Otras ópticas para nuestro sentido ¿Cómo vas a hacer filosofía sin leer? Entrevista al filósofo Victor J. Krebs

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Segunda y última parte

JOB: ¿Qué tan importante es la obra de Stanley Cavell para comprender lo que el alma humana constantemente intenta decirnos?

VJK: Quizás el concepto más importante de Cavell tiene que ver con que él fue músico, ¿no? Componía y tocaba música antes de entrar a la filosofía, y lo hace por una crisis que tiene con la música. De pronto ya no se encuentra más con la música, y comienza a darse cuenta de que son las ideas alrededor de la música lo que lo está llamando. Pero, lo interesante, y eso es algo que he estado trabajando recientemente, y también algo que he descubierto de él, es que nunca dejó de ser músico; y que por lo tanto, esperaba de la filosofía lo mismo que la música le proporcionaba. Lo que eso termina haciendo, es lograr un sentido de las cosas que va más allá del que podemos adquirir, que podemos lograr a través del significado de las palabras. Cosa que no es una cuestión de entendimiento con significado semántico, sino algo que implica otra dimensión de la experiencia. Entonces, eso le da, primero, la importancia a lo estético por sobre todo lo demás en Cavell, que ya es una especie de adelanto de lo que, eventualmente, me parece que va a ser la recuperación de lo musical, de lo sonoro, para la importancia del lenguaje en el ser humano. 

Diría para responder en corto lo que me estás preguntando, que Cavell se da cuenta de que la última corte de apelación, digamos, el último recurso en la filosofía, –o el primero en realidad– no es otra cosa que la experiencia propia. Que es a partir de la propia experiencia que siempre se tienen que estar midiendo las conclusiones a las que se llega conceptualmente; que en última instancia es la experiencia propia la que da la brújula, el norte. En eso, Cavell es muy emersoniano: Emerson decía que mientras más profundamente vayas a lo más íntimo en ti, más cerca te vas a encontrar con lo universal.

JOB: Claro: la filosofía occidental nos ha educado durante muchos siglos en el ejercicio del descarte. No sólo de lo empírico, de la experiencia propia, sino también de lo personal. Esto, en el sentido de que, nada vale un juicio mío en tanto que soy una persona más.

VJK: Cuando en realidad, como Montaigne decía, No conozco monstruo más fabuloso que mi yo. A mí me parece que sí, que esa es una intuición central para la orientación de una filosofía cavelliana. Y es que, todo está en ti. Todas las respuestas las vas a encontrar en ti. Pero, ¿por qué? Porque entrar en ti quiere decir entrar más allá de ti. Encontrar ese universal

JOB: ¿Cómo fue la experiencia de conocer a Stanley Cavell y poder entablar una buena relación con él?

VJK: Stanley Cavell era un ser excepcional. Muy generoso, con un corazón muy grande. Entonces, yo (se ríe como tramando algo) ¿yo te he contado esa anécdota de cómo lo conocí, ¿no? 

JOB: ¿Tal vez fue en Harvard?

VJK: ¡Claro! Yo fui a buscarlo… En realidad yo iba a Boston todos los años para celebrar año nuevo con todos mis amigos, que se habían mudado allí. (Se entusiasma) Yo en Notre Dame estaba estudiando el Doctorado en Filosofía, y claro, yo te he contado que allí tengo una crisis y que casi abandono la filosofía. Hasta que me encuentro con este libro de Cavell que se llama Must we mean what we say?, ¿Debemos querer decir lo que decimos?, que me atrapó inmediatamente en el momento en el que yo estaba pensando dejar la filosofía porque nadie veía lo que yo veía en Wittgenstein. Comencé a leer y dije: ¡Esto es lo que yo veo en Wittgenstein y esta es la voz que yo quiero! 

Sabía que tenía que ir a visitarlo, y pasaron tres años antes de que finalmente ocurriera. Estaba en la ducha, la tercera vez que fui a Boston, sabiendo que Cavell estaba ahí y que no había ido a buscarlo. Fue así: (se entusiasma) en medio de la ducha, a dos días antes de irme, una voz me dijo: ¡Si tú no llamas en este momento a Cavell, no lo vas a llamar nunca! Y salí de la ducha, goteando, me puse la toalla y fui a la cocina donde estaba el teléfono, y ahí llamé al departamento de filosofía de Harvard, y entonces…, ¡Era año nuevo, final de año! ¡Qué suerte que me contestara alguien!, me dicen: No…, el Profesor Cavell está de vacaciones. Pero acabo de hablar con él y está en su casa. (muy entusiasmado) ¿Quiere que le dé el número de teléfono? (Abre los ojos como quien tiene el boleto ganador de la lotería) ¡Pero claro! Entonces llamé y Cavell, de inmediato, generosísimo, me dijo: !Ah, ¡pero claro! Le dije que yo era un estudiante de Notre Dame, que estaba haciendo mi tesis sobre Wittgenstein, y que quería conocerlo. Me dijo: Por supuesto. Pero tengo una conferencia mañana, si quieres puedes venir a verme. (Serio) Bueno. No fui. Por muchas razones no fui. Pero igual, me dijo: Y si no puedes venir, cuando vengas la próxima vez, me llamas y hacemos una cita. La próxima vez, obviamente, cuando llegué, lo llamé, y nos encontramos en su oficina. ¡La primera vez que conversé con él en su oficina fue como hora y media! 

De ahí en adelante fue creciendo nuestra relación. Eventualmente me hice su amigo. Finalmente lo llevé a Caracas y fui a trabajar con él durante mi año sabático. Es decir, yo fui a buscar a mi mentor a Harvard. Nunca tomé clases con él. Y sin embargo durante el año en el que estuve ahí de sabático, creo que es cuando más lo he visto. Todas las semanas nos reuníamos a almorzar, a conversar sobre lo que estaba trabajando. Así que, creo que ahí hubo finalmente una relación de pupilo. 

JOB: Un ser extraordinario. Es raro que un filósofo de esa catadura, tenga esa sencillez y cercanía con los alumnos. 

VJK: Era un maestro que todo el mundo que lo ha conocido, atestigua que vivía entregado a la enseñanza de la filosofía.

JOB: Permítame el atrevimiento, ¿le afectó la muerte de Cavell? 

VJK: (Serio) Pero…, ¿cómo no me va a afectar? (Se ríe) ¡Obviamente que me afectó la muerte de Cavell!, pero lo hemos estado celebrando (a él) desde que murió. Varias veces. La herencia de Cavell son todos los amigos que hice a través de él, porque si una cosa era su gran legado, era ese amor que tenía por toda la gente con la que entraba en contacto, ese amor que unía a todos los que estábamos a su alrededor. Lo perdimos, pero lo conservamos en todas nuestras conversaciones. Siempre está presente. Y bueno, aprendí. Sigo aprendiendo de sus escritos. Es realmente inagotable, hay cosas que incluso estoy aprendiendo ahora. Yo siento que está presente en sus escritos, que hablo con él, que hay un diálogo permanente con él. 

JOB: Me parece algo muy bello, porque no todos los filósofos o escuelas filosóficas pueden decir que han tenido buenas relaciones con sus mentores hasta la muerte, o que los recuerdan con infinito cariño. 

VJK: Mira, Stanley (Cavell) comenzó a perder la memoria a corto plazo varios años después. Llegó un momento en el que ya no podíamos tener una discusión filosófica, obviamente, porque la memoria no le funcionaba. Pero, fue un descubrimiento para mí el darme cuenta de que la voz de Cavell, –que era un tema de su filosofía– no necesariamente el contenido, digamos, filosófico, argumentativo, su línea de pensamiento, sino la presencia de este hombre, en todas sus palabras, incluso cuando no teníamos una argumentación filosófica, era tan profunda y tan impactante como eran sus argumentos. Su voz se filtraba así, y su filosofía, en el sentido de su postura ante el mundo, de su relación con los demás, siguió ahí hasta el final. Entonces, te das cuenta de que otra dimensión de su filosofía se hizo presente en esa circunstancia, en la que ya su memoria no permitía el tipo de interacción que teníamos antes. 

JOB: Es una bella experiencia y un argumento poderoso contra toda la rigidez teórica occidental. Tristemente el tema fonológico, interesa muy poco filosóficamente.

VJK: Así es. Me acuerdo de que un colega me preguntó si yo había visto a Cavell en los últimos años de su vida. Le digo: sí, he estado con él. Y me dice: Sí, pero yo ya no lo voy a ver, porque Cavell ya no está ahí. (Asombrado) Pensé: ¡¿Cómo que Cavell no está ahí?! O sea, por Dios, qué cosa, qué estrechez, que forma de considerar lo que tú estás recibiendo del otro sólo en razón del contenido informático, argumentativo, teórico o ideológico. Y la relación de su lenguaje y la persona…,  ¿dónde entra? Esa limitación me parece típica de la filosofía que enajena al filósofo de lo que es su labor existencial más profunda.

JOB: Profesor, quiero terminar nuestro encuentro descendiendo a la riqueza de lo concreto. A las constelaciones de lo ordinario, en busca de algunas confesiones suyas.

JOB: ¿Cuál es el libro preferido de su biblioteca, o aquél que no prestaría ni regalaría jamás?

VJK: Bueno, podría decir El Libro Rojo de Jung. Pero, en realidad, pienso…

JOB: (Interrumpiendo) Me refiero a una edición muy concreta. A un libro que atesore de manera totalmente irracional. Que no lo regalaría jamás, que no lo prestaría si quiera. 

VJK: Bueno, definitivamente las Elegías de Duino de Rilke, (se ríe feliz) en la traducción del alemán, al inglés de Stephen Mitchell. Pero bueno, hay muchos… O sea, obviamente el The claim of reason de Cavell. (Pensativo) Sí… Pero…

JOB: Me imagino que los libros de Cavell los tiene firmados.

VJK: Sí, claro, los tengo firmados. Pero, tu pregunta es interesante porque, claro, soy un coleccionista de libros, como somos todos. Pero en realidad, no tengo un fetiche. No tengo un libro que nunca voy a soltar. Incluso ese que te acabo de mencionar, que está cayéndose en pedazos porque siempre recurro a él y porque me encanta esa traducción y porque la edición era muy bella, no creo que tendría ninguna dificultad en dárselo con amor a alguien que la pudiera usar tanto como yo. No creo que haya ningún libro que no daría nunca a otra persona.

 

JOB: Para usted, ¿cuál es la diferencia entre un académico y un sabio?

VJK: No. Enorme. (Sonríe con complicidad) Una cosa no tiene que ver con la otra. Un académico es una persona que vive una forma de vida dentro de una comunidad, que intercambia información, que construye sentidos… Un sabio es alguien que tiene un conocimiento que no es necesariamente ese conocimiento en el que el académico es ducho, sino que es un saber de vida; es un saber sobre cómo vivir bien o cómo relacionarse con la gente. Representa profundidad, el conocimiento de uno mismo. Y eso no es necesariamente parte de la labor o del talento académico. No todos los académicos son sabios, y hay muchos académicos que no tienen ninguna idea de quiénes son. 

JOB: ¿Recuerda qué sintió cuando terminó de defender su tesis doctoral?

 

VJK: (Mira al techo y sonríe como acordándose de una batalla ganada) Sí, claro. Cómo no me voy a acordar. Te conté esa anécdota de cuando, al final de mi sustentación, vino uno de los que habían sido examinadores del proyecto, que me había dicho que lo veía imposible, para felicitarme porque lo había logrado. Me acuerdo de una satisfacción en ese momento. Hicimos varias rondas de preguntas. Ya como en la quinta ronda yo ya había respondido todo lo que tenía que responder. (El gesto de como quien está harto) Sentía que ya era demasiado. Ya estaba cansado. Ya no tenía que probar nada más. Me acuerdo de que las últimas preguntas ya casi no las respondí con ganas. Y me arrepentí muchas veces de eso, (ligeramente molesto, autocrítico) porque dije: ¿por qué no le di lo último, hasta el final? porqué dije: ya llegué a la meta, al final, no tengo que ser el primero? Qué gracioso. No lo había pensado nunca. 

Pero, ahora que te contaba aquella anécdota, también me acordé, a medida que te decía eso, que después pensé: pucha, que flojo fui (se ríe). He podido darle hasta el fondo, ¿y por qué no lo hice? Bueno, porque no tenía nada que probar. Porque a veces, y pienso que eso está presente en mí, me parece que ya es claro lo que sé, (se molesta) ¿Por qué quieren sacar más?, ¿por qué quiero yo mostrar más? Ya es suficiente…

JOB: Yo creo que estaban buscando una contradicción, por minúscula que sea, de manera maliciosa. 

VJK: No sé. Pero ya me pareció que era suficiente. Y claro, me he arrepentido de eso. Curioso.

JOB: ¿Está usted de acuerdo con la idea de que no mata la droga, mata la ignorancia?

VJK: (Serio, reflexivo) No… hay drogas que matan. Por supuesto que hay drogas que matan, por diferentes razones, como ser adictivas fisiológicamente, y hay drogas que lo son por tu necesidad psicológica. Entonces, ahí sí: la ignorancia en ti mismo puede ser una razón por la cual te puede matar. Pero también puede ser voluntariamente que uno se mata con las drogas, así como filósofos se pueden matar con conceptos, o desconectarse de su inteligencia. Las drogas, las drogas…, todo es una droga. Todo es…, como dice…, no sé quién dice, yo digo (Se ríe feliz) un pharmakon. Todo es ambivalente: te puede ayudar a crecer, o te puede matar. Todo lo que tú haces, como drogas, lecturas, deportes, todo te puede ayudar y te puede hacer daño. Pero…,   ¿cuál fue la pregunta específica?

JOB: Si está usted de acuerdo con la idea de que no mata la droga, como si la droga estuviese viva y decidiese matar a uno, sino que lo que mata, es la ignorancia.

VJK: No nada más la ignorancia te mata, a veces la droga también. Por descuido, por imprudencia… Pero sí. Veo a lo que vas. En cierto sentido, el uso de la droga tiene que ver con tu búsqueda de algo, y a veces buscas sin saber qué estás buscando, o cuáles son los peligros en esa búsqueda. Y claro, también puede ser que sea la ignorancia la que acosa, y no la droga. 

JOB: ¿Cómo le gustaría ser recordado?

VJK: (Suspira) Eso es tan difícil… Como una persona auténtica que dio todo de su vida para compartir lo que iba descubriendo. Para ver si lo que yo había aprendido podía servir a los demás para que hagan lo mismo con su vida. No sé cómo me gustaría ser recordado. Como una persona buena. Una persona buena, sincera y auténtica, de buenos sentimientos, sin malas intenciones, que lo que quería era amar a todos cuanto pudiese y que los demás se amasen (se ríe feliz). Qué te puedo decir, así es como me gustaría que me recuerden: como una persona querida.