¡Tráiganme a un Cabrón! fragmento Tercera y Última Parte
Y vaya que lo iba a hacer. Ciprian al hurgar de nuevo por la ventanilla del taxi se solazó viendo las callecitas escondidas que como angostas, delgadas venas, confluían en la vena aorta, la arteria principal de Madrid; La Gran Vía. No había tiempo para que los ojos abarcaran el total, restaurantes, teatros, casas de departamentos, y en un cuadrilátero de verdura y tiestos de flores, sobresaliendo entre cubos de follaje, un jardincillo ideal para echar beso con la novia pensó Ciprián.
Atravesando una bella plaza vio una especie de castillo de siete pisos. No tuvo tiempo de mirarlo completamente porque el chofer del taxi le avisó.
– Servido este en el Palace.
Como que me pasé de lujo, pensó Ciprián para luego preguntar al taxista lo que debía.
– Veinte pesetas.
Al acercarse a la entrada del hotel, Ciprián piensa que se me hace que es sólo para príncipes, pero con dinero baila el perro. Junto a la puerta principal dos elegantes porteros vestidos de oro y grana le abren la enorme puerta de cristal. Entra al hall y se queda cinco segundos viendo en las alturas una inigualable cúpula de cristal, auténtica joya del art noveau. Al caminar hacia la administración vio que el hall tenía un nombre: La Rotonda.
Llegó a la administración y mientras lo atienden piensa en lo que le dijo Don Antonio: Ponte abusado porque en ese hotelazo se han hospedado figuras como Robert de Niro, Sofía Loren, y Rudolph Nureyev… ¿y yo Ciprián, que? ja, ja, ¿si eh?
Ciprián tornó a ver la cúpula de cristal cuando la aterciopelada voz de la jefa de administración lo desarmó:
– Dígame, ¿Tiene reservación?
– No.
– ¿Suite de lujo o cuarto normal?
– Normal.
– ¿Cuántas noches?
– Cuatro. Le pago de una vez.
La hermosa administradora sonriendo miró con más atención a Ciprián.
– ¿Mexicano?
– Sí, y con muchas ganas de divertirme.
– Y aquí lo va a lograr, se lo aseguro. Tiene el cuarto 208 en el segundo piso… tiene una vista muy hermosa. Usted lo verá. Feliz estancia.
– Gracias.
Recibió la llave del cuarto y el botones lo llevó al dorado elevador antiguo. Como jaula de gorriones lo comparó Ciprián al sentirse encerrado. Paró el elevador, el botones pidió la llave, abrió y un soberbio cuarto, amueblado con exquisito gusto y con jacuzzi al fondo apareció. El botones abrió las cerradas cortinas color de rosa y le mostró a Ciprián:
– Mire, da al Monasterio de los Jerónimos.
Ciprián se acercó a la ventana y lo que más le gustó fue el jardincillo que estaba enfrente, la gente, el puesto de revistas, la especie de kiosko que se veía al fondo. Ciprián le dio 10 pesetas al botones, cerró con seguro y gozó el lujo a sus anchas. No faltaba nada; teléfono, enorme pantalla de TV, mesa de trabajo, recibidor, el lujoso WC y en el fondo del ala derecha, la recámara.
Tomó su maleta, la abrió y desparramó sobre la cama lo que todo fiel turista carga: calzoncillos, rastrillo, pantalones de vestir… luego se desabrochó las cintas de los zapatos se quitó los calcetines y se desnudó. Se metió a ducharse y ya dentro de la cortina de agua tibia ensayó a cantar Ella de José Alfredo Jiménez… me cansé de rogarle, me cansé de decirle que yo sin ella de peeena muerooooo…
Al rato, vestido con una tropical camisa de manga corta floreada, un pantalón vaquero azul, en una de cuyas bolsas estaba la cartera llena de dinero y unos cómodos tenis Jordan, Ciprián procedió a comprar en un estante del hotel un mapa completo de Madrid.
Regresó al hotel para…Cuando un botones lo paró en seco… ¿Señor Ciprián Mendoza?
– Sí.
– Tiene llamada telefónica.
Ciprián entonces sabía que tenía que tomar un urgente vuelo de regreso.
– ¡Vente! –Le urgió Héctor. – Don Antonio murió apenas.
Y toda la operación para retornar a Peña y Coladerón –suerte de cabrones– de pronto, se vino abajo.
FIN

