Sobre los Derechos de los niños

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“Un niño es el tesoro más grande del mundo, cuídalos con el ejemplo para que sean hombres y mujeres de bien”

 

Dentro de la vorágine que traen tras de sí los cambios en las conductas sociales derivados del aislamiento social y las pandemias de salud, la colérica realidad de una humanidad sumida en el egocentrismo surge nuevamente; las batallas que se pelean desde los distintos ángulos de los grupos elitistas que deciden la visión de las masas, es ahí donde hombres y mujeres deciden los infortunios de empoderarse para equilibrar la balanza y terminan en una polarización radical, justo ahí nos situamos en los albores del siglo XXI; llenos de experiencias pero carentes de respuestas.

Justo por la falta de cohesión social, la lucha de sexos por décadas ha imperado, la fuerza contra la razón, el corazón contra el pensamiento; luz y sombra de la sociedad, nos deja pensando en lo que hay detrás, y es que si se pretende hablar de igualdad se debe apelar a la humanidad, si pretendemos crecer como sociedad debemos observar nuestros orígenes, saber de dónde venimos nos llevará a identificar hacia donde nos dirigimos.

No debemos olvidar que la sociedad es una amalgama de personalidades, en donde mucho se habla de alcanzar nuestros logros personales, pero dejamos de atender  nuestras realidades, hagamos votos por configurar una sociedad en donde no solamente mujeres y hombres estén presentes; debemos visibilizar a la niñez, debemos encumbrar los ideales de los grupos vulnerables de la sociedad para que estos sean oídos, respetados y visibilizados, con la icónica diferencia de que estos grupos se organizan en colectivos que pueden mostrar su presencia, en cambio; la niñez es una etapa de sumisión hacia los padres en donde, en ocasiones lejos de hacer escuchar su voz esta es silenciada.

Nos encumbramos en una realidad lacerante para la sociedad, hemos emergido de nuestra naturaleza siendo niños, hemos desarrollado nuestras facultades y habilidades en esta etapa evolutiva (la niñez), nos preocupamos por brindar la protección necesaria respecto al entorno que le rodea, pero no nos preocupamos del entorno interno, de ese que se vive cotidianamente en las familias, entorno que se ha ido desdibujando con el paso de los años.

La modernidad ha tenido sus cambios significativos en la humanidad, la dinámica social se ha visto trastocada por muchos factores, el principal de ellos, la imperiosa necesidad del humano de edificarse y dominar su entorno; esta serie de cambios ha modificado el entorno básico de la sociedad: la familia, los roles históricos, han ido evolucionando, al margen de los paradigmas sociales; el papel de la mujer y el hombre en familia ha mutado para propiciar el interés personal por encima del interés grupal; los niños bajo este esquema de familias disfuncionales o preocupadas en determinados casos por una economía sólida, han transitado con titubeos en el vaivén de su educación, formación y enseñanza; es evidente que los niños en los últimos años piden ser escuchados y orientados, con el fantasma ecuánime de una un futuro esperanzador.

Razón a lo anterior, el 20 de noviembre de 1989 se adoptó un tratado internacional por la Asamblea General de las Naciones Unidas que reconoce a todas las personas menores de 18 años como sujetos de derechos, hablamos de la famosa Convención sobre los Derechos del Niño, en dicho documento se plasman las prerrogativas de la infancia y se les da un trato diferenciado a los intereses que ya de suyo tienen reconocidos en las diversas legislaciones locales los menores.

Desafortunadamente a 30 años de esta famosa “Convención” que da la facultad para proteger a los menores, el resultado es adverso, la brecha sigue latente en la procuración del menor. Evidentemente existen avances, la formación que se ha instrumentado en los centros educativos nos ha permitido voltear la mirada hacia los infantes que se encuentran integrados en una familia; pero ¿qué pasa con los menores que viven en familias desintegradas, con los menores que son aún más vulnerables en las comunidades y pueblos originarios, o bien con los que viven en situación de calle o los que viven en el abandono?

Esta Convención que ha sido ratificada por una gran mayoría de países en el mundo, faculta a los estados ratificantes para respetar y hacer cumplir sin distinción de raza, color, sexo, idioma, religión, procedencia, posición económica, creencia o condición de sus padres todos los derechos que en ella se consagran, edificando como sujeto de estos al menor, otorgándoles una condición de vulnerabilidad que los pone en el epicentro del debate; pues si bien los niños y niñas tienen derechos que deben serles respetados; en la práctica, el mal ejercicio de los mismos ha propiciado un descontrol en la forma de educación que reciben de sus padres pues, pareciera que no se les pueden establecer límites de conducta so pena de escarnio social o denuncia ante la autoridad proteccionista de dichos derechos.

El Gobierno, no puede negar en ninguno de sus tres niveles (federal, estatal y municipal) que este es un tema que requiere atención prioritaria, pues atento a esto se ha criticado la dinámica social afirmando que los delincuentes pueden llegar a serlo por la falta de atención que reciben en casa; abonemos a un campo fértil de propuestas, enderecemos el barco, visibilicemos los hechos que evidentes no se pueden negar, hoy se necesitan voces que respalden la defensa y reeducación en la atención de menores, no se trata de solapar sino de reeducar; los valores y principios deben ser encausados en todas las generaciones para entender que debemos ser armónicos, es decir; debemos contribuir a la creación de una sociedad unida y educada en responsabilidad, compromiso y libertad.

No dejemos de lado que no solo es el hecho generalista de que los derechos del niño deben ser defendidos, hay que atender los postulados que enmarcan los 54 artículos de la Convención sobre los Derechos del Niño, el sector gubernamental debe seguir buscando su perfeccionamiento, pero es la sociedad quien debe conocerlos y hacerlos cumplir partiendo de los cuatro ejes rectores:

1.- La no discriminación.

2.- El interés superior del menor

3.- El derecho a la vida, la supervivencia y el desarrollo

4.- La participación infantil

Todos ellos resumidos en una máxima de los derechos humanos, que aplicados a la infancia consisten en su reivindicación y el respeto a su dignidad por el simple hecho de ser humanos: es necesario educar desde el corazón para llegar a la mente.

Por las niñas y los niños: ¡hagamos eco y defendamos nuestra humanidad!