+ Repercusiones del Huracán Otis en Toluca; el caso del hotel Princess, en donde vivió Howard Hughes; Acapulco entre los nacidos ahí y los turistas de fin de semana, de épocas vacacionales y de todo el año

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La frase:

De pronto Toluca pasó a ser de la primera a la segunda ciudad con más baches, tan sólo superada por Acapulco. Sin embargo, los baches de Toluca se crearon por indolencia, ineptitud y malos presidentes municipales y los de Acapulco, por la fuerza de la naturaleza.

HAY DIFERENCIA

REPERCUSIONES DEL HURACÁN OTIS EN EL VALLE DE TOLUCA

¿Treinta y ocho años después le sucederá lo mismo al Valle de Toluca?

 

La pregunta es porque una de las repercusiones que podría sufrir el Valle de Toluca incluida la propia capital del Estado de México es que muchos habitantes de Guerrero se podrían venir a estas tierras como sucedió con muchos capitalinos cuando el terremoto de 1985.

 

La devastación en Acapulco con motivo del Huracán Otis es tremenda, tanto que ni siquiera en seis meses podría reconstruirse en su totalidad. Las cifras no nos dejan mentir: 273,844 viviendas afectadas, también 600 hoteles y condominios, muchos de ellos de lujo, 10,212 postes eléctricos caídos120 hospitales y clínicas con algún tipo de daño.

 

Toluca es una de las metrópolis más cercanas a Acapulco y por ello podría recibir una desbandada de migrantes originarios de Acapulco en busca de mejores horizontes, que por ahora no los tienen en el vecino estado de Guerrero.

Muchos de esos migrantes tienen familiares en Toluca, lo que quiere decir que las actuales casas se poblarían demasiado con la llegada de nuevos familiares. Pero también muchos toluqueños tienen daños colaterales porque desde hace años y en épocas recientes también, tienen condominios o casas en Acapulco, muchas de ellas bien habidas y muchas otras mal habidas; en el primer caso es de mucha mala suerte y en el segundo caso es de justicia divina.

Hay muchos toluqueños que sufren el deterioro de sus patrimonios, los daños en sus casas de fin de semana o de fin de año o de cada periodo vacacional, pero también muchos guerrerenses perdieron su máximo patrimonio completo y por ello quizá no tengan recursos para reestructurarlo y seguramente vendrán.

Migrantes

Pero también puede venirse esa fauna nociva que se dedica al robo y eso incrementará la seguridad en nuestra ciudad capital.

Dentro de los hoteles dañados figura el famoso Princess, en donde vivió el famoso millonario Howard Hughes, que inicialmente perteneció a un norteamericano Daniel K. Ludwig, quien tenía desde la época de Adolfo Ruiz Cortines la concesión de la salinera de Guerrero Negro.

Exportadora de Sal S.A. (abreviada como ESSA ) es una empresa dedicada a la producción de sal a través de la evaporación solar de agua de mar en la Laguna Ojo de Liebre, cerca de Guerrero NegroBaja California Sur. Fundada en 1954 por el empresario naviero estadounidense Daniel K. Ludwig, actualmente es propiedad parcial del gobierno mexicano y Mitsubishi. Es una de las operaciones de extracción y procesamiento de sal marina más grande del mundo.

Daniel K. Ludwig perdió la concesión a solicitud del entonces presidente Luis Echeverría Álvarez y posteriormente pasó a manos del empresario Juan Antonio Hernández, recordado por haber sido el dueño del equipo de fútbol Toros Neza y propietario del grupo automovilístico Autofin. Tiene una inmobiliaria y con ella reformó al Princess. Ahora tendrá que hacer una multimillonaria inversión para recuperarlo.

ACUÉRDATE DE ACAPULCO

Como tantas otras personas, no pienso en Acapulco –un lugar en el mapa–, sino en mi Acapulco –un lugar en mi vida–, me dice un buen amigo.

Siento, como muchos, que es un poco mío. Porque ha sido parte de mí y de mi historia desde que tengo memoria: las desmañanadas para el viaje por carretera, ya con el traje de baño puesto debajo de la ropa para no perder ni un minuto al llegar y correr del coche a la alberca; el espectáculo puntual e inigualable de las tantas puestas de sol a las que es imposible acostumbrarse; las reuniones familiares en torno a una guitarra y una copa –o varias– de vino; las salidas a bailar –con tantas historias que han quedado atrás–, a los restaurantes de la escénica, al piano bar, donde se cantaba con la bahía de fondo; las fiestas bajo las estrellas, los fuegos artificiales mientras pedimos deseos, cada año nuevo.

Acapulco es tan mío tanto como lo fue de mis abuelos, lo es de mis padres, y ahora también de las nuevas generaciones. Es donde a muchos el mundo se nos empezó a abrir por primera vez, siendo niños.

Pero en realidad Acapulco es más de quienes ahí nacieron y viven y lo viven todos los días, de esa gente alegre y servicial que vive del turismo, principalmente de nosotros, los capitalinos. De los hoteleros, desde el dueño hasta el empleado con el último puesto en el organigrama, que apuestan, arriesgan y se esfuerzan por ser referencia mundial de hospitalidad, que ya se dan cuenta de que desde hoy a quién sabe cuándo, no tendrán forma de intercambiar sonrisas y atenciones por sustento.

Tolucos

 

De las cocineras de ceviche, pozole, pescado a la talla y los mejores sopes, que se desviven por atender mientras viven en casas de techos de lámina que salieron volando, allá, en la sierra.

De los taxistas que esperan afuera de los antros, de madrugada, a que los chamacos chilangos y de otros lados del país y del mundo salgan –en buen o mal estado– y los llevan hasta sus puertas, sanos y salvos. ¿A quién le darán su servicio ahora, que no hay nada: ni chamacos, ni turistas, ni antros, ni siquiera caminos?

 

De las mulatas de risa franca y manos de metate que dan masaje y hacen desaparecer, como por arte de magia, las tensiones de la espalda, y con ellas las preocupaciones y el acelere con el que llegamos allá, los que vamos desde acá.

De los alberqueros que aparecen con el primer rayo de sol; los vigilantes que nunca duermen; los jardineros que crean paisajes que damos por hecho. Y de sus familias, que viven detrás de la costera en casitas ahora completamente inundadas y llenas de fango.

De los marineros que se emocionan tanto como nosotros –peces de ciudad– cada  vez que salta una mantarraya, un delfín, una ballena, como si fuera la primera vez que los vieran; los mismos que, buscando que los barcos a su cargo anclados en la marina no tuvieran daños chocando entre ellos, los sacaron al mar, y en ese intento de protegerlos y entregar buenas cuentas, con la lealtad bien puesta, se hundieron con ellos.

Esa noche terrible, una lluvia sin viento que al principio parecía ser una tormenta como tantas otras, arrullaba al puerto; y, tomando a la gente desprevenida, en un cerrar y abrir de ojos les arrancaba de su sueño y se los cambiaba por una pesadilla.

La webcam que transmitía las 24 horas las imágenes en vivo de la bellísima bahía grabó el desalmado instante en que ésta, enmarcada por su montaña plagada de lucecitas como brasas, se apagaba: la naturaleza, furiosa, rabiosa, transformaba el hermoso puerto en zona de guerra. ¿Cómo poner a un millón de personas, bebés, viejitos y mascotas a salvo de las ráfagas que arrasaban con todo, y de los ríos y las cascadas que parecían salir de todas las calles, de cada pasillo, de cada balcón, patio y terraza?

Las imágenes del desastre duelen, son de apocalipsis; cuesta creer que son reales y dimensionar los males. Las vemos e intentamos identificar los lugares por donde hemos andado, los escenarios de momentos de nuestra vida: banquetas, calles, hoteles, restaurantes, ahora totalmente borrados, irreconocibles.

Acapulco, igual que la ceiba del que fuera el hotel Hyatt, el árbol más frondoso que he visto, que parecía tan fuerte que estaría ahí por siempre, hoy está derribado, hecho leña.

Surgen, inevitables, los hubieras, los porqués, cómo nadie les avisó, se sabía o no, se podía haber hecho algo, o no.

Se muestran en plenitud inocultable las evidentes incompetencias.

En tanto a unos se nos rompieron los cristales, adornos, cosas, ahí están los acapulqueños con la vida entera rota, sin poder comunicarse con nadie, con miedo, sin nada, sin poder imaginar cómo se va a arreglar todo lo que se les ha destrozado.

¿Cómo se recuperará todo? ¿Cuándo? En mucho tiempo, seguro; pero debemos iniciar ahora a intentar devolver las sonrisas. Hoy visité un centro de acopio que me hizo recordar lo que, cuando nos unimos, podemos lograr¿Será ingenuo pensar que dentro de todo esto hay una oportunidad para recuperar el paraíso perdido que, bien sabemos, ya traía media estocada?

 

No dejo de pensar qué puedo hacer, qué puede hacer cada quién, para que ese letrero sonríe, estás en Acapulco, tarde menos en volver a ser una realidad.