VIERNES SANTO

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Antes, en coloridos programas que se pegaban a la entrada del templo ocupaba el centro de atención el sacerdote orador al que le tocaban las siete palabras.

A veces eran tan intensas las palabras que muchas damas de negro lloraban al escuchar los martillazos que oradaban manos y pies del Salvador del mundo.

Para los niños era un calvario la arenga del orador en turno y al terminar el buñuelo de premio nos sabía a gloria.

En un polémico ritual que hoy atrae a mucha gente, antes sólo se llevaba a cabo en algunos pueblos aledaños a la ciudad capital. Era la escenificación de la Pasión de Cristo. Que por cierto ya era de fama nacional la de Iztapalapa.

Con pequeñas variantes hoy es casi lo mismo: gente del pueblo rememora la tragedia del Gólgota, a muy a su manera, con su muy peculiar sabor.

Un Cristo del Pueblo viene arrastrando el pesado madero. Su parecido con el Salvador del Mundo, que los pintores occidentales han estereotipado, necesita mucha imaginación del espectador para cambiarlo a negro o moreno. En la representación, el Cristo rubio es trocado por un espécimen auténticamente de la raza. El sacrificio al cargar la cruz es enorme. Un feroz sayón moreno lo golpea con una reata. Quién sabe que rencillas atrasadas les saben a ambos, porque alguien del pueblo conmina al sayón: ¡Dale de a de veras Tasio, acuérdate del otro día!

Más atrás viene el cortejo doloroso. Una joven bien parecida con un hábito blanquiazul trata de parecer inundada de una infinita pena. Cuentan que una vez en un caminar por otra vía dolorosa de otro pueblo, un ex novio al ver a quién representaba a la Virgen, exclamó no tan bajo: ¡mira, mira, mira! ¡Quién te viera!

En las calles por donde pasa el cortejo se establece el comercio ambulante: frutas, raspados, garnachas, nieve, refrescos y hasta curiosidades típicas del lugar. De pronto un soldado romano marcha a paso marcial, deja un momento su labor, se quita el casco ya bien sudado y se acerca a quién vende los raspados: dame uno de tamarindo. Lo bebe en un santiamén y al colocarse el casco le dice al vendedor el clarísimo español: luego te pago, ya sabes dónde.

Se dirige la procesión al Monte Calvario: en medio, los actores de la representación y a los lados todo el pueblo. Un polvaderón se levanta mientras un magnavoz con voz monótona repite citas bíblicas. el calorón, el polvo, las jícamas y los pepinos con chile… el gentío; unos con devoción y otros no tanto, pero el que más sufre es el joven Cristo que a duras penas puede con su cruz. Dimas, buen ladrón, pero mal actor, no puede esconder una sonrisilla cuando de un grupo de mozalbetes que rodean un poste, alguien lo llama por su apodo.

Al final se crucifica al Nazareno. Algunas veces este acto es tan real que el que representa a Cristo es bajado medio muerto de la cruz. El cuadro plástico final, se pierde en la lejanía entre la polvadera de espectadores y autos que ya regresan.

Antes, no había procesión del silencio y hoy subidos en el KIA 2026 y retornando, ya se comenta que hay que estar presentes en el espectáculo nocturno de la procesión del Silencio que se escenifica en la ciudad capital.

Impresionante. Como una reminiscencia española, todo un enorme conglomerado humano realiza la Procesión del Silencio. Miles de encapuchados, damas pías con un farol, tristísimos toques de tambor que rompiendo el profundo silencio, impactan. De trecho en trecho pasan pesadísimos Cristos de todas las parroquias, que cargan  estoicos feligreses.

Viernes Santo en la noche en que Toluca compite con San Luis Potosí y Puebla por la extrema beatitud. Pies descalzos que caminando lentamente besan el frío pavimento, un auto parlante que inunda las calles céntricas hablando sobre el sacrificio del Hijo del Hombre, y cientos de rendijas que entre las capuchas triangulares  relampaguean con miradas misteriosas.

Hoy, en otro ámbito espacial y en esa playa de moda otro conglomerado humano perteneciente a la misma fe religiosa, en la mañana ya se tostó al sol y correteó alegremente antes de caer en la frescura del mar. Y ahora en la noche a carcajada batiente esa multitud desaforada en este Viernes Santo baila al ritmo de esa guapachosa orquesta una alegre cumbia y en el infantable “perreo”.

Y así terminan, unidas en tiempo y espacio las Semanas Santas de ayer y hoy.