Yo, la Peor
En el umbral de los tiempos
existe un Parnaso insigne
de las memorias olvidado,
es el reino de la palabra valiente,
de la clara determinación
entre el juicio y la fidelidad.
Es la Poesía de las mujeres
jamás tipificada como otra,
un sortilegio de encomiendas
que nadie integró a la gloria.
Ahí respiran y escriben,
Sor Juana Inés, la monja profeta
enseña en los linderos del pecado
con el discernimiento total
del universo bajo el hábito.
Ella, Castellanos, eterna,
luminosa en su teoría del femenino
como si hubiera amor interminable
para los adioses asesinos.
Laura Méndez, de Cuenca vasta
y abundante su poema oculto
de amor avergonzado, pero aún
más fuerte y poderoso que aquél
apócrifo Nocturno a una Rosario.
Dolores Castro escondida en
la provinciana renuncia de los
éxitos oficiales, educa ninfas
y poetisas para mejores mañanas,
eliminando dolencias del viento
para perdurar con la voz clara.
Pita, del Amor ya sentenciada,
con las manchas y la eternidad
sobre el vestido, abandona su casa.
Coral Bracho, la diosa inaccesible
guarda una luciérnaga bajo la
lingüística lengua de la piel
de amorosa sustancia.
Amparo Dávila, polícroma y
atemporal, sueña que sueña.
Cada una, planetas de galaxias
insospechadas y en mi mundanal
terral, las he escuchado aunque sorda:
Thelma, Blanca, Irma, Guadalupe, Rosa,
Obdulia, Erika, Laura, Diana, Alma, Isabel,
Olimpia, Isolda, Martha, angelicales consuelos
del mar o madres o vertiginosas amantes,
palomas azules de plumas sedosas.
Las he leído crecerse y arroparse
entre los brazos de sus historias,
resistiéndose a decir, eternamente
Yo, la peor del mundo, la peor de todas.

