¿Realmente respetamos?

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Hay una epidemia silenciosa que no aparece en los noticieros ni en los informes de salud pública: la incapacidad de respetar al otro cuando ese otro ha logrado lo que tú apenas fantaseas. 

No se trata de envidia, eso sería demasiado honesto, sino de una sofisticada forma de negación: descalificar, minimizar, ironizar, o peor aún, fingir admiración mientras se afila el cuchillo de la crítica pasivo-agresiva.

Respetar al otro no debería ser un acto extraordinario; debería ser lo mínimo indispensable para convivir en sociedad sin parecer un cavernícola con Wi-Fi. Pero claro, respetar implica reconocer que el otro existe con sus propios ideales, deseos, estilo de vida y, en casos especialmente irritantes para el mediocre, con una historia de éxitos probados. Y eso, amigo lector, duele, porque obliga a mirar hacia adentro y preguntarse: ¿qué estoy haciendo yo con mi existencia?

Todo comienza con uno mismo y no con el discurso motivacional de taza de café, sino con el incómodo ejercicio de coherencia: ¿Lo que digo coincide con lo que hago? ¿Lo que publico coincide con lo que vivo? ¿Lo que critico en otros lo practico en privado? 

La respuesta, si se responde con honestidad, suele ser un baldazo de agua fría, pero es necesaria, porque fingir para pertenecer es el deporte favorito de quienes han renunciado a ser auténticos, y vender una imagen que no somos es el equivalente emocional a pagar, con tarjeta de crédito, una vida que no podemos costear, aunque el hecho sea, de facto, tremendamente común.

La autenticidad no es una estrategia de marketing, es una postura ética, y como toda postura ética, incomoda; porque implica decir no cuando todos dicen , implica defender lo que uno cree aunque eso signifique perder seguidores, contratos o aplausos e implica, sobre todo, respetar al otro incluso cuando ese otro nos confronta con nuestras propias carencias.

Ser cuidadoso con lo que decimos no es censura, es inteligencia emocional; no todo se dice, no todo se publica, no en todo se opina. Hay una diferencia abismal entre tener derecho a hablar y tener algo valioso que decir; en tiempos donde la opinión se confunde con sabiduría (porque hay quienes se asumen dueños de la verdad), el silencio puede ser el gesto más respetuoso y revolucionario, además de una muestra de verdadera inteligencia.

Respetar al otro no significa estar de acuerdo; significa reconocer su derecho a ser, a pensar, a vivir como le plazca, especialmente si lo ha hecho con dignidad, esfuerzo y resultados. Y si esos resultados te incomodan, mejor analiza tus propios referentes y evita que eso te puede suceder; la pregunta es obligada, ¿realmente respetamos?

Así que la próxima vez que veas a alguien que vive con coherencia, que ha logrado lo que tú aún no, que defiende sus ideales sin pedir permiso, respeta. Aunque te incomode, aunque no lo entiendas, aunque te confronte; porque en ese respeto comienza tu propia transformación. 

Y si no puedes respetar, al menos guarda silencio; no por cortesía, sino por decencia.

horroreseducativos@hotmail.com