Refutación de Sor Juana Inés

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El texto de la Carta Atenagórica tiene un inicio que bien lo podría firmar el propio Sócrates, así dice Sor Juana en sus inicios: Muy Señor mío: de las bachillerías de una conversación, que en la merced que V. md. Me hace pasaron plaza de vivezas, nació en V. md. El deseo de ver por escrito algunos discursos que allí hice de repente sobre los sermones de un excelente orador, alabando algunas veces sus fundamentos, otras disintiendo, y siempre admirándome de su sinigual ingenio, que aun sobresale más en lo segundo que en lo primero, porque sobre sólidas basas no es tanto de admirar la hermosura de una fábrica, como la de la que sobre flacos fundamentos se ostenta lucida, cuales son algunas de las proposiciones de este sutilísimo talento, que es tal su suavidad, su viveza y energía, que al mismo tiempo que disiente, enamora con la belleza de la oración, suspende con la dulzura y hechiza con la gracia, y eleva, admira y encanta con el todo. Si, el Sermón del padre Vieyra es un texto largo lleno de conceptos y de un lenguaje que no se puede negar todo lo que aduce Sor Juana.

 

Así son los sofistas en su más alta cumbre. Por eso la lectura del Sermón, y la lectura de respuesta y revisión de ése, son obligatoria tarea para quien estudia a fondo el pensar y reflexionar sobre los textos y las cosas de la vida en nuestra Décima Musa. A la lógica del padre Vieyra, Sor Juana Inés impondrá su manera de reflexionar que se sustenta, no en los espacios de la teología que se convierte en dogma, sino en los espacios que llevan a razonar de manera filosófica, sobre los hechos y estudios de la Sagrada Escritura; dando una lección sorprendente, y muestra, sobre todo, que para revisar los asuntos de la teología más y mejor, es razonar desde la filosofía que desde el mundo del dogma como pecó por soberbia el padre Vieyra. La Carta Atenagórica es así una muestra del alto pensamiento que brilla en la mente de Sor Juana, y meditemos que estamos en el siglo XVII, cuando a América no han de llegar todavía los filósofos alemanes o el discurso de los Enciclopedistas, pues sus siglos son el XVIII y XIX, sobre todo.

 

En qué medida Sor Juana Inés es una mujer que piensa y tiene cualidades para ser una filósofa, en su siglo era pecado en mujer tener tales cualidades. Aunque ella a cada momento cita a las mayores pensadoras y científicas que la historia ha dado al mundo, si así lo podemos decir, cosa que queda expuesto en la Carta de Respuesta a Sor Filotea de la Cruz y particularmente, años antes, en Carta de Sor Juana Inés de la Cruz a su confesor / Autodefensa espiritual, texto publicado por Aureliano Tapia Méndez, venido de un documento encontrado en la ciudad de Monterrey, en el cual expresa por escrito Sor Juana ideas y hechos de su vida anteriores a la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz. Pero no nos alejemos de lo que es la respuesta sobre el sermón del padre Vieyra, donde Juana Inés dice en sus letras lo siguiente: habla de las finezas de Cristo en el fin de su vida: in finem dilexit eos (Ioan. 13 cap.); y propone el sentir de tres Santos Padres, que son Augustino, Tomás y Crisóstomo, con tan generosa osadía, que dice: El estilo que he de guardar en este discurso será éste: referiré Primero la opinión de los Santos, y después diré también la mía; más con esta diferencia: que ninguna fineza de amor de Cristo dirán los Santos, a que yo no dé otra mayor que ella; y a la fineza de amor de Cristo que yo dijere, ninguno me ha de dar otra que la iguale. Estas son sus formales palabras, ésta su proposición, y esta la que motiva la respuesta. Hay que citar suficientemente el motivo de la respuesta de Sor Juana Inés, de manera personal y no pública como se lo escribe al padre Manuel Fernández de Santa Cruz.

 

Así, en lo personal se dirige Sor Juana, pues dicho texto que ha de recibir el nombre de Carta Atenagórica, nunca tuvo el fin, por parte de ella, que se hiciera pública tal y como sucedió en ese año infeliz de 1690. En párrafo anterior escribe: De esto hablamos, y V.md. gustó (como ya dije) ver escrito; y porque conozca que le obedezco en lo más difícil, no sólo de parte del entendimiento en asunto tan arduo como notar proposiciones de tan gran sujeto, sino de parte de mi ingenio, repugnante a todo lo que parece impugnar a nadie, lo hago; aunque modificado este inconveniente, en que así de lo uno como de lo otro, será V.md. sólo el testigo, en quien la propia autoridad de su precepto honestará los errores de mi obediencia, que a otros ojos pareciera desproporcionada soberbia, y más cayendo en sexo tan desacreditado en materia de letras con la común acepción de todo el mundo. Texto sólo para los ojos del religioso. Texto que la maldad utilizó para desprestigiar al p. Antonio Vieyra, no sólo en asuntos tan serios como lo son las Sagradas Escrituras, sino porque vienen de una mujer cuyo sexo está tan desacreditado en aquel final del siglo XVII.

 

Tres hechos de la vida me hacen pensar en tan grande importancia que tiene la poeta para la cultura humana: recordar el juicio a que fue sometido el padre de la filosofía, Sócrates, cuyos enjuiciadores con calumnias y una envidia que no soportaba la atracción que sobre la juventud tenía el filósofo en la Atenas de hace miles de años. La historia está llena de estos momentos filosóficos, donde la envidia, venida sobre todo de aquellos que tienen el poder político, económico o religioso imponen sus juicios personales con tal de demostrar que quien cometió pecado, ataque al poder establecido o rebelión contra la ideología imperante, termina siendo llevado al cadalso. Con Sócrates nos queda una lección de vida, de humanismo que muy pocas veces se puede encontrar otra lección igual. En el libro La vida privada y pública de Sócrates encuentro el relato del momento en que el filósofo asiste a su juicio. Muchos negaron que fuera capaz de asistir a dicho momento, pues su edad que alcanzaba los 70 años le permitía hacerse a un lado de tal atropello a su persona. El texto es elocuente del entorno a que llega Sócrates en ese momento: Con manifiesta torpeza, Sócrates subió a la Antibema, a la derecha del presidente. Ahora todos podían verle. Algunos se levantaron de sus asientos, con la intención de ayudar al anciano a subir. Hubo una cálida ola de simpatía por el acusado. Hasta ayer se habían mofado de él en el pozo, en la plaza del mercado, en las barberías y en las tabernas. Pero, al verlo sentían todos, la especie de timidez que la presencia del filósofo inspiraba. Se podía hacer burla de Sócrates, se podía envenenarle, pero no era posible odiarle. En el fondo era buena persona. Únicamente era un majadero, pero tan majadero que resultaba un infractor de las leyes. El maestro de maestros era enjuiciado por enseñar a la juventud a pensar. Por saber llegar a la sabiduría y a la verdad, que es el motivo por el cual los seres humanos deben estar en la vida, haciendo a un lado lo que nuestra Sor Juana Inés planteaba. Poner los hechos de la inteligencia para embellecer la mente y no la mente para embellecer las cosas materiales.

 

Sócrates pide a la juventud que se aplique. Que sea alegre, entusiasta, rebelde, pero también capaz de buscar la verdad al indagar día y noche en los sucesos que la vida trae consigo, que la naturaleza dispone y que la sociedad propone en su cotidiano vivir. De esta manera en el juicio que la Décima Musa hace del Sermón del padre Antonio Vieyra reúne las lecciones del filósofo griego a pie juntillas: analiza de tal manera que no queden líneas de su discurso que no hayan sido analizadas en su contenido y su continente. Por eso resulta el juicio de Juana Inés tan letal y de indiscutible sabiduría y prestancia al refutar las tres partes del discurso del padre Vieyra, demostrando en cada ocasión, al buscar imponer un dogma, él solito cayó en la trampa, propia de los sofistas que dicen: Lo que digo es verdad, porque lo digo Yo.