Martes con M de Mito: Sacar la quincena del cajero
Este tema viene ad hoc ya que ayer, en México, fue quincena, que es el día en que a los empleados asalariados les pagan lo correspondiente a su salario. En México existen varios esquemas de pago por contratarse uno como empleado. Puede ser que se pague cada semana, puede ser, también, que se pague cada mes, incluso pude pagarse por proyecto, pero en definitiva, la forma más común de pagar a los empleados es cada 15 días del mes. Esto es los días 15 y los días 30.
Teniendo esto como contexto, podemos entender que ayer fue día de feria, de luz, donde la gente se rayó, –expresión que perdura hasta nuestros días y que tiene su origen en las Haciendas– ya que al ser campesinos analfabetas los que recibían el pago, y al no saber escribir para firmar su recibo, colocaban una simple raya, y es por eso que el día de paga unos a otros se preguntaban si ya habían rayado.
Y es quizá ahí donde surge ese, más que mito, yo le diría temor, el miedo de que el patrón le quite su salario, al que, literalmente, lo había ganado con el sudor de su frente. Recordemos los grandes abusos que se cometían en las tiendas de raya dentro de las Haciendas, donde los derechos laborales eran completamente inexistentes, y tampoco existían los derechos humanos: los niños, trabajaban, literalmente de sol a sol. No había vacaciones, ni prestaciones, ni aguinaldos, ni bonos, ni nada.
Un empleado se quedaba toda su vida trabajando en la Hacienda, al servicio de su patrón y mediante abusos del segundo y sustentada en la ignorancia del primero, éste se endeudaba en la famosa tienda de raya y le pasaba la deuda a sus hijos y nietos, asegurando de esa forma mano de obra barata al patrón y a toda su descendencia.
Todo lo anterior escrito, está en el inconsciente colectivo del mexicano, de modo que la palabra patrón aún frunce algunos ceños al ser escuchada, pues es sinónimo de abuso y violación de derechos para algunos. Irónicamente, el mismo efecto suele suceder con la palabra sindicato.
Entonces la gente al recibir su dinero quiere hacerlo de una forma contante y sonante, aunque el papel billete no tenga sonido –bueno, sólo si se rozan entre ellos–. Hoy por ley, ya no se debe pagar en efectivo a los empleados, para bien o para mal, diría, para bien, todo se deposita y se queda registrado en los estados de cuenta. Pero la gente, por ese temor arraigado que comentamos al inicio, corre desesperadamente a los cajeros automáticos y bancos a retirar su dinero y convertirlos en billetes contantes –porque ya no suenan tanto– como las monedas de plata.
Y no se dan cuenta del gran peligro que corren; pues al salir del banco, los amantes de lo ajeno, se los pueden quitar. Como el caso de una joven que me encontré por los portales de la ciudad, la pobre tenía la cara golpeada y lágrimas en los ojos, ya que había sido víctima de un par de sujetos que le arrancaron el bolso, le propinaron un puñetazo en su cara; triste me comentó que había retirado toda su quincena del cajero.
Hoy, es prácticamente imposible que, una vez depositado el dinero en las cuentas bancarias, las empresas o los bancos, se lo retiren. Ya no debe existir tal temor. Y cada vez más la población, sobre todo la joven, acepta esta verdad. Cada vez hay más establecimientos, como puestos de tamales y tacos, que aceptan el pago con tarjeta o transferencia.
Así si uno sufre de las garras de la delincuencia, el mal será menor, pues de una manera sencilla, desactiva la tarjeta, el dinero sigue en su cuenta sano y salvo y ya no se debe preocupar por un simple pedazo de plástico.
Recomendación extra: Use y lleve consigo siempre, tarjetas de crédito (ya hemos visto su correcto uso), pague todo con la tarjeta de crédito. Así, si sufre un percance, no se tendrá que preocupar por ese dinero, ¡que no es suyo! –es de la institución financiera–. Usted debe mantener bien escondida en su casa, la tarjeta de débito. Y así su dinero, estará seguro.
Recuerde también que no es recomendable tener en esa tarjeta de débito más de tres meses de sueldo. Pero esa, como dijera mamá Goya: es otra historia.

