¿No podemos?

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No cabe duda de que la vida es un asunto de interpretaciones, puntos de vista y posturas diversas. Cada uno de nosotros escoge el camino a seguir, y de esa decisión es que se construyen historias que nos retratan completamente.

Por ejemplo, cuantas veces habremos escuchado a personas que, ante cualquier pequeño problema, sufren, se tiran al drama y buscan convencer a cuanto interlocutor encuentran que su vida es compleja, exageran al punto de hacer de una pequeña brizna una tormenta con rayos y centellas.

Pretextar es un deporte nacional, y gustamos de culpar al otro de nuestras vicisitudes, sin darnos cuenta de que el primer responsable de lo que nos sucede es uno mismo; asumir una postura activa resulta complicada para quienes huyen de cualquier tipo de compromiso.

Cada cuatro años (cinco en esta ocasión), se llevan a cabo los Juegos Paraolímpicos en la misma sede de los Juegos Olímpicos de invierno; sólo que en esta justa deportiva participan personas con alguna discapacidad, que por principio de cuentas, han asumido que a pesar de las circunstancias, siempre se pueden hacer las cosas.  La premisa es clara, sobreponerse a la adversidad.

Esto muestra, de nueva cuenta, la hipocresía con la que nos conducimos como sociedad, pues más de un 90% de los mexicanos se asume como incluyente, pero al momento de reconocer a quien consideran diferente toda esa buena voluntad se transforma en discurso.

Estos grandes competidores, dan cátedra de lo que significa sobresalir a pesar de las circunstancias; no reciben, ni por asomo, los mismos apoyos y recursos que los estúpidamente llamados normales, la autoridad –perdón la ironía– deportiva,  siempre les ha visto como atletas de segunda, simplemente porque no hay reflectores, no hay medios y tampoco algo de eso que festejamos el 10 de mayo.

Y sus glorias, para desgracia de toda una nación, suelen pasar desapercibidas para muchos porque no existe la misma solidaridad e interés que para los otros, que además andarán por la vida echando culpas de su mediocre preparación y nula actitud.

Eso no es más que el reflejo de lo que somos como sociedad. A todas esas personas que por un dolor piden esquina, habría que exponerles que hay quienes matarían por un dolor de espalda, con tal de tener sus extremidades completas; a todos esos que sufren porque no hay nada que ver en el cine, habrá que explicarles que hay quienes estarían dispuestos a ver, punto.

Es un tema que requiere de mayor atención, y ésta debe provenir desde casa; ahí es en donde educamos para aceptar al otro, ahí es en donde enseñamos valores, ahí es en donde se construyen paradigmas que emancipan o esclavizan.  Si el niño ve que su padre no respeta y humilla, seguramente él lo hará; si ve que su madre se tira al drama y grita que no puede, pues tampoco podrá.

En un reciente texto en Excélsior de un colega, compañero y amigo, Carlos Kenny Espinosa Dondé, plantea dos hipótesis que cito: la primera, ¿no sería mejor primero ser humanos en toda la extensión de la palabra?, la segunda, estoy seguro de que si todo México tuviera el corazón, valor y agallas de los discapacitados, seríamos un mejor país.

De verdad, ¿no podemos?

horroreseducativos@hotmail.com