Vergüenza estudiantil

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Mucho se ha dicho que en México se acabó la corrupción y demás conductas inapropiadas; qué lejos estamos de que eso suceda. Lo ocurrido con el examen de admisión en la UNAM, expone una llaga profunda y supurante en nuestra cultura: la convicción miserable de que el fin justifica los medios y de que el engaño es un atajo válido hacia el prestigio.

Esto también significa que hay una podredumbre moral enorme en quien mira una prueba de selección no como un reto a su intelecto, sino como un obstáculo que se resuelve con billetes, redes clandestinas o dispositivos ocultos.

Resulta una vergüenza estudiantil observar la frescura con la que ciertos aspirantes asumen que merecen un lugar en las aulas de la Máxima Casa de Estudios sin haber movido una sola neurona con honestidad. Supeditan la inteligencia al chantaje tecnológico, al acordeón sofisticado o a la compra de claves de respuestas, convencidos de que el estatus universitario es una joya que se roba en un descuido, no un mérito que se cultiva con disciplina.

Lo que estos tramposos no terminan de procesar es que cada acierto comprado es un dardo clavado en la espalda de un joven que pasó meses en vela, devorando libros, postergando la vida social y dejando la piel en el intento. Les roban la oportunidad a quienes sí se esmeran y a quienes entienden la educación como un acto de dignidad. Le arrebatan el futuro al verdadero esfuerzo para instalárselo a la mediocridad disfrazada de astucia.

Sin embargo, sería ingenuo pensar que esta podredumbre germina en la soledad del aspirante; la cadena del cinismo suele gestarse y alimentarse en el núcleo familiar. Detrás de estos competidores tranzas casi siempre hay una figura trágica y patética: los padres de familia.

Progenitores cegados por una vanidad social ramplona, dispuestos a financiar la corrupción con tal de inflar el pecho en la siguiente reunión familiar y presumir con voz impostada que su hijito ya entra en las estadísticas de la educación superior pública. ¿En qué momento el deseo ególatra de ostentar un hijo universitario se volvió más valioso que la integridad moral de ese mismo ser que dijeron educar?

Es evidente que, además, hay muchos culpables desde la propia institución, ¿Cómo es que no pusieron filtros suficientes? Tanto peca el que mata a la vaca (o puma) como el que le ata la pata.

Al validar el arte de la trampa, tácitamente hay una sentencia de invalidez emocional y profesional y pareciera que la honestidad es un lastre reservado para los ingenuos. Estos jóvenes son, de facto, lisiados éticos que el día de mañana ejercerán como profesionistas sin más credencial sólida que la simulación.

A la sociedad, por su parte, la condenan a ser intervenida en un quirófano, defendida en un juzgado o representada en un cargo por profesionales cuyo primer gran logro en la vida fue un acto criminal de suplantación y embuste.

La moraleja de esta vergonzosa estampa debe resonar con absoluta claridad: la trampa no otorga grandeza, solo sofistica la ignorancia. Entrar a la UNAM por la puerta trasera jamás convertirá a nadie en un verdadero universitario; solo lo ratifica como un vulgar ladrón de sueños ajenos y un farsante con matrícula. Un título profesional cimentado en la mentira es apenas un pedazo de papel ensangrentado por la injusticia, un documento que solo certifica la quiebra moral de un individuo y de la familia que lo aplaudió.

horroreseducativos@hotmail.com