La suavidad imposible del lirio
María Macaya Martén (San José, Costa Rica, 1991). Su primer libro de poesía, Viento inmóvil, recibe Mención Especial del Jurado en el Certamen de Poesía 2019 de la Editorial de la Universidad de Costa Rica, y se edita a finales del 2020. Ha publicado de forma virtual en diferentes revistas literarias, y participado en varios festivales internacionales, tanto virtuales como presenciales. Dentro de ellos el V Festival de Los Confines en Honduras, durante el 2021, y el III Festival Internacional de Turrialba en Costa Rica, durante el 2022. Actualmente, colabora con Revista Cardenal de México. Es máster en Literatura Comparada de la Universidad de Oxford, en Inglaterra. Se especializó en poesía, en el simbolismo francés y el modernismo hispanoamericano. Sacó el Bachillerato, también en Literatura Comparada, en Middlebury College, Vermont, Estados Unidos.

SELECCIÓN DE POEMAS
Viento inmóvil
El cuerpo parece una momia.
Está tapado por sábanas como cordillera blanca
que es monstruosa columna vertebral,
a lo largo de un país
hecho exclusivamente
de nieve y viento.
Pero este robusto monumento a los occisos
no es más que el soplo de un segundo flojo,
a las once y cincuenta y nueve,
en una cama de hospital.
Un juego de toallas enrolladas le sostienen la cabeza y le cierran la quijada.
No hay diferencia entre la tela de las mejillas y la palidez de los paños.
El rostro es desierto y helado como cráter en la piel de la luna,
los párpados, compuertas selladas por los siglos, definitivas.
No sé qué función tienen las toallas;
tal vez impedir que la cabeza se vuelque
hacia un lado,
como florero de porcelana lleno
que bota el viento en tarde soleada
y se rompe en pedazos y polvo de colores.
Es decir,
evitar que se rieguen
los sesos.
Cuando un árbol grande
se desploma en medio del bosque
queda en quietud obsoleta,
sumido en la vibración y el estruendo
de la caída dentro de sí.
Un cadáver yace solo.
Los vivos se van y no se inmuta.
Permanece;
como viento inmóvil,
hasta no más.
Viento inmóvil (Editorial Universidad de Costa Rica, 2020)
Siesta a media tarde
¿Será posible vivir segura
en el valle entre tus piernas?
¿Al borde de tus precipicios y cerros,
acurrucada a la sombra
del derrumbe?
Con la nariz sumergida en el
mar de tu camiseta verde,
volvemos a tener quince años,
y nos damos besos subacuáticos
con ropa en la piscina
a media noche,
porque perdiste un reto.
¡Cómo cambian las cosas
y perduran!
¡Cómo te culpo
y viceversa!
Nuestros reclamos
enardecidos entre besos.
Con pestañas largas
herméticas como almejas
y manos arrojadas al borde
de las sábanas como anémonas,
tu aliento me susurra
que hoy eres un hombre.
Te has convertido en algo
que no comprendo.
La imposible
suavidad del lirio
sobrevive solamente
en la punta de la lengua.
Para mí es más que suficiente.
O eso espero.
Porque aún peor,
permanezco paralizada
en lo más alto del abismo
entre tus dedos,
cataratas de mi cintura.
Entre una y otra,
la que amaste tanto
hace tiempo,
y la que no puede evitar
despertar adolorida
sobre el callo de la mañana.
Nos debemos una disculpa
por endurecernos
tras la trinchera
de los años
y una felicitación
por sobrevivir
el uno al otro.
O aún mejor,
al imprevisto trajín
de un destino
impetuoso.
Viento inmóvil (Editorial Universidad de Costa Rica, 2020)
Llovizna
El silencio se pasea desnudo por el cuarto.
Trato de escribir, pero te pienso.
De un cúmulo de anhelos
se va formando el poema.
Tus rosas cabizbajas
no se mueven,
el agua está turbia.
Los libros de poesía
abiertos en el sofá
quieren verte a los ojos.
Hay demasiadas sillas vacías
pero hoy no me importa
el desorden de las cosas.
El trance de la nevera
comienza a sonar como tu voz.
Las ventanas permanecen cerradas,
aquí no cabe el viento.
Crepitas en el iris
recorres mis vertebras.
Tus dedos rozan mis labios
tu respiración pausa en el cuello.
Mis piernas se abren,
a ver si logran acortar
la distancia.
Saco la lengua y su pistilo te llama.
Mis pechos buscan tus manos,
replican su textura
en su relieve de ciruelas.
Las flores palpitan
te estamos esperando.
Hasta que suena el teléfono
y la tarde se quiebra.
Enunciación
A Ricardo Plata
Un nombre ensaya tomar cuerpo,
pero es éter, se evapora.
Sus rumores no se encuentran
y no alcanzan a emplumarse.
Aquí, en el terreno de lo mundano,
yo creo escuchar vocecillas y súplicas.
Las llamo,
¡Me corresponden!
Son frenesí de luciérnagas
lamiéndome los tímpanos.
Solo yo percibo su sinfonía
caóticamente hermosa.
Vislumbro la fragancia del deseo,
el paraíso se vuelve plástico
bajo mis uñas.
¡Lo toco, lo rasgo, lo pierdo!
Persisto enloquecida.
Después de múltiples intentos
con ojos celestes y turbios
llego a sujetar todas tus notas.
Tu nombre, embrión de ave,
cae de mi boca y me deja
su placenta entre los dientes.
Ya no tiene nada que ver conmigo
surcará peñascos y paisajes.
Descanso
porque finalmente existo
en el mismo mundo
que tu nombre habita.
Fantasma
Te oigo colado
en las notas amarillas
del cardenal en mi esternón.
Me encuentro este amor,
que me diste durante
tantas noches sin parar,
en depósitos de mi cuerpo.
No me da sed,
será por mi anatomía
de dromedario.
Tus caricias
emanan de mi piel,
su fuente original,
y me tejen un capullo
que me encierra.
No te extraño
cuando te tengo a la par,
sombrío holograma.
Pero hay algo perverso
en tu presencia,
estás violando mi privacidad.
Como si te hubiera echado
y te hubieras ido
en convincente pantomima.
Pero solo tu cuerpo se marchó.
Me siento profundamente engañada.
Por favor consuélame
en el frío de estos brazos
de fantasma.
inédito
Gran manzana mordida
La aurora llega y nadie la recibe en su boca
porque allí no hay mañana ni esperanza posible.
Federico García Lorca
I
No toques ese pedazo de plástico,
¡No lo toques!
Espejo estéril.
No lo acaricies
con la yema
de los dedos.
No cedas.
No lo palpes con morbo
no chupes con las manos
sus íconos, confites
de colores.
¡No lo hagas!
Porque ese pedazo de plástico,
con hipnótica luz azul
y analgésico mental
te doblega
cuando promete
consolarte,
porque no tiene
lo que estás
buscando.
II
Con pérfido dispositivo
Mefistófeles te bebe
por los dedos
y los globos oculares.
Cerebro de estereofón,
tu luz ahora habita
el celular.
Nadie te agradece
por haber llevado a cabo
el trámite.
Un cadáver yace
como una cuita
en el sofá.
Arriba una hostia,
vibrante y luminosa
notificación.
pero nadie la recibe en su boca.

