaje de nuestra meseta del Matlatzinco, diciendo que dentro del incesante cambio de la naturaleza, son dos los colores —verde y ocre— que, por contraste, se observan en el amplio valle que atraviesa, veces bajo un largo túnel de follaje, veces a campo abierto, como cinta espejeante, el río Lerma. Estos párrafos dibujando con letras lo que era ese valle de Toluca donde los árboles que llamamos ahuhuetes llorones daban esa imagen a todo nuestro territorio que se extendía hasta Tenango del Valle por el sur, y por el norte hacia Ixtlahuaca.
Ningún lugar mejor para dominar con la vista toda la cima del Cerro del dios Tolo, pues desde allí, como si se estuviera en el Alcázar de Chapultepec, donde se puede mirar arrobados todo el valle de México, desde nuestro cerro mágico que ha visto peregrinar penas y alegrías de pobladores más allá de los 640 a.C. que señalan los historiadores del mundo indígena.
Escribe Rodolfo: En los meses del invierno, todo el valle es de ocres, algunos tendiendo a blanquecinos, y entre los ocres, sotos verdegueantes, y entre los sotos, pequeños vasos de agua, plateados como trozos de espejo. Diríase, entonces, quitando casi siempre la vegetación del primer plano, que nos encontramos frente a uno de los típicos paisajes del valle toluqueño, pintado por Velasco. Pero en el valle toluqueño no abundan, casi diríamos que no existen, los pirules, más bien, en lugar de estos árboles de tallos convulsos como manojos de serpientes, encontramos los sauces llorones, y los cedros, que, en largas hileras, seccionan en caprichosos mosaicos el árido suelo de marzo. Por qué pensamos que la crónica sólo es asunto del presente de alguna colonia popof, o de ceremonias de todo tipo hechas al vapor o en distinguidísima expresión de lo acabado en discursos y ceremoniosos actos protocolarios propios de la sociedad porfiriana de fin de siglo XIX y principios del XX. No, la crónica es todo, así lo enseña en su libro inevitable en su estudio, el cronista Rodolfo García Gutiérrez que al paso de sus páginas nos da lecciones, igual que Heredia de cómo hay que hacer la crónica de todo tipo.
Dibuja el paso de los meses: A mediados de mayo, cuando las lluvias han lavado la cara del cielo, el paisaje de la meseta matlatzinca alcanza su mayor nitidez, su más clara transparencia, en fin, su mayor hermosura. Entonces las distancias se acortan, las montañas se ven con tanta claridad, que se dijera que pueden tocarse con la mano. Los detalles, como los caminos que trepan, los claros del bosque, los roqueríos y los geométricos mecales, invisibles en otras épocas del año, cuando la calina diluye el entorno de las cosas, se ven tan claros como si estuvieran delante de los ojos. Pero todo esto es por lo que ve al cinturón de montañas que ciñe al valle; pero en lo que se refiere a éste, todo él se presenta como en un enorme mosaico de los más variados tonos del color verde.
Leyendo a Rodolfo es que se comprende que no era igual a los demás periodistas y cronistas de su tiempo. Vivía dos vidas: la real y la que imaginaba y veía sin que nadie se diera cuenta de ello. Él nació para ver en serio la realidad, la que está frente a los ojos y en un estado de conciencia llegamos a vislumbrar, y en el caso de él, yendo más allá, como el poeta que busca la cara de la Luna sin necesidad de ir a estudiar a la NASA para poder viajar como astronauta a la estratosfera. Es un enamorado de Toluca y sus alrededores, eso se comprende de leer: El cielo, imprescindible elemento del paisaje, el más transparente y hermoso de todos los del año, tiene los más hermosos tonos de color azul, intensamente azul donde el cerúleo tinte recorta el perfil de las montañas. Hace unos meses, pocos, visitó Toluca mi amigo Eduardo Villarreal de Matamoros, Tamaulipas, y me dijo esto que me sorprendió, nunca le había oído a nadie ello: Me maravilla y me gusta mucho este cielo tan transparente que tienen en Toluca, en Matamoros jamás vemos algo parecido. Me sorprendí porque pensé que no lo había visto nunca desde mi infancia, y porque en este 2022 el tema del smog es algo que sabemos sufre la ciudad y buena parte de su zona rural por culpa de la polución ambiental que hace daño a los habitantes y a nuestras cosechas de todo tipo de alimentos vegetales y animales que tenemos. Rodolfo que escribe estas líneas por allá en las décadas sesenta y setenta de la Toluca aún con una población menor a los 500 mil podía ufanarse de esos cielos que en su singularidad han de ser motivo de turismo para bien.

