LOS RIESGOS PARA EL ARTE Y EL PATRIMONIO EN EL MUNDO ACTUAL
rodrigo.pynv@hotmail.com; Facebook: Rodrigo Sánchez;
Twitter: RodrigoSanArce
El reciente incendio en la Catedral de Notre Dame de París, que destruyó la
icónica aguja construida en el siglo XIX, nos recuerda lo vulnerable que es el
patrimonio artístico y cultural en la actualidad. Este siniestro, del que aún no
sabemos si en realidad fue accidente o descuido, se registra a medio año de
que, en Brasil, otro incendio consumiera el edificio y alrededor del 90% de las
obras del Museo Nacional (que en junio del año pasado cumplió dos siglos de
existencia), obras de su colección histórica y antropológica recolectadas en 200
años. ¿A qué riesgos se enfrenta el arte y el patrimonio en la actualidad?

Es claro que los recintos artísticos y culturales se enfrentan a los mismos
riesgos que puede padecer cualquier edificación. Especialmente son
vulnerables a cortocircuitos o fugas de gas que pueden provocar explosiones y
fuegos como ha sucedido no sólo en Brasil, también en Museos como el
Hermitage de San Petersburgo (Rusia, 2017), el Marítimo de Tatihou
(Francia, 2017), el de Historia Natural de la India (2016) y el de Arte
Moderno y Contemporáneo de Santander y Cantabria (España, 2015), así
como el Sitio Arqueológico de Ventarrón (Perú, 2017). Y en los incendios no
se descartan los accidentes, pero tampoco la acción humana que
deliberadamente causa daños.

Hablando de la acción humana, es larga la historia del robo de arte en el
mundo, negocio que genera enormes sumas de dinero a los delincuentes,
después del narcotráfico, la venta de armas y la trata de personas. Casos
paradigmáticos han sido robos como aquella docena de obras de varios
pintores (Vermeer, Degas, Rembrandt, Manet, entre otros) del Museo Isabella
Stewart Gardner (Boston, Massachusetts, EEUU, 1990); las 20 de Van Gogh
del Museo de Ámsterdan (Holanda, 1991); El grito de Edvard Munch del
Museo de Oslo, Noruega (2004); y cinco piezas del Museo Nacional de Arte
de París (2010) de Picasso, Léger, Braque, Matisse y Modigliani.
Caso aparte, es el de Cornelius Gurlitt, alemán cuyo padre Hildebrand, curador
e historiador del arte que estableció contacto con el régimen nazi y del cual
adquirió más de mil 400 piezas consideradas arte degenerado (especialmente
arte vanguardista de la época, poco valorado por el régimen) de autores como
Picasso, Matisse, Chagall, Marc, Liebermann y Beckmann. Muchas de estas
obras se consideran robadas y tienen demandas penales. Cada vez que Gurlitt
necesitaba dinero ponía a la venta algunas de ellas, hasta que fue descubierto
y se le decomisaron todas, por lo que ahora enfrenta a la justicia.

Otra forma de daño humano es el provocado por grupos terroristas. Hay que
recordar a los talibanes de Afganistán dinamitando los Budas milenarios y
gigantes de Bamiyán (año 2001); o a los yihadistas del Estado Islámico (ISIS)
destruyendo edificios y obras de arte en las también milenarias Palmira (Siria,
2015), Hatra, Nínive, Nimrod (Irak, 2014 y 2015) y Tombuctú (Malí, 2012).
Pero no sólo los humanos pueden dañar el arte, también el clima extremo por
el calentamiento global. Por ejemplo, en 2017 una ola de calor obligó a cerrar
la Galería Uffizi de Florencia, Italia, con más de 4 siglos de existencia; el asunto
es que las obras de arte requieren de un ambiente de 23 grados centígrados y
un 55% de humedad relativa, y eso es difícil de mantener con una ola de calor
que rebasa los 40 grados. El mismo año el Louvre de París, ubicado muy cerca
del Río Sena, soportó un diluvio que inundó parte del museo y dañó obras de
Poussin, por lo que ha tenido que trasladar su bodega a otro lado. A su vez, en
Madrid, el que hasta inicios del siglo XX fue arroyo del Prado, hoy es Paseo del
Prado, por lo que el famoso museo encima de este antiguo río corre el riesgo
de ahogarse si no se realizan obras de rehabilitación del drenaje.
Hay otros riesgos insospechados y que mueven a la risa. La especialista
mexicana en conservación y restauración de bienes inmuebles, Sandra Joyce
Ramírez, alerta que se debe detener el daño severo que provocan palomas,
gorriones, tórtolas y ardillas a los monumentos históricos y a la salud pública ya
que la población de estas especies no ha dejado de crecer y sus excrementos
están por todos lados, especialmente en los monumentos y edificios. Lo mismo
pasa con la iglesia más alta del mundo en Ulm, Baden-Württemberg,
Alemania, cuya torre mide 162 metros hacia el cielo, sólo que ésta es
erosionada por la sal y los ácidos de la orina y los vómitos de animales
humanos.
Hablando de México, por un lado, el Consejo Nacional de Protección Contra
Incendios (CONAPCI) y la Asociación Mexicana de Rociadores Automáticos
Contra Incendios (AMRACI) consideran que los recintos culturales son una
bomba de tiempo, pues no están asegurados contra siniestros; por otra parte,
grupos como los Vigías del Patrimonio Cultural alertan sobre el abandono y
descuido en que se encuentran las zonas arqueológicas. En este mismo
aspecto, en redes sociales se pudo percibir la molestia de mucha gente por el
hecho de que alrededor del mundo se recauden recursos (mil millones de
dólares hasta el momento) para reconstruir Notre Dame, incluidas
aportaciones de mexicanos, mientras las zonas prehispánicas están en el
abandono.
En fin, son temas polémicos que seguirán dando de qué hablar, pero que nos
deben hacer cobrar conciencia sobre los riesgos a los que se exponen las
obras de arte y el patrimonio histórico y cultural del país, y sobre cómo
podemos contribuir a su mantenimiento y conservación.

