Conocimiento ignorado

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En estos instantes imparto un curso de la maestría en Humanidades en la Universidad del Tepeyac; Epistemología. Siempre he pensado que en el mundo no hay casualidades, sino causalidades; la revisión con respecto a la validez que tiene el proceso de creación del conocimiento ha vuelto a tener un peso específico en la interpretación que tenía del mundo y me obliga a realizar una reflexión al respecto.

Es cierto que es el conocimiento una de las rutas más firmes para lograr una adecuada interacción con el mundo; alude a la percepción de estímulos y a la capacidad cognitiva de cada uno de nosotros, como seres humanos, para sacar el mayor provecho a todo ese cúmulo de saberes que van conformando nuestro capital cultural.

No obstante, es una realidad que muchas personas deciden, por voluntad propia, hacer a un lado toda esa sapiencia, actuando de manera errática e incongruente, dejando en claro que no sólo se trata de tener conocimientos, sino de mostrar algo de inteligencia para darles el uso más pertinente con base en los retos que enfrentamos de manera cotidiana.

Nada más preocupante que una persona que se autodefine como bien conocedora, pero incapaz de hacer los ajustes en su vida para mostrar que, en efecto, logra aprovechar todo ese acervo en la construcción de una vida mejor.

Peor aún, logran convencer a otros de que ellos son el referente a seguir dada su vasta experiencia y conocimiento, haciendo creer a su entorno cercano de que son algo cercano a la divinidad.

Todo conocimiento debe sugerir aprendizajes, y todo aprendizaje debe significar, para tener validez, un cambio de conducta; y no hablaremos de cambios buenos o malos, sino pertinentes o no pertinentes.

¿Qué podemos llegar a conocer y por qué métodos?, es una de las preguntas clave en el desarrollo epistemológico del pensamiento y el conocimiento; esto implica, por necesidad, ser capaces de modificar paradigmas para reenfocar de manera más idónea nuestra ruta por la vida.

La verdadera sabiduría no significa decir, sino hacer; resulta una pantalla presumir el alto grado de conocimiento y permitirnos vivir en el caos.

Benjamin Bloom, por ejemplo, nos establece que una persona debe de contar con un conocimiento básico que debe ser enriquecido con experiencia y conocimientos más específicos para poder hacer juicios críticos; cuando no se sigue esta ruta, y optamos por juzgar al de enfrente sin ambas condiciones, lo que hacemos es teorizar.  El mundo está harto de quienes hablan sólo desde la teoría, porque su dicho carece de validez.

Pretendo dictar normas de conducta mientras la propia resulta insostenible; quiero mostrarme como persona empática a la par que le clavo el diente a todo y todos en mi rango de interacción, me atrevo a sugerir soluciones para los mismos problemas que soy incapaz de resolver en mi entorno inmediato.

Es decir, ignoramos al conocimiento para seguir dando vuelo a nuestras creencias personales; y además, suponemos que por el hecho de negar las cosas engañamos al prójimo.  Que no se diga, no significa que no suceda.

Mientras haya quienes caigan en esas falacias, mentiras finalmente, no tendremos un mundo capaz de razonar.

horroreseducativos@hotmail.com