MARTÍN GARATUZA

Views: 1748

Memoria de la Inquisición, así se comprende la importancia de la novela que tituló Martín Garatuza el escritor Vicente Riva Palacio y Guerrero quien en la edición de Porrúa cuenta con un pequeño prólogo de Antonio Castro Leal, uno de nuestros mejores críticos de literatura en México. Simplemente dice el estudioso: En Riva Palacio tiene la novela histórica uno de sus más genuinos representantes. Así es, sus dos novelas son ejemplares muestras de lo que la Santa Inquisición hizo en esos siglos aciagos en la Nueva España. De ello da cuenta en la primera novela titulada Monja y casada, virgen y mártir, y en la que trato me lleva a investigar aquellos asuntos que vienen desde inicios del virreinato hasta el fin de la presencia española como gobernantes en el año de 1821. Tres siglos, de dominio español llevó —por ejemplo—, en tema de economía a un asunto no menor: los Impuestos, de los cuales el investigador Ernest Sánchez Santiró, en la revista Relatos e historia en México, explica: En el Antiguo Régimen del mundo occidental el contribuyente enfrentaba una triple fiscalidad en función de sus distintas personalidades: como cristiano, como vasallo y como vecino de una localidad. De ese modo atendía las exigencias en el mismo orden: el eclesiástico, con el pago del diezmo; el regio, compuesta de una diversidad de impuestos, monopolios, derechos, y el municipal, a partir del arbitrio de cada cabildo. Este tema no es menor en una población mayoritariamente empobrecida.

Al especificar el autor dice: El diezmo eclesiástico era una contribución directa; gravaba la producción agropecuaria bruta y el lucro legítimamente adquirido. Sin embargo, no era fiscal, sino religiosa. De hecho, es una exacción antiquísima que se menciona en el Génesis bíblico: Abraham pagó diezmo a Melquisedec, “sacerdote de Dios Altísimo”. Y de otra parte el investigador cita: El tributo indígena se cobró a los que constituían la mayoría de la población en Nueva España desde el siglo XVI, y únicamente había un señor con derecho a él: el monarca. Los indígenas lo pagaban porque eran sus vasallos; el rey lo cobraba porque tenía la “obligación moral” de evangelizarlos. Los encomenderos fueron intermediarios y también usufructuarios del tributo por concesión del soberano, con la respectiva obligación espiritual. Por tanto, se cobraba a conveniencia de los encomenderos o, posteriormente, de los corregidores. Un mundo de latrocinios por todas partes sufría la población, y es por lo mismo, que en sus investigaciones Vicente Riva Palacio encuentra un tesoro en tantos documentos que tuvo a disposición y, con ojo clínico, supo sacarle el mayor provecho a un asunto no menor: saber cuál fue la realidad de la Nueva España, donde las riquezas se expresaron en familias adineradas y en sus propiedades, así como en la construcción de iglesias, haciendas, propiedades de todo tipo, que en sólo tres siglos llevó a la Nueva España a ser la mayor donataria de oro y plata y de todo tipo de riquezas para el imperio español, y para los españoles que vinieron a radicar a esta región de América: prueba de ello es las propiedades que Hernán Cortés llegó a tener durante su vida.

Martín Garatuza aparece por primera vez en la novela Monja y casada, virgen y mártir, y desde su aparición tiene un papel destacado llevado por la mano maestra del narrador. En la novela que encabeza con el nombre del personaje principal comprueba que mucho tiene que decir sobre él. En el capítulo III de la novela referida, el apartado Cómo se conspiraba en el palacio del señor arzobispo de México, a fines del año de 1623 / —¿Os parece que haga entrar a Martín?—preguntó el prelado. Los tres se vieron entre sí, como consultándose mutuamente y el Arzobispo agregó: —Yo respondo de él. —Entonces que entre y le hablaremos —dio el licenciado Vergara. Su Ilustrísima sonó una campanilla de oro que tenía sobre la mesa y un familiar entró. —Que pase a esta sala el caballero que me espera en la biblioteca —digo el prelado. El familiar salió otra vez. —Podéis, señores —continuó diciendo el Arzobispo— fiaros enteramente de este hombre aunque los veáis tan mozo, que yo os respondo de él como de sí mismo, en discreción, en valor y en actividad. En este momento se presentó en la puerta Martín de Villavicencio. Martín no era ya un joven como lo hemos visto al principio de nuestra historia; su barba tupida y negra y las profundas arrugas de su entrecejo, al mismo tiempo que su aire resuelto, le daba ya el carácter de su hombre formal. Vestía un traje de terciopelo negro, con acuchillados de ras y con sombrero y medias calzas del mismo color; podía quien lo viese, haberle tomado por un marqués o por un corregidor. Saludó con desembarazo y a una indicación del Arzobispo se sentó en un sitial cerca de don Melchor Pérez de Varais. Así inicia en las filas de los sublevados la presencia de un personaje que ha de idear los caminos para levantarse en contra del virrey Marqués de Gelves. Y la creación de esta persona, le ha de llevar a ampliar en dos novelas la vida de aquellos pobladores del 1650-1670 en la Nueva España. Un personaje que parecería sin mucho valor, pero en la narración que hace Riva Palacio crea un actor principal que viene de las clases menos pudientes de esa época. Un personaje del pueblo que por su inteligencia, astucia y audacia se llega a codear primero con los sublevados y a la llegada de del nuevo virrey mandado por el rey de España, se convierte de pronto en personaje que estuvo a favor del virrey perseguido y defenestrado en la capital de un imperio que daba, en la historia, envidia, hasta al más grande emperador conocido hasta entonces en la humanidad.

En el siguiente párrafo se dice: —Martín —le dijo el prelado— te he mandado introducir en esta sala, porque sé que puedo contar con tu adhesión y tu valor lo mismo que en otros tiempos, cuando eras el consentido de nuestro difunto amigo, que en paz descanse, don Fernando de Quezada. Martín, palideció ligeramente y contestó: —Su señoría sabe que una vez le he prometido que podía contar conmigo a vida o muerte, y estoy dispuesto siempre a cumplir mi palabra. —Bien sé que eres buen amigo y un excelente caballero para cumplir tus promesas. Se trata ahora de que nos ayudes en un negocio que nos preocupa en estos momentos. ¿Querrás ayudarnos? —Sí, señor. —Cualquiera que sea el riesgo a que te expongas? —Sí, señor. —Señores, lo oís, este es el joven tal cual yo os lo pinté: ningún riesgo lo detiene, ningún peligro lo aterra. Bien dibujado el personaje por el narrador, se vislumbra el papel importante que en la sublevación habrá de tener, pues si en ese momento hay algún eslabón humano que una a los sublevados con el pueblo es precisamente este tipo de personajes, que lo mismo tratan con argucia suficiente con los altos prelados y gobernantes, como saben hablar en su idioma con el pueblo y sus diversas clases, que en esos tiempos estaba expresado en muchas mezclas de razas y sustratos sociales pobres.

El talento de Riva Palacio está en saber interpretar con la letra y las palabras del cómo conseguir dar a cada quien de sus personajes el retrato psicológico, para decirnos en otras palabras cómo es que piensa el arzobispo Pérez de la Serna, las autoridades sublevadas —cada uno con su objetiva psicología— y, que es lo que les mueve, para alzarse en contra del virrey de Gelves. De esos espejos de la realidad del siglo XVII el surgimiento de alguien que no tiene las influencias de la monarquía en Madrid o en la Nueva España, pero que con su inteligencia logra alcanzar, como mano derecha para mover aparte de las clases sociales que sufrían la pobreza y el abandono de los gobernantes, o que era capaz de entrar a las alcobas de los amantes para utilizar dicha información en su momento. Es decir, esos personajes que crean toda una literatura en todos los tiempos. De ahí la importancia de Martín Garatuza, en el que veremos en las páginas del texto que lleva su nombre cómo es capaz de cambiar de bando con el fin de espiar al nuevo virrey y al propio visitador que tiene la autoridad más alta para enjuiciar a todo aquél que halle culpable por la sublevación.