PRIMEROS PASOS HACIA LAS INVESTIGACIONES FILOSÓFICAS: La importancia de su escritura
En este espacio me gustaría exponer una serie de consideraciones que considero fundamentales sobre el estilo de las Investigaciones Filosóficas de Ludwig Wittgenstein. Más que centrarnos en cuál es la estructura del texto o en cuáles son sus conceptos más importantes, me gustaría que nos familiarizaremos con un aspecto tan o igual de importante: la textura de su escritura y sus claves para captar el enfoque wittgensteiniano sobre el lenguaje. La escritura de las Investigaciones, como veremos, es todo menos fortuita u ornamental: tal y como la concibe Cavell, más bien es “algo inherente al fervor espiritual que las enseñanzas de Wittgenstein quieren transmitir”. Por eso que la forma como está pensado el libro desborda cualquier planteamiento que se asemeje al rigor filosófico tradicional, y se configura como una expresión directa de su enseñanza, en lugar de como el acomodo de una teoría filosófica a un marco preestablecido que podamos diseccionar y analizar por partes.
Nada es fortuito en las Investigaciones desde su arranque, y menos aún el hecho de que el texto empiece refiriendo a San Agustín y, no a su “teoría”, sino a la “imagen del lenguaje” que se desprende de la descripción que hace de él en las Confesiones. Wittgenstein no hace suyas las palabras de Agustín para criticarlas en tanto teoría sobre el funcionamiento y estructura del lenguaje, sino para introducir una de las “voces” con las que dialogará a lo largo de todo el sector de las Investigaciones inicial. Así que tomemos a San Agustín así, como un interlocutor en una conversación a la que Wittgenstein nos invita sobre “una determinada imagen de la esencia del lenguaje humano”:
“Agustín de Hipona, en las Confesiones (I, 8): “Cuando ellos (los adultos) nombraban algún objeto y con ello se inclinaban hacia este, entonces lo percibía y comprendía que se referían al objeto mediante los sonidos que pronunciaban ya que lo querían mostrar. Esto pues lo extraía yo de sus movimientos corporales, lenguaje natural de todos los pueblos que con mímica y con los juegos con los ojos, con el movimiento de los miembros y con el timbre de voz muestra las afecciones del alma cuando esta apetece, o retiene, o rechaza, o evita algo. Así aprendí poco a poco a comprender qué cosas expresan las palabras que repetidamente encontraba expresadas en un lugar específico en determinadas oraciones. Y por ellas expresaba mis deseos cuando mi boca se acostumbró a esos signos” (IF, I, §1).
Fijemos en la “imagen” que San Agustín esboza sobre nuestro lenguaje, y pensémosla como un “recinto cerrado”, que se vería más o menos así: palabras nombran objetos, oraciones son combinaciones de palabras, cada palabra tiene un significado, el significado es el objeto de la palabra. Nada puede entrar en este esquema que no tenga esta forma. (Esta es la neblina de la que se habla en I, §5)
Instalada esta primera voz, pronto se hace presente otra, que lejos de criticar a la primera punto por punto, habla directamente con nosotros para que nos preguntemos, si acaso, “todo lo que denominamos lenguaje” puede ser expresado dentro del recinto cerrado que San Agustín ha hecho de él. Si nos damos cuenta, la manera de crítica ha cambiado: Wittgenstein no ataca a Agustín punto por punto hasta derribar su imagen del lenguaje entendiéndola como una teoría, sino que el abordaje del fragmento comienza apelando a nuestras intuiciones ordinarias sobre lo abordado en él, pues el uso del verbo “denominamos” en segunda persona del plural no es fortuito. Wittgenstein nos ha metido en un problema: obedeciendo a Agustín, ¿puedes mostrar o representar todo lo que realmente quieren decir tus palabras en cualquier situación?
La argumentación de Wittgenstein va tomando forma: evocando a sus ansias por no poder representar todo lo que quisiera expresar por la rigidez de nuestro lenguaje, trata de hacer resonar esta preocupación suya en nosotros para llevarnos a un suelo vivencial común desde el que empezamos a ver otros rostros de los abordajes teóricos sobre las cosas que se nos suelen mantener ocultos; entre los que destacan su limitada capacidad para expresar todos los matices de nuestra interioridad. “Es como si alguien declarara: «Jugar consiste en desplazar cosas sobre una superficie según ciertas reglas…»” (IF I, §3), nos dice en su texto para que nos paremos a pensar si acaso, ahora que estamos en sintonía con él, estaríamos dispuestos a aceptar que todo lo que podemos entender como “juego”, se adapta a esa descripción que se acaba de hacer.
Hemos llegado a un punto de convencimiento común interesante: obedeciendo a la segunda voz que Wittgenstein ha introducido en el texto, la primera -la de Agustín-, ya no solo suena problemática, sino también “superficial”. Estamos convencidos de esta intuición y, hasta ahora, esto no ha respondido a algo que podamos entender como un abordaje teórico. No se ha derribado a una teoría para levantar otra en su lugar. Simplemente hemos reconocido el poco poder de exploración de la primera voz una vez sembradas las dudas de la segunda. Si nos paramos a considerarlo, esto se ha logrado a través de una cierto sentimiento de frustración que hemos sentido como propio.
Esta forma de abordar los tópicos, es lo que aquí quisiera caracterizar como el asunto fundamental de la escritura de las Investigaciones: cómo Wittgenstein a través de ella, genera resonancias estéticas en nosotros para que los contenidos que nos quiere mostrar en todo momento no queden ahogados por expresarlos en un lenguaje conceptual que les sea ajeno. A esta manera de abordar tópicos filosóficos suya, la llamaremos “perspicuidad’. Y es precisamente a través de ella, que Wittgenstein quiere que aprendamos a poner la vista en situaciones en las que, simplemente actuamos sin preocuparnos por si usamos la palabra correcta o si conocemos una palabra acorde a nuestras intenciones para comprender qué revelan esos momentos de “uso ordinario del lenguaje”. Pues es solo en este nivel de uso del lenguaje que podemos empezar a apreciar lo que realmente vive en él, esto es, todas nuestras las necesidades que quedan grabadas en las palabras por medio de una iniciación no en su “significado”, sino en su “uso” cuando empezamos a adquirir el lenguaje. Aspecto que Wittgenstein, fiel a su estilo, nos describirá no como el descubrimiento de las formas a priori del entendimiento, sino como un “adiestramiento”.
Por medio de la figura de la adquisición del lenguaje como un proceso de adiestramiento, Wittgenstein nos empuja a pensar en este proceso como una introducción progresiva del instructor en el nuevo hablante de rutas comunes sobre cómo reaccionar y llamar a ciertas necesidades compartidas que puedan emerger dependiendo del contexto. Pues, cuando aprendemos una palabra, siguiendo a Cavell, también estamos aprendiendo implícitamente no solo su significado, sino principalmente los límites y hasta dónde se la puede proyectar o no dentro de un determinado contexto de uso.
A este proceso de adiestramiento, Wittgenstein lo llamará “Enseñanza ostensiva de las palabras”, en lo que vale la pena pararse a reflexionar sobre la elección del término “ostentar”, deteniéndonos en cómo, nuevamente, habla la segunda voz frente a la primera, que se mantiene como un eco constante que amenaza no quiere que nos vuelva a “embrujar”. Volviendo, Wittgenstein entiende “ostentar” como enseñar vistosamente algo, hacerlo relucir para que otro pueda “retener” aquello que se quiere mostrar; algo parecido sucede cuando adquirimos el lenguaje: nos muestran, literalmente, nos ostentan las cosas. Por lo que es natural decir que no estamos adquiriendo un significado unívoco sino un “sentido” de la palabra ceñido a unas circunstancias e intencionalidad muy concretas por parte de quien nos enseña la palabra. No estamos adquiriendo “la palabra”, sino “una manera de usarla” dentro de unas determinadas coordenadas de sentido. Obtenemos formas de relacionarnos con las palabras que establecen “conexiones asociativas entre las palabras y las cosas”.
Otra vez, estamos en problemas. Si todas las palabras en su sentido responden a unas coordenadas de sentido propias, ¿cómo podemos delimitar bien su principio y su final para evitar problemas ociosos derivados de la imposibilidad de conocer los infinitos modos de usar una palabra? Gracias a la noción de juegos de lenguaje. Veámoslo.
Insisto: no nos tomemos los “juegos de lenguaje” como un concepto que abarca todas las posibilidades de significación y experiencia del uso de nuestras palabras. Entendámosla como una descripción sobre nuestra forma de usar el lenguaje que termina revelando matices significativos sobre cómo nos aferramos y qué apoyamos en las palabras a la hora de utilizarlas, y cómo la explicación conceptual de estos procesos homogeniza y aplana gran parte de todo lo que hay de implícito en ellos. Entonces, tomémonos su noción de “juego” como una oportunidad para repensar hasta qué punto nuestro lenguaje, en realidad, funciona y se articula continuamente como si fuera un “juego”.
Cuando vamos adquiriendo el lenguaje, recogiendo lo anterior y conjuntándolo, estamos siendo iniciados en ciertas “reglas de juego”; vamos “aprendiendo a jugar”. Esta palabra se puede proyectar hasta aquí y hasta allá no, y rojo es esto y no aquello. Cuando hablamos desde un determinado “juego de lenguaje”, lo que está manifestándose no es una estructura atemporal sobre las cosas o sobre nuestro modo de conocerlas, sino que unas ciertas “reglas de juego” se “ponen en marcha”; hay un “juego en curso”. Fuera de él, sus reglas y criterios fenecen cuando ya no estamos en un contexto que se rija por ellas. El juego termina y sus significados también en tanto ya estemos jugando, aún cuando nos pueda parecer que estos siempre están vigentes.
Lo interesante que quisiera dejar en claro hasta aquí, entonces, es que cuando nos acercamos a contextos en los que vemos a las palabras fuera de sus usos ordinarios, nace en nosotros el impulso por teorizar sobre otros juegos del lenguaje que vemos desde reglas que les son ajenas, pero que sentimos como capaces de poder extrapolar a todos los contextos en los que nos vemos suspendidos. Y no es que nuestras palabras o conceptos tengan significados universales, sino que estamos conectados afectivamente a cada una de las palabras que nos han enseñado; de modo que cuando las vemos desconectadas de los usos que nos parecen “normales”, sentimos la necesidad de reconducirlas a usos o significados “correctos”.

