POETA PRONTUARIADO
Como en una escena de película de Pedro Almodóvar, lo conocí. Alguien me
habló de él en un balcón, y no creí en lo absoluto lo que me estaba contando.
Esos seres no existen, pensé para mí. Alguien fumaba votando vapor de un
aparato ovoide color azul. Alguien, desde su apabullante belleza árabe y con el
desdén de una pequeña Diosa anónima, se reía con sus ojos danzantes. Mi
curiosidad nunca se diluyó, pero a veces los verdaderos pretextos, son
productivos, así que me dediqué a buscar el momento, pero el momento llegó a
mí. Como en un acto de magia tenía entre mis ojos virtuales una obra escrita
por Él.
La devoré en una hora y cuarto. Entré en schock. Alguién, tenía razón. Tenía
que conocer a ese joven dramaturgo que había perpetrado una obra maestra.
La obra es descarnada como el catalán Sergi Belbel, con un tufo existencialista
que pone la piel de gallina, como Sartre en su momento.
También estaba Jean Cocteau y muchos más, pero en la manera de sentir y de
mirar, porque evidentemente, la obra, tiene el prodigio de los parlamentos
inclasificables con voz propia, que paradójicamente no se parecen a nada, lo
que hace que la originalidad esté en cada sílaba. La obra me turbó, y tenía la
sensación de haber vuelto a los quince años, edad en la que debí quedarme.
El pretexto era perfecto. Una entrevista. Lo cité y aceptó. El lugar que elegí era
digno de la película Reservoir Dogs, de Quentin Tarantino, ignorando por qué
lo llevé allí y no a otro lugar más amable, en fin, tarea para Sigmund Freud en
los saltos del tiempo.
Más puntual que un reloj virgen llegó. Él, estaba enfundado en blue jean y polo,
pero lo llevaba como si fuera un smoking. No grabé la conversación, sólo tomé
notas que ahora no las entiendo. No me preocupa. Me aterra, la posibilidad de
no dar la talla en este texto. Pero me salva obviamente, el tener clarísima la
sustancia de Él.
Hablamos de Literatura y de su vida. Intercambio de confesiones. Impublicable.
Y aquí viene la sustancia.
¿A quién le importa la existencia de un joven dramaturgo? Quizá a los
marginales, a los cronopios, a los que sufren, a los lúcidos desde la cuna, a los
que todavía no saben qué hacer con su vida, si es que hay algo que hacer.
Pero lo trascendente es la obra, y no la persona, pero él es la obra también.
Tiene la mente abierta sin ángulos. Nada le es indiferente. Riguroso en sus
tareas, enamorándose cada cinco minutos, como si la mente o el corazón o los
dos fueran a estallar. Acepta que está loco, pero con la segunda piel para
pasar desapercibido en sociedad.
Probablemente haya fracasado en mi afán descriptivo en esta entrega, pero no
importa. Me basta que alguien se mueva, a cualquier nivel. Finalmente, algunos
propósitos u objetivos de la vieja escuela periodística están desapareciendo.
Él, está convencido que la locura debe dar frutos, pero yo no quiero que acabe
como Antonin Artaud, porque apenas tiene 18 años y le apasiona todo, es
decir, la vida. Sabe leer a la gente. Ama a César Vallejo. Hace lo que le da la
gana. Y como buen atormentado le tiene mucho respeto al dolor, y odia las
malas intenciones.
Queda mucho en el tintero. Y esto apenas, es un homenaje a la existencia de
este ser, a quien conocí, por el puente que me lanzó Alguien.
Él y Alguien son una misma persona, como siameses, pero separados.
Él se llama Stefano Bragagni. Es de carne y hueso, y respira, y esto no es un
panegírico.
También es poeta, y vive como tal. Es decir, nació prontuariado, y azul.

