Teotihuacan, la Ciudad más Grande
Si la ciudad de Toluca hace que historiadores y cronistas le investiguen y escriban sobre ella, publicando resultados. Poetas como Horacio Zúñiga y Enrique Carniado y, cuentistas de la maestría de Alejandro Ariceaga, ven en ella, tema superior para expresar su sensibilidad artística. Por ello, es que se tiene una amplísima bibliografía sobre la ciudad y su municipio: sabemos que se encuentra en lo alto del altiplano mexicano: con una altura de 2660 metros a nivel del mar.
Revisar antiguas ciudades lleva a enterarse que a un poco más de cien kilómetros de la capital mexiquense, se desarrolló en otra época lo que E. Arochi señala en; Teotihuacan, la ciudad más grande de Mesoamérica. Se dice fácil, pero ello representa ante la grandeza de Tenochtitlan, muestra de inteligencia de nuestros antepasados para expresar sus fortalezas en áreas del ser humano: una sola prueba es el crecimiento demográfico que estas Ciudades alcanzan en etapa precolombina. De Teotihuacán dice Arochi que se compone de: La Pirámide del Sol; El Trébol; La pirámide de la Luna; las plazas del Sol y la Luna; La Ciudadela; el Templo de Quetzalcóatl; La Ventanilla; el reconocer que hubo presencia de zapotecas en su territorio; el rompecabezas; los materiales con que se construyeron lugares de belleza artística: por su iluminación, pintura y obsidiana. Todo ello expresa grandeza de culturas indígenas, las cuales llegan a poner en brete a conquistadores españoles: no podían comprender, cómo siendo tan pocos ellos, podían dominador culturas de cientos de miles de habitantes que caían a través de argucias y la espada.
Dice el autor: Al arribo de los españoles en el siglo XVI, Teotihuacan era parte de la vegetación, ya que sus construcciones destruidas y quemadas permanecían cubiertas por la tierra y las plantas características de la región. Fue abandonada aproximadamente 800 años antes por sus moradores, y sólo algunos subsistieron, en parte por la cría de perros, cuya carne constituía un exquisito manjar; esta costumbre hasta hace unos años todavía subsistía en el lugar”.
Costumbre que hasta nuestros tiempos ha venido siendo de la charla popular: cerca de Teotihuacan, a una decena de kilómetros se encuentra Texcoco, lugar legendario e histórico, donde la barbacoa es el plato principal de la vida cotidiana, en ella, se dice con picardía, que la misma se hace con carne de perro. Sólo es rumor, en lo personal, he comido en su mercado donde abundan sabrosos guisados y no sólo barbacoa; no he comprobado tal dicho a la fecha en la hora de comerla con tortillas calientitas, su salsa y cebolla respectiva.
A lo largo de la vida de la ciudad de Toluca, aparecen para nuestra fortuna múltiples cronistas del pasado y actuales tiempos. Igual sucede en historia y crónica de Teotihuacan y Texcoco. En el caso de la Ciudad más Grande de América del siglo XVI, dice Luis E.: Bernardo Ribeira, de la orden de San Francisco, quien llegó a suelo mexicano diez años después de Hernán Cortés, vivió 61 años cerca de ese lugar, hasta que le sorprendió la muerte.
Durante ese lapso aprendió náhuatl y estuvo en contacto directo con los hablantes de esa lengua, lo que le permitió escribir su Historia general de las cosas de la Nueva España; Ribeira —conocido como Bernardino de Sahagún— se refirió en su obra a Teotihuacan como un pueblo donde se elegían a los que habían de regir a los demás, por lo cual se llamó Teotihuacan, que quiere decir Ueitiuacan, lugar donde hacían señores. También escribe Y se llamó Teotihuacan, el pueblo de Teotl, que es dios, porque los señores que allí se enterraban después de muertos los canonizaban por dioses y que no se morían, sino que despertaban de su sueño en que habían vivido; por lo que decían los antiguos que cuando morían los hombres no perecían, sino que de nuevo comenzaban a vivir casi despertando de un sueño, y se volvían espíritus o dioses.
Nuestro amado Bernardino de Sahagún, quien en sus lecturas nos habla de la grandeza de esa cultura, la dominante cultura de Nahuatlacos, quienes siguen vigentes en el Valle de México en diversidad de esa lengua: rica en contenidos y visiones de lo que existe y de lo que no se ve, pero igual se siente que está presente. Tanto que aprender de nuestro pasado a partir del Aleph: ciudad y municipio de Toluca. Incógnitas que son motivo de investigación, para dar lugar que merece por justicia a Matlatzincas, Otomíes, Mazahuas y los Nahuas. Hay que repetir tales nombres hasta el cansancio, pues dieron lugar a este territorio y no sólo al centro de la población, sino en territorio de lo que es Valle de Toluca.
A partir de ese microcosmos, es que el Aleph llamado Toluca, propone la relación con el macrocosmos de Grandes Ciudades del México Prehispánico. Riqueza de la investigación nos da el panorama general del mundo, cuya riqueza aún no hemos descubierto en su totalidad. Descubrimientos del Templo Mayor en arqueológica y esculturas de piedra o vasijas de formas y estilos diversos: muestran lo que por siglos estuvo bajo tierra por la destrucción española en Tenochtitlan: sólo por crónicas de españoles y tlacuilos indígenas podemos saber o por investigación arqueológica. Cuenta Arochi: Si bien su nombre original de la zona se ignora, en el siglo XVI se identificaba al lugar como Teotihuacan —Ciudad de los Dioses— que “evoca al concepto de la divinidad humana y señala que la Ciudad de los Dioses no era otra cosa que el sitio donde la serpiente aprendía milagrosamente a volar; es decir, donde el individuo alcanza la categoría de ser celeste por la elevación interior. Quinto Sol y Quetzalcóatl son en centro de Mesoamérica, temas recurrentes como prueba de que la religión es materia prima, por la cual se forman pueblos y culturas sólidas, difíciles de conquistar o de dejarse avasallar.
Lugar mágico e creativo, esplendoroso, por su inimaginable grandeza. Escribe el autor: Es en Teotihuacan donde Quetzalcóatl inicia un gran ciclo cronológico, el llamado Quinto Sol, naollin —cuatro movimiento—, que Sahagún y otros autores del siglo XVI y XVII consignan en sus textos. En la Leyenda de los Soles se escribe: este ya es de nosotros, de los que hoy vivimos. Esta es su señal, la que aquí está, porque cayó en el fuego el Sol en el horno divino de Teotihuacan. Fue el mismo Sol de Topiltzin (nuestro hijo) de Tollan, de Quetzal cóhuatl. Antes de ser este Sol, fue su nombre Nanáhuatl que era de Temoanchan.
Es el siglo pasado el que viene a dar fuerte impulso a su descubrimiento, después de que extranjeros de la talla de Alexander von Humboldt en 1803 le visitara; que el Emperador Maximiliano de Habsburgo creara una comisión para investigarle en 1864, con el nombre de Comisión Científica de Pachuca. Exploró la zona arqueológica, levantó un plano e intentó encontrar la unidad de medida empleada en las construcciones. Destaca, dice Arochi: Desiré Charnay —francés residente en Norteamérica— no solamente exploró la zona, sino que también en 1885, realizó excavaciones. Recorrer la grandeza de Teotihuacan, hacerlo desde las alturas de la Pirámide del Sol, es una experiencia que hay que vivir.
Cito a dos estudiosos que se recuerdan con cariño y admiración pues son los que participan en el siglo XX. Cuenta Luis: La actual fisonomía de Totihuacan se inició oficialmente el 20 de marzo de 1905 (en coincidencia con el equinoccio de primavera), día simbólico para comenzar los trabajos de la zona arqueológica. La Secretaría de la Instrucción Pública y Bellas Artes encomendó a Leopoldo Bartres la ejecución de los mismos, considerándola “difícil y oscura investigación. Ha de ser otro mexicano que nos llena de orgullo, cita Arochi: Con Manuel Gamio —quien cursó sus estudios en la Universidad de Columbia— se reanudaron las excavaciones seis años después con técnicas más depuradas. Las zonas arqueológicas de México eran ya más conocidas en el ámbito internacional. México país de raíces ancestrales que es uno y varios pueblos y culturas a la vez.

