Breves apuntes sobre la valentía… ¡una forma de ser! (Segunda Parte)

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Hay que decir que el ejercer la valentía implica estar dispuestos a pagar precios, en realidad habría que traducirse a estar dispuestos a un esfuerzo ontológico por darnos permiso de otorgarle más valor al ser y por ello, de permitirse ser vulnerable. Esto implica que si la vulnerabilidad engendra vulnerabilidad; el valor es contagioso. Ahora bien, este valor tiene dos componentes: atacar y resistir. Estamos hablando de virtudes y aquella que se pone en práctica al actuar con valentía es la fortaleza. Sin embargo, no hay que confundirse en el sentido de pensar que bueno es lo que hace el valiente, se trata de señalar que es valiente quien hace lo bueno. El significado de esto es que un acto de valor no lo es si no se realiza con integridad, fortaleza y lealtad. En este sentido, la valentía es el acto de emprender cosas grandes, acompañado del tesón para perseguirlas y acabarlas. Estamos ya metidos de lleno en el espacio de la actividad creadora que podría llamarse motor del Reino de las posibilidades. Así es que ante la pregunta ¿Por dónde comienzo?, si elijo el camino de la transformación, surge también la pregunta: ¿Hay otro camino?, seguramente sí, pero mi creencia es que es el camino del respeto el único que lleva al amar y ser amado que es la esencia  existencial.

Volviendo a la primera pregunta diré que la valentía es la virtud del inicio, mientras que la lealtad es la virtud de la continuación, pero como esa permanencia tiene que fundarse en un acto continuado de valor, habría que decir que la lealtad es una valentía perseverante. Sin embargo, todo se trata de una elección que tiene que ver con disfrutar o sufrir el camino que de todas maneras hemos venido a recorrer. Parece simple la elección, pero no todos tienen la valentía y la lealtad para hacerlo de manera auténtica. Así es que si estamos dispuestos y es nuestro compromiso descubrir nuestro camino para salir de la vergüenza y apoyarnos mutuamente, la vulnerabilidad es el camino y el valor es la luz. Hay que hacer a un lado las largas listas de lo que se supone que hemos de ser, es un acto de valentía. Amarnos a nosotros mismos y apoyarnos en el proceso de volvernos auténticos quizá sea el acto más importante de atrevernos a arriesgarnos.

A manera de moraleja, como alguna vez leí en el cuento clásico El conejo de terciopelo, de Margery Williams; todo está en ser genuino, es un hermoso recordatorio de que es mucho más fácil ser auténticos cuando sabemos que nos aman. Se trata entonces de una elección auténtica y de compromiso que se encuentra en el eje del respeto y nos conecta con una auténtica transformación en integridad que nos dirige a la intención irrenunciable, para amar y ser amados, ésta tiene que ver con la materialización de los más grandes sueños y así poder sentenciar que lo vivenciado valió la pena ser vivenciado.

No olvidemos que hemos hablado de valores que suman valor a la intencionalidad auténtica del ser. Es por esto que es importante vislumbrar los límites y hacer la distinción de lo que podrían ser las caras verdaderas y falsas de la valentía. Por ejemplo, una cosa es el valor y otra no tener miedo. No se puede llamar valiente a quien no siente miedo. Podríamos acá señalar que el impávido, el que no percibe el peligro, es un loco o un insensible. Las personalidades psicopáticas raramente sienten temor. En la valentía está la sabiduría de lo que se debe temer y de lo que no se debe temer. Lo interesante de la valentía es sobreponerse a una dificultad. Se trata de mirar frente a frente el peligro, con miedo, pero sin retroceder.

Otra situación a observar es que no es lo mismo la valentía que la bravura, esto es, hay personas pendencieras, violentas, agresivas, que disfrutan de sus bravuconadas, sin embargo no son valientes. Es decir, son temerarios, buscadores de emociones fuertes, pero nada más, sin una intención de ser buenos. Cabe acá recordar el pensamiento de Aristóteles en el sentido de que la valentía está en el justo medio, entre la cobardía y la temeridad.  También hay que considerar que no es lo mismo la valentía que la ira. Esta última tiene que ver con una emoción que nos impulsa contra algo que pareciera entorpecer el paso y puede llegar a la agresividad, pero ambas permanecen en el nivel de las pasiones, no alcanzan el nivel de la valentía. Sería un contrasentido decir que todo violento es valiente.

Un excelente punto de partida es iniciar con valentía rumbo a la autoconciencia. Nuevamente insistir en que no dejan de ser retos y estar dispuestos a lanzar lejos la piedra del reto. Se trata de abrir el corazón, compartir y darse permiso de vivenciar lo que vale la pena vivenciar. Atravesar todo tipo de consideraciones, parar, elegir, y hacerlo.

También vale la pena hacer una distinción en el sentido de que la valentía no es la sumisión a un miedo mayor. Por ejemplo, quien en la guerra ataca porque teme un castigo por traidor o el deshonor o la vergüenza, no es un valiente, porque permanece bajo el reinado del temor. Lo mismo le ocurre al religioso que actúa heroicamente por miedo al fuego eterno. O el que acomete una acción por miedo al qué dirán.

Lo importante es comenzar y siempre para adelante, así es que es el momento: hablar de todo, compartir secretos en familia, hacer preguntas, compartir sus sueños, esperanzas y preocupaciones. Ver a los ojos y escuchar atentamente. Si no aprendemos a escuchar las pequeñas cosas ahora, más tarde no nos contarán las cosas grandes. Aceptar que puede equivocarse, recordemos el antiguo dicho de El hombre que lo sabe todo no aprende nada. Esto es muy importante en el contexto que acá se promueve ya que se trata del modelaje de la vulnerabilidad. Así es que llegó el momento de  romper con la necesidad de tener siempre la razón. Sin duda una de las mayores adicciones de la humanidad. Vale la pena darse permiso del error sobre todo cuando se es aún niño. Este también es un entrenamiento. La mejor manera de entrenar la valentía es dejar que nuestros hijos sepan que todos cometemos errores y que eso no es el fin del mundo.

Recordemos que la adversidad nos hace más fuertes, personas más profundas, nos invita a enfrentar el fracaso, aprendamos a usar el miedo y la adversidad en forma de fortalezas obligando a los músculos debilitados por las equivocaciones a levantar esos huesos débiles del suelo e intentar de nuevo. Se trata de entrenar a quienes amamos, incluyéndonos, la intención se centra en atravesar circunstancias difíciles. También hay que decir que parte del proceso es abrazar en momentos de fracaso. Animar cuando se debe confrontar a un amigo o disculparse con alguien por haberle fallado. La misión  está en tener la capacidad de, a través del ejemplo, lograr que las personas que amamos o que tenemos el privilegio de tocar sus vidas naveguen su propio barco, pero en el mundo real de una manera empática.

Hay que aceptar la espiritualidad imperfecta. Hasta cierto punto estos seres llegarán a plantearnos preguntas difíciles acerca de la espiritualidad. Hay grandes  probabilidades de que cuando lo hagan, ellos van a hacer cosas que nos avergüencen o nos decepcionen. Ellos tienen sus propias luchas, así como cada quien tiene las suyas. Aquí habría una oportunidad de apoyo, donde podemos practicar que la mejor manera de entrenar la valentía, es ser valientes, es enrolando a las personas a enfrentar sus luchas con valentía. El primer paso es que sepan que empiezan a ser valientes en el momento en que cuestionan acerca de vivencias incómodas o difíciles.