Sucesos de guerra en tierra Mexiquense
Marta Baranda y Elia García Verástegui, investigadoras del Instituto José María Luis Mora nos cuentan En esta zona, las huestes insurgentes representaron una constante amenaza a lo largo de los años de lucha. Para la gente que vivía en el territorio de la Intendencia de México, la señal de la insurrección de independencia fue singularmente espectacular; bajando la sierra que divide México de Michoacán apareció entre El Oro y Temascalcingo una muchedumbre tremenda, como nunca se había visto. Eran como 60,000 gentes de Guanajuato y Michoacán que mal armadas con palos y machetes gritaban la independencia del país, aunque también vitoreaban al rey de España, querían acabar con los gachupines y al mismo tiempo aclamaban la religión y a la virgen de Guadalupe. Al frente de todos ellos venía el cura don Miguel Hidalgo y Costilla. Era el 27 de octubre de 1810, tiempo en que los campos del altiplano se hallan todavía cubiertos de verdor y esperanza. No podemos comprender tales movilizaciones en el México posrevolucionario, pues nuestro país ha gozado de cierta paz social, nada comparado con la Primera y Segunda Guerra Mundial de Europa, o las revoluciones que a partir de 1917 en Rusia se extendió por múltiples países en la Europa del Este, en Asia en países como China, Vietnam, Corea del Norte y la herida abierta que es el continente africano que no termina por alcanzar un mundo de civilidad y pacificación para su bien estar en este planeta de dolor y amargura para ellos.
México tuvo su siglo XIX violento hasta que en las últimas dos décadas le cayó la dictadura y lo puso en paz con violencia y punta de bayoneta. Pero en los prolegómenos de la lucha por la Independencia la movilización, igual que en la revolución de 1910 fue un suceso de repercusión mundial. Por eso cuentan Marta y Lía: A esta muchedumbre tremenda que conformaba el ejército insurgente, se unió un vasto grupo de campesinos y trabajadores de minas habitantes de la Intendencia de México, especialmente de la región sur. En aumento continuo, pasaron por San Felipe Obraje y luego por Ixtlahuaca, hasta llegar a la ciudad de Toluca el 28 de octubre. Venían del occidente, tierra de fervor y fiebre por alcanzar justicia social.
Aprender en cabeza ajena nos debería de dar lecciones, para que no se repitan las mismas situaciones de aquellos que mandan con soberbia y ajenos o de espaldas a sus pueblos. La historia se repite en aquellos que, por ignorancia, creen que están inventando las reglas de la ciencia política, y éstas ya están ahí, en todas las enseñanzas de la historia humana para hacer entender a los pocos, que cuando el pueblo se rebela es porque debe ser la hora de atender sus llamados. Seguir los sucesos en los estudios de Marta y Lía es aprender de manera sencilla y lógica los sucesos. Al día siguiente salieron rumbo a la capital. Los campesinos de Metepec, Atenco y Santiago Tianguistenco no sólo presenciaron la marcha de aquellas multitudes, sino que se unieron a ellas en buena medida y de modo que al llegar cerca del monte de las Cruces alcanzaron la cifra de 80,000 almas. Las conflagraciones son de este tipo. Nadie cree que los pueblos se unan para derrumbar a las dictaduras o los imperios. Cuando esto sucede, entonces se esconden en su bunker como hizo Adolf Hitler. Así se escondían en ciudad de México, capital de la Nueva España los que por siglos habían realizado un genocidio en contra de los indígenas, y habían explotado a los pobladores sin ninguna medida. La guerra de las muchedumbres era resultado de la esclavitud que los encomenderos habían practicado sobre los originarios de este país que alguna vez habría de nombrarse para siempre México.
La respuesta de los realistas estaba ahí, con crueldad que habrían de desatar contra los insurgentes durante 11 años, así que para el 28 ó 29 de octubre de 1810 cuentan las historiadoras: Por su parte, el destacamento de Trujillo salió de Toluca y se fortificó en el puente del río Matlalcingo para esperar a Hidalgo, quien marchaba para Santiago Tianguistenco por el camino de la hacienda de Atenco. Cómo comprender esos tiempos, si tenemos casi un siglo sin saber de tales movilizaciones porque hemos tenido el privilegio de vivir en un país donde los golpes de Estado, las asonadas o las revueltas contra los gobiernos nacionales o estatales son cosa olvidada. Esta reflexión nos debe hacer valorar lo mucho que hemos tenido para convertir a México en una verdadera democracia.
Cuentan en su libro las autoras: Informado Trujillo, se fue para Amomolulco suponiendo encontrar a Hidalgo, pero el ejército insurgente pasó por el pueblo de Atlapulco hasta salir a las faldas del monte de las Cruces. Éste forma una meseta que dominaba en línea recta un gran pedazo del camino real. Allí se dio la célebre batalla del monte de las Cruces, finalmente ganada por el ejército insurgente, entre cuyas filas destacaba Allende, Abasolo, Aldama y Jiménez. Tiempos de héroes y tiempos de tomar decisiones históricas. Hoy, seguimos sin comprender el porqué Miguel Hidalgo no decidió el golpe final yendo hacia la ciudad de México. Son las incógnitas en la historia de los hombres que dejan perplejos a quienes participan, y más aún, a quienes tratamos de adivinar qué cosa en realidad sucedió. Lo cierto es que después de eso la suerte de don Miguel cambió y se vinieron encima las derrotas de un ejército popular que hasta la batalla del monte de las Cruces había entrado con entusiasmo y sin medir el peligro de la muerte, con el fin de alcanzar la capital del virreinato para hacerles saber que el pueblo también contaba en los sucesos de un territorio dominado por casi 3 siglos de sojuzgamiento.
Un solo párrafo de las investigadoras nos recuerda esos momentos: Esta victoria abrió a los insurgentes las puertas de la capital, pero cuando Hidalgo llegó a Cuajimalpa, determinó dar marcha atrás, argumentando que no tenía parque ni artillería suficiente para tomar la ciudad, y que en caso de lograrlo no podría defenderla. Entonces partió rumbo a Querétaro, y en las inmediaciones de Aculco se topó con el ejército realista al mando del brigadier Calleja, por quien fue derrotado el 7 de noviembre. Dolorosa es la vida cuando se toman las decisiones y el tiempo se le vendría encima al Padre de la Patria cuando se divide el ejército insurgente, pues una parte de va con él, rumbo a Celaya y otra se van con Allende rumbo a Guanajuato.
La lucha en los siguientes años mucho tiene que ver con los liderazgos regionales que no bajaron la guardia a pesar de saber más adelante del fusilamiento de Hidalgo junto a sus principales correligionarios: Allende, Aldama y Jiménez, cuyas cabezas fueron colgadas en la Alhóndiga de Granaditas en la ciudad de Guanajuato para dar dura lección a todos aquellos que quisieran seguir con el levantamiento insurgente. Nada arredró a los caudillos regionales, de ello cuentan Marta y Lía: En la Intendencia de México surgieron destacamentos de guerrilleros en varios lugares, al mando de los caudillos locales. Al sur del actual estado de Hidalgo, por ejemplo, se levantaron en armas los campesinos Miguel Sánchez y Julían Chito Villagrán… [destacada para tierra mexiquense lo fue]… Por su parte, Pedro Ascencio de Alquisiras, pues mantuvo la guerrilla hasta 1821 en la región de Cuernavaca. Organizando admirablemente sus partidas, haciendo que habitantes de varios pueblos fueran simultáneamente soldados y campesinos que cabalgando a lomos de mula caían como rayo sobre el enemigo por entre senderos abruptos y con la misma presteza desaparecían. La memoria por el insurgente Pedro Ascencio de Alquisiras es uno de los personajes más puros de la Independencia en la entidad.

