¡QUÉ GENIECITO EL SUYO…!
Por lo menos una vez al año todo el mundo es un genio.
Georg Lichtenberg
Para los antiguos romanos, el genio era un dios menor, un espíritu protector asignado a cada individuo cuando nacía. Este espíritu lo protegía y acompañaba durante toda su vida influyendo en su ánimo, destino y talento, y luego, moría con él: ¡Genio y figura hasta la sepultura! ¿Te suena?
Los padres de todos los genios, eran los dioses principales de la mitología romana: Júpiter y Juno. De hecho, los junos custodiaban a las mujeres y los júpiter, a los hombres. La costumbre de agasajar a estos espíritus en cada aniversario de nacimiento, es el origen de nuestras fiestas de cumpleaños: los convidados festejaban, libaban vino, quemaban incienso, colgaban guirnaldas de flores y obsequiaban al anfitrión.
En el imaginario popular, los genios (*de la raíz latina gen: engendrar) eran los responsables del ingenium, es decir, de los rasgos innatos de alguien, los que, afirmaba el poeta Horacio, se expresaban de forma opuesta, en una misma persona, según la ocasión. El cristianismo llamó a esta dualidad, genio del bien y genio del mal, luego ángel y demonio. El arte los representaba como humanos alados, tal como a los ángeles, hoy. Asimismo, se utilizó la figura de la serpiente con cabeza de mujer para representar a los junos. La serpiente, en general, está presente en el arte y literatura universal y ha sido asociada al genio y la sabiduría. Incluso en culturas de la antigüedad (maya, inca, china, egipcia, etc.) aparecen dioses con cuerpo o rostro de serpiente, o flanqueados por ellas. La Biblia cristiana también alude a una serpiente que ofrece sabiduría a la humanidad (Adán y Eva).
Existen excepciones que podríamos considerar representaciones negativas del genio. ¿Conoces el mito nórdico de la Serpiente de Midgard? Odín la arrojó al mar por su maldad. Se cuenta que creció tanto que si se mordía la cola podría abrazar y corromper a toda la tierra: medito en el poder creador del mal y no puedo evitar estremecerme… El punto es que –serpientes o no, por medio– el genio tutelar romano está relacionado a la fuerza vital desarrollada al interior de cada uno. Una persona que destacaba por su gran capacidad creativa, era respetada y tomada como ejemplo porque el don divino de su genio inspirador, ardía en sí como las candelas en los altares que los honraban, iluminando su camino y el de los demás. Existía un culto al genio que, me atrevo a opinar, persiste en la actualidad.
La RAE tiene para la palabra Genio, diez acepciones. Una de ellas, refiere la capacidad mental extraordinaria de inventar o crear cosas nuevas o admirables.
Pero ¿Qué hace genio a un genio?
Montalvo, en su tratado Del Genio, distingue entre Tener genio para… , Ser el genio de… y Ser un genio. Y califica de abismal, la diferencia entre estos conceptos. Insiste en que “ser genio” es don rarísimo y respalda la idea de que un genio es una persona inspirada: El espíritu creador desciende sobre él, le ilumina, le posee, y ese mortal así divinizado, echa afuera torrentes de inteligencia en forma de poemas, templos, óperas, estatuas, cuadros y batallas. Juan Valera, explica: Por Genio entendemos cierto espíritu poderoso y sublime, que encarnándose en el hombre, en vez del entendimiento le dota de facultades creadoras…. Y el psicoterapeuta Kanu Jani, completa: A diferencia del talento, que se desarrolla siguiendo caminos preestablecidos y perfeccionando su técnica, o del ingenio, que resuelve problemas de modo eficaz; la genialidad llena vacíos, pone donde no hay, busca donde nadie ha buscado y encuentra lo que ha estado oculto a simple vista. El genio avanza dando saltos que abandonan esquemas y paradigmas transitados…
Viene a mi mente Leonardo, el vinciano, recorriendo las calles y observando todo, con asombro; comprando aves enjauladas en el mercado, sólo para liberarlas; dibujando rostros de gente común, a la que hacía reír hasta las carcajadas; tocando la lira como debe oírse en el paraíso; elucubrando ingenios que la tecnología de la época no podía reproducir; conectado con la naturaleza; enamorado y entregado al placer; comprometido con la belleza; fascinado con su oportunidad y vocación de crear: ¡lo que fuera!; replicando a los necios que la experimentación, exige más que repetir las palabras de otros, y con esa insaciable y bendita curiosidad que lo llevaba a preguntar a quienes sabían más que él, con humildad; anotando lo aprendido y los dictados de su mente, en el cuaderno atado a su cintura, y dejando inconcluso algún teorema geométrico porque… la sopa se enfría.
Todos somos un poco Leonardo. Walter Isaacson, uno de sus biógrafos más concienzudos, dice: …el genio de Leonardo era humano, forjado por su voluntad y ambición, y, a diferencia de Newton o Einstein, no se debía al don divino de una mente con una capacidad de procesar información que los simples mortales no entendemos. Leonardo casi no tuvo estudios y apenas sabía leer en latín o hacer divisiones complejas. Su genio era de una clase que entendemos y que nos sirve de ejemplo. Se basaba en habilidades que podemos mejorar en nosotros, como la curiosidad y unas enormes dotes de observación. Poseía una imaginación agudísima, que lindaba con la fantasía, una cualidad que podemos tratar de preservar en nosotros y disfrutar en nuestros hijos.
No era un diestro en algo. No era un genio de tal o cual cosa. Era, simplemente, un genio.
La genialidad no es sólo talento, ni sólo trabajo, es inspiración, facultad creadora y arrebato: amar y entregarse a la posibilidad de crear. Escuchen a Mozart, quien nos dejó su música maravillosa y esta frase extraordinaria: Ni una inteligencia sublime, ni una gran imaginación, ni las dos cosas juntas forman el genio… amor, eso es el alma del genio.

