+Marcela González Salas dio un mal paso en la Legislatura, pero se dio un levantón; en Auschwitz no había Prozac

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La frase

En Perú una denuncia del diario El Comercio, tiró al presidente Martín Vizcarra. En México, una denuncia contra Pío, es exhonerada.

HAY DIFERENCIAS

 

¿Caída o tropiezo? En la Cámara local durante el desglose del tercer informe de gobierno de Alfredo del Mazo Maza, compareció Marcela González Salas y Petricioli, el pasado viernes 6 de noviembre, ante la LX Legislatura del Estado de México, en donde ocurrió un hecho para tomarse en cuenta. Después de rendir la protesta de decir verdad ante los diputados sobre las acciones de trascendencia al frente de la Secretaría de Cultura y Turismo, al dirigirse al estrado para hacer uso de la palabra antes de llegar a él, se tropezó, con la caída respectiva, que hizo pensar que algo podría haberle sucedido.

No se supo bien a bien, si dio un mal paso o alguien le movió algún cable. Sin embargo se levantó, sin haber soltado los papeles de su informe y antes de hacer iniciar su discurso dijo: Estoy bien, siempre me ocurre, creo que mis papás me hicieron de boligoma.

A cualquiera podría habérsele ocurrido que esta situación habría propiciado o ser el origen de un traspié en la política y sus acciones al frente de la Secretaría, pero fue todo lo contrario, sacó la casta y el aplomo para explicar –con detalles finos– lo que  realiza para ilustrar a los diputados –sobre todo a los morenistas– que están contra  todos y en contra de todo, cuando se es funcionario de un gobierno priista como el que encabeza Del Mazo Maza.

Al sucederse las preguntas-discursos de los diputados interrogadores, que todo ven mal, que piden más acciones contundentes, pero que  hacen caso omiso de la pandemia que afecta al país y al Edomex, ya que no es una isla a la que no le hayan llegado las acciones de muerte del Covid-19, y si a eso le agregamos la reducción que siempre hacen los gobiernos cuando no disponen de recursos, lo primero que deciden es dejar con menos dinero las partidas relativas a la Cultura, aunque ahora se anexe Deporte y Turismo como si se no se redujeran las acciones contundentes en este renglón.

Los diputados sólo son recopiladores de cifras y datos tanto del Inegi como de los organismos internacionales dedicados a la cultura,  sin tomar en cuenta los estragos de la pandemia y como si el turismo fuera tan boyante y se realizaran viajes de un lugar a otro y beneficiarse con la presencia de la gente de otros sitios tanto en hoteles, artesanías como en el incremento de ventas en los restaurantes.

Sacan sus datos, todo a través de internet y de sus asesores, es decir números de papel y no realizan sus recorridos, con las precauciones debidas, en los distritos que representan, ni siquiera en fotografía los conocen a muchos de ellos, y toman lo leído y/o copiado como si fuera la última palabra, la real y verdadera y no les cae el veinte con la realidad que les rodea y la niegan tanto si es positiva como  si es negativa.

Piden explicaciones sobre las cifras que adornan los cuadros estadísticos y ni siquiera acuden como espectadores a los eventos que se promueven.

Caída dice el diccionario acción y efecto de caer, abunda al decir desfallecido amilanadoTropezar, lo define como topar en algún obstáculo al caminar, perdiendo el equilibrio, precisa al decir encontrar un obstáculo o dificultad que impide avanzar o detiene en un intento.

Lo que le ocurrió a Doña Marcela fue eso, un tropezón mismo  que supo sortear con aplomo, con la experiencia acumulada por las acciones realizadas y con lo que dice porque es testigo, actor y no simple espectador como hacen los demás cuando ocupan un cargo. Toma decisiones trascendentales como el hecho de realizar la Feria Internacional del Libro del Estado de México, a través del uso de los medios electrónicos y sus variedades y así en vez de alejar, puso en contacto a la gente con los autores que quieren ver aunque esto privó de la no dedicatoria en los libros escritos, pero si se dio el desarrollo de su lectura.

Al final, sin consultar sus textos ni sus apuntes, expresó con conocimiento de causa la frase que dijo el cantante mexicano nacido en Yucatán José Mojica, quien después de concluir su carrera tomó los hábitos de fraile franciscano: Te puedes caer, pero te levantas porque aprendes y eres mejor después. Una verdadera maestra en el arte de informar. No se amilanó y aplacó las interrogantes ladeadas contra su trabajo.

Usó la experiencia que ha abrevado como diputada y como funcionaria pública. Les puso la muestra a muchos que en el gabinete Delmacista se sienten los “Juan Camaney” y que al comparecer, les temblaron como a Hugo Sánchez en el mundial del 86, las piernitas.

¡Bien por doña Marcela!

 

En Auschwitz no había Prozac

Cómo dejar de ser nuestros propios verdugos

Después de las peores tragedias, del absurdo y el sinsentido se puede extraer una posibilidad de crecimiento, nos dice Edith Eger en su nueva obra, En Auschwitz no había Prozac (Planeta).

Luego de La bailarina de Auschwitz, su relato de supervivencia frente al horror de los campos de concentración nazis, Eger nos dice que los sentimientos de culpa, inadecuación o inmerecimiento, el temor a que se repita una agresión, entre otras emociones, pueden ser una prisión igual de brutal para nosotros y limitar nuestra vida.

Para escapar de estos ciclos de condicionamiento, nos propone una serie de ejercicios liberadores para ajustar cuentas con el pasado, mantenernos en el presente y enfrentar el futuro con una sensación renovada de confianza y entrega.

Cuando nuestra renuncia a la felicidad a causa de una traición, una muerte o una enfermedad nos hace incapaces de apreciar la oportunidad única que tenemos al seguir con vida y dar testimonio de lo que nos ha sucedido, es importante tener presente que nuestra decisión sobre lo que nos ha pasado, incluido el callar al respecto, afecta profundamente el rumbo de nuestra existencia y también la de quienes nos rodean.

En Auschwitz no había Prozac es un libro profundamente humano: por medio de testimonios de la autora y de sus pacientes, nos muestra de diferentes maneras que el espíritu, tal como el cuerpo, busca repararse luego de la tragedia. A cada quien le toca decidir qué hacer después: rendirse al dolor, o abrazar la vida. El acto de amar debe incluirnos para encontrar el perdón, evitar el autocastigo o superar la vergüenza.

«La libertad exige esperanza, que yo defino de dos maneras: la conciencia de que el sufrimiento, por más terrible que sea, es temporal; y la curiosidad por descubrir qué pasará a continuación.»

Edith Eger, nacida en Hungría, era una adolescente cuando en 1944 padeció uno de los peores horrores que ha visto la historia de la humanidad. Sobrevivió a Auschwitz y huyó a Checoslovaquia para acabar finalmente en Estados Unidos. Allí se doctoró en Psicología y conoció a su mentor, Viktor Frankl. Ha sido protagonista de documentales, es profesora en la Universidad de California y tiene una clínica en La Jolla, California.