La-lo-cu-ra

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Las Naves de Locos eran mecanismos para liberarse de las personas deambulantes o que perturbaban a la sociedad durante el Renacimiento, lo documenta M. Focault en su libro sobre la locura, eran incómodos pasajeros que llegaban a otra ciudad inocente donde se les esperaba en nuevos edificios destinados para albergarlos y de esta manera evitar el vagabundeo en las ciudades civilizadas.

Así empezó la concentración y colección de locos, así comienza ese famoso libro que ha nutrido ensayos médicos y literarios; pero volvamos a aquellos navíos cargados de mentes extraviadas como símbolo del que busca escapar o ser expulsado por no contar con mejor cabeza, una vez sucedido el viaje, las ciudades se libraban de la presencia de los indeseables.

La partida de un loco despierta mucha expectativa, prohibidos de sitios públicos como las iglesias, las plazas, pues son de carácter impuro. Herederos de esa peculiaridad, los necios, los raros, por ende, los artistas, ocuparán el centro de atención de las sátiras y de ahí a la unión del Arte con el Amor. Así que el enamorado y el herido de amor también caen en la categoría de locos. Y como el loco muere siempre, eliminado en la trilogía, sobrevive el clásico Amor-Muerte.

Bueno, eso era hace muchos siglos, ahora, la locura es diferente, es más accesible,  loco, aquel que se anticipa al futuro o aquel que se queda perdido en el pasado, el Encomio de la Locura se ha transformado en una serie de reglas a romper: sea libre, no trabaje (y sea millonario), entréguese a los excesos, pero viva una vida saludable con un cuerpo fibroso y eterno. Y por sobre todas las cosas, ame y que le amen.

Cuentan que por amor se comenten las peores locuras, aunque las monumentales locuras se comenten porque sí, por la misma locura que llega un día y se presenta en silencio, injerencia de lo divino, abordando al sujeto en cuestión, Alonso Quijano, Hölderlin, Yo, , cualquiera.