¿Qué es “ver un aspecto”?
Uno de los conceptos más hetéreos, pero a la vez más profundos y más capaces de abrir nuevos caminos de comprensión y de sentido que recuerda la filosofía del S. XX, sin duda, es el de “visión de aspectos”, presente a lo largo de toda la obra de Wittgenstein, y principalmente en sus Investigaciones. Aquí, hemos revisado varias de las nociones que pueblan toda su obra: significados primarios, secundarios, gramática, forma de vida, lenguaje ordinario, etc… Y solamente hecho esto, es que la “visión o ceguera de aspectos”, puede empezar a asomar toda su fuerza. Veámoslo.
La visión de aspectos, principalmente, apunta a entender que estos, los aspectos, son dos rostros de un mismo objeto que pueden convivir perfectamente dentro del mismo referente, de la misma cosa como lugar común, pero no dentro de una imagen fija, a la que suele estar adscrita a un significado en su sentido más rigido. En dicho caso, nada más que puede haber un retrato ocioso de una sola posibilidad de aparición de algo. No es que la imagen se transforme completamente y pase a ser únicamente aquello que hemos percibido cuando un “aspecto” fulgura, o se ilumina en ella. Más bien, el aparecer de un aspecto apunta a que entendamos las maneras de ser percibida que una cosa por sí misma y así, poder apreciar las posibilidades de significación que estas pueden tener. Y por lo mismo, cómo aparece para aquellas personas que los perciben dada su forma de vida, ante las que nosotros, los filósofos, por la rigidez de nuestro lenguaje, solemos ser ajenos, llanos.
Y sin embargo, algo ha cambiado, ¿y qué es?: “¿mi impresión? ¿Mi actitud? —¿Puedo decirlo? Describo la transformación como una percepción, tal como si el objeto se hubiera transformado completamente ante mis ojos.”, dice Wittgenstein literalmente sobre esto, describiendo, indirectamente, lo que está ocurriendo en mi vida psíquica interna cuando mi mismo lenguaje y sus límites me impiden valorar por sí misma esa nueva percepción de la cosa basada en una experiencia de percepción ya no lógica, sino afectiva. Lo que cambia cuando apreciamos un aspecto, es una integración de muchos factores, tantos, que son incontables como los mismos usos y posibilidades de significación de nuestras palabras.
Lo que vemos en cada instante en que nuestra percepción regular se disloca, podríamos decir, es una integración de muchas posibilidades de fenómenos que se integran en una sola que se ilumina en ese instante. Esta es la gran diversidad de nuestros conceptos, que se forman, a su vez, en base a regularidades que se asientan en esa integración de posibilidades de “ver algo”. “Ver aspectos”, se trata de entender que el “ver cómo” es un asunto circunstancial, estético, profundo, que no pertenece a la percepción como tal; porque lo que entendemos por “percepción” en un sentido simple, puede dislocarse muy fácilmente y romper los límites conceptuales que quisiéramos ponerle. Es ahí donde empiezan nuestros enredos, nuestros problemas. Esta visión, intena “ver el mundo” de acuerdo a una determinada cosmovisión, valores, afectos o sombras que figuran de una cierta forma los fenómenos, las cosas, y que sin embargo no son privados. Pues se pueden explicitar en toda su complejidad si las descripciones son las adecuadas y quien escucha aprende a captar la flexibilidad y unicidad de la gramática afectiva en la que estos se inscriben. Nuevamente, es “una visión” con valor por sí misma, pero a la vez, tampoco es el resulado anómalo de “la visión”. Esto, claramente, sugiere además un importantísimo trasfondo ético en esta noción.
Así, el “ver continuo de un aspecto” y el “aparecer, iluminar de un aspecto”, son cosas diferentes. Uno responde a la cotidianeidad de nuestro lenguaje, y el otro a la dislocación del sentido en el que estamos acostumbrados a entender las cosas cuando nos embarga una experiencia estética llena de significado. Esto lo vemos, pues, en el hecho de que, en reconocer un rostro basado en la percepción habituada que teníamos de él, si se transformase casi por completo, aún habrían patrones a los que podríamos aferrarnos y a los que efectivamente, nos aferramos para poder ejercer en él un reconocimiento, digamos. “Veo lo mismo pero diferente”: esto muestra la manera en que el significado puede ir cambiando y matizándose dentro de mi misma gramática interna, y además, que lo que llamamos “reconocer”, también responde a una gramática propia, asentada en base a afectos y a hábitos que se puede transfomar manteniendo un orden.
Entonces, someramente, la visión de aspectos nos muestra cómo existe una posibilidad de percepción distinta en la estructura no conceptual, sino profunda de nuestro lenguaje, que efectivamente, expresa reconocimiento de rostros alternos de las cosas, y que a la vez, este reconocimiento finalmente responde a haber reccionado correctamente ante el significado secundario que uno mismo da a las cosas según cómo tiene en su interior distintos sentidos acumulados para cada situación, para cada uso. No en haber objetivado la experiencia desde conceptos más o menos rigurosos que componen nuestro lenguaje en su sentido más filosofico. Es una exclamación del reconocimiento con los propios criterios gramaticales que están en mi interior. Por eso que no es solo una declaración de “lo visto desde un concepto”, sino de haber reconocido a “lo visto desde mi gramática interior”, que es distinto, y por supuesto, algo mucho más interesante de explorar.

