¿Sugar?

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Salgo del trabajo con la clara idea de encontrar una tienda porque el calor de Querétaro exige refrescarse a las dos de la tarde.

Llego a mi objetivo, bajo del auto, entro al lugar y ya con mi compra en las manos, retorno al carro. Antes de subirme, a unos metros de mi persona, observo a un joven menor de treinta años, atravesando la carretera: la ágil vista, en milésimas de segundo, me lleva a mirar cada perfecta parte de su cuerpo.

La ligereza de su playera, adorna un cuerpo definido por el ejercicio; la espalda, cuello, brazos resaltan cada uno de los músculos fornidamente dibujados.

La cintura es armónica a las nalgas tonificadas, a las piernas resaltantes de rutinas en el gym.

Dicen que la vista es natural así que, naturalmente él ya me sonreía con sus ojos y con sus labios. El encontronazo de miradas, aumentó la sonrisa complacida por ambos: fue un instante de mágico disfrute visual.

La notoria diferencia de edades, hizo más divertido el instante. Mientras pensaba que el muchacho tendría la edad de mi hijo, él me miraba juguetón, me guiñaba el ojo derecho al mismo tiempo que abría la puerta de su coche invitándome a subir.

La insinuante escena ocasionó sonreírme con mayor gusto al tiempo que movía mi cabeza en tono negativamente gracioso.

Me dirigí a mi auto, lo encendí sin dudar de mi decisión. Él esperó fuera del suyo con gesto caballero, sostuvo la puerta abierta. Me alejé del lugar, miré por el retrovisor su mano extendida en señal de despedida.

Seguí mi camino a casa, optimista, jovial, mis reflexiones detonaron en una carcajada al preguntarme, ¿Yo? ¿Sugar? – ¡Claro que no!