100 watts de potencia
Irene heredó una casa fuera de la ciudad que la vio nacer y crecer.
No conocía nada de esa casa, ni del lugar, sabía poco, la ubicación le causaba desconcierto. Le habían dicho que se encontraba en la cima de un cerro, como si fuera un amuleto.
Era una casa antigua, de esas en las que se cuentan historias para poner los nervios de punta.
Al principio sintió desanimo; –una casa, en medio de la nada–. Las fotos que le mostró el notario no eran nada prometedoras, se veía deterioro en las paredes, telarañas en las esquinas, muebles cubiertos por sabanas polvosas, cristales rotos, ventanas mohecidas, los pisos un desastre. La casa se estaba cayendo a pedazos. Irene era decoradora de interiores, por lo que veía sabía, que era mucho el tiempo, el esfuerzo y el dinero que tenía que invertir para poder hacer habitable ese pedazo de tierra.
Sin embargo, tuvo esa válvula de escape. Desde que Mallorca llegó a su vida, no paraba, dormía mal, leía poco, diseñaba mucho menos, parecía como si de pronto todo girara alrededor de él. Un novio que vivía en la noche, entre la música de una discoteca, el alcohol y cualquier estupefaciente.
Entonces, el notario le mostró una panorámica del lugar, se visualizaba una capa de verde, verde por doquier y uno que otro punto rojo que eran las casitas de las personas que habitaban ahí. Además de pronto le llegó un olor a bosque, a tierra mojada y la tranquilidad invadió su cuerpo. Tuvo curiosidad por recorrer el lugar y verificar si efectivamente esa sensación se le despertaba en la carne.
Fue difícil hacer la maleta, llegar al lugar, restaurar la casa ni se diga. Pero logró el objetivo. Sin embargo, después de toda esa paz, de sentir que había vida en ese espacio, una parte comenzó a echar de menos la biblioteca que tenía en su antigua casa; volvió a la ciudad empacó y el camión de mudanza llevó todo lo que necesitaba incluyendo su alfombra favorita donde le gustaba hacer el amor.
Mallorca, un día, sin anunciarse volvió a su vida. Irene ya no recordaba el sabor de sus labios, lo miró viejo, acabado. Quizá tanto alcohol, tanta fiesta, tanta mujer. Quizá solo era que ya se había desintoxicado de su olor a whisky y tabaco.
Irene se sorprendió al verlo. Se vendió como alguien nuevo, renovado, que durante su ausencia la había extrañado.
Ella no creyó nada, pero lo dejó quedarse en la casa. No podía despacharlo como culpable, además la casa era enorme y quizá se perdería durante días y no la decepcionó. El novio era adicto al buen vino, a tomar días seguidos sin resaca, a la velocidad en los autos.
No tardó en encontrar un nuevo vicio: la cantina del pueblo. Los habitantes lo miraban con recelo, a las chicas les causaba curiosidad, era un hombre alto, de hombro fornido, vestido casual con sonrisa alegre. Cautivaba a las muchachas con sus modales, con su porte de ciudad, con la historia de ser el príncipe azul o el salvador de la ciudad.
Lo cierto es que el sabor del mezcal lo engatusó. No había noche en la que no bebiera y que lo golpearan porque ya había seducido a la mujer de otro.
Los hombres del pueblo comenzaron a verlo como amenaza. Irene no atendía a los rumores que escuchaba a su alrededor, pero llevaba casi un mes llegando de madrugada, golpeado y con el mezcal hasta el cerebro.
Mallorca en un santiamén había aumentado la habilidad para encontrar problemas y eso le estaba causando dolores de cabeza a Irene. Entonces quiso un respiro, se inventó una lista de materiales que hacían falta para remodelar una de las habitaciones de la casa y se fue por dos días para no saber de las borracheras de su novio fiestero ni de andar curando heridas.
El descanso le sentó bien. Regresó al segundo día, un poco arrepentida por haber dejado la casa.
Esa noche llovía. El canto de los grillos se ahogaba entre los relámpagos y la caída del agua. Irene venía empapada. Caminó despacio se dirigió a su sala favorita, pero al abrir quedó paralizada, la lámpara medio alumbraba, cayó un rayo, sus ojos estaban nublados por las gotas de agua que caían de su pelo, le pareció ver un cuerpo suspendido de la viga. Pensó que era una ilusión óptica por la lluvia y la oscuridad.
Prendió la luz, no vio nada, siguió su curso y encontró a su novio tendido boca abajo en su alfombra favorita. Se acercó a él, caía agua de su cara, lo movió con el pie, no tuvo respuesta. Se inclinó, al voltearlo, vio el charco de sangre, una navaja, Mallorca degollado. Un grito ahogó sus entrañas.
Como crimen se dio parte a las autoridades, quien clasificó el caso como suicidio no había huellas, cerraduras forzadas, ni móvil del crimen.
Después de un tiempo, cuando la herida sanó. Irene volvió a la habitación. La sangre de Mallorca seca en la alfombra.
El foco con sus cien watts de potencia fue testigo mudo de la noche del ocho de agosto cuando entraron al domicilio cuatro individuos, prepararon la escena, medianoche. El cuerpo tirado en la alfombra junto a la navaja.
Los asesinos se fueron, con sus huellas, sin crimen, sin pena.

